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jueves, 16 de julio de 2015

Castillos de Lanzarote: Torre de las Coloradas y Castillo de San José

por Agustín Pallarés Padilla



Castillo de las Coloradas
A comienzos de 1741 fue enviado a Lanzarote por el entonces Capitán General de Canarias Andrés Bonito Pignatelli, que había tomado posesión de su cargo poco antes, el ingeniero militar Claudio de Lisle con la misión de fijar el lugar en que se habría de construir una pequeña fortaleza o torre que se tenía proyectado hacer al sur de la isla en el estrecho de La Bocaina. Para tal fin eligió el citado funcionario la Punta del Águila, un promontorio que alcanza una altura de unos 15 m sobre el nivel medio de las mareas desde el que se domina prácticamente toda la costa de la isla correspondiente al estrecho citado. Las obras se llevaron a cabo con toda celeridad, pues habiendo sido iniciadas en ese mismo año de 1741 ya estaban terminadas al año siguiente.

La forma de esta torre es troncocónica, con un diámetro en la base de unos 14 m y una altura de poco más de 8 m sobre el suelo. La puerta de entrada se abre a media altura de la pared por el lado que mira hacia tierra, accediéndose a la misma mediante una meseta escalonada separada del edificio sobre la que se tendía el puente levadizo.
El interior del edificio se dividía en dos grandes salas superpuestas, la superior que servía de alojamiento a la tropa, a la que se entraba, una vez traspasada la puerta exterior y un pequeño pasillo que seguía a continuación, cubierta por el techo en bóveda de cañón del castillo, con el piso de madera, que se hallaba sostenido por un grueso pilar central de sillería apoyado en todo su perímetro en un saliente de la pared. A los lados tenía esta sala dos pequeñas habitaciones, una frente a la otra, y en la pared del fondo un ventanuco para permitir la entrada de la luz exterior.
La sala inferior, que servía de almacén, era de menor amplitud, y su techo era el piso de madera de la sala de arriba, disponiendo, como la superior, de un ventanuco para permitir, asimismo, su iluminación diurna.
En este nivel inferior se encontraba el calabozo y el almacén de la pólvora. Luego en lo alto, por encima de la bóveda, en el grosor del techo, había dos cisternas situadas en posición diametralmente opuestas, cuyas bocas, protegidas con las correspondientes tapas de madera, se abrían en la azotea.

En 1749, apenas siete años después de su construcción, recibió ya la pequeña fortaleza su bautismo de fuego. Dos jabeques argelinos dotados de una tripulación de unas cuatrocientas personas atacaron la torre, y después de rendir la guarnición redujeron el maderamen interior del edificio a cenizas, quedando con ello la fortaleza totalmente inhabilitada para realizar su función ofensivo-defensiva, en cuyo estado se mantuvo durante veinte años.


Fue, pues, en 1769, siendo Comandante General del archipiélago don Miguel López Fernández de Heredia cuando fueron reparados por el ingeniero Alejandro de los Ángeles los desperfectos sufridos en 1749, quedando con ello de nuevo el fuerte en normales condiciones de operatividad.
Al finalizarse estos trabajos se colocó sobre la puerta de entrada una placa con la leyenda siguiente:

REINANDO EL SR. D. CARLOS III MANDANDO ESTAS ISLAS EL EXCMO SR. D. MIGUEL LOPEZ FERNANDEZ DE HEREDIA MARISCAL DE CAMPO SE REDIFICO ESTA TORRE DE SAN MARCIAL PUERTO DE LAS COLORADAS PUNTA DEL AGUILA AÑO DE 1769.

En este letrero se observa un error de identificación de la torre al llamarla ‘de San Marcial’, ya que se trata de una confusión con el castillo betancuriano al creerse entonces erróneamente que el de los franceses se había construido en este mismo lugar.

Castillo de San José. Las obras de este castillo se comenzaron en abril de 1776 siendo Comandante General de Canarias Eugenio Fernández de Alvarado, marqués de Tabalosos, corriendo el proyecto a cargo del ingeniero Andrés Amat de Tortosa.
 
Al frente de las obras fue puesto en un principio el ingeniero José Arana acompañado del teniente de artillería Rafael de Arce y Albalá, pero en octubre de ese mismo año cesó Arana al marchar a la Península, quedando al frente de las obras el mencionado teniente de artillería, y en ejecución material de las mismas el maestro mayor José Nicolás Hernández con su cuadrilla de obreros. El teniente Arce cesó a su vez en estas funciones el 30 de julio de 1778, figurando en las etapas finales como técnico director de la obra el ingeniero Alfonso Ochando.

Se dice que la construcción de este castillo obedeció más a una gracia del monarca Carlos III concedida para aliviar el estado de miseria reinante entonces en la isla dando trabajo a parte de la población –de donde el título de ‘fortaleza del hambre’ por el que fue también conocido–, que a necesidades defensivas propias de su carácter militar. 

Su planta es de forma cuadrada entre el frontis, que mira hacia tierra, de 35 m de largo, y los laterales rectos, de unos 15 m, en tanto que en el resto o parte trasera, que da hacia el mar, es curva en arco de circunferencia. 

Consta en primer término de dos amplias cámaras alargadas en sentido transversal, que ocupan algo más de la mitad anterior del edificio, con techos en bóveda de cañón de sólida sillería de roca basáltica y piso empedrado, a las que se denominaron cuartel alto y cuartel bajo al hallarse una sobre la otra. En la mitad de la derecha de la primera de estas salas, accesible directamente por el portalón de entrada del edificio, se encontraban los dormitorios de los oficiales y la cocina, y en la segunda, a la que se llegaba a través de una escalera del mismo material, que se inicia en el lado izquierdo de la puerta de entrada, el dormitorio de los soldados. En el resto de la planta alta estaban, a la izquierda entrando el calabozo o mazmorra, a continuación el aljibe, cuya boca se abría en la plaza de armas o azotea, protegida por una recia tapa de madera; en el centro, el depósito de efectos de artillería, y en el lado derecho el almacén de la pólvora.

El acceso al portalón de entrada se efectuaba mediante una escalera de piedra separada de la fortaleza, que quedaba unida a la puerta mediante un rastrillo levadizo que salvaba un foso seco de unos 4 m de anchura que corría a lo largo del frontis del edificio. En la plaza de armas, de piso enlosado, cuyo acceso se efectúa por una escalera, asimismo de sillería, que se encuentra a la derecha de la puerta de entrada se construyó, en cada extremo del frontis, una garita, y entre ambas, en el centro, una espadaña. En el parapeto que circunda al castillo se abren once cañoneras, dos en el frontis, otras dos en cada lateral recto y cinco en la parte curva trasera.

Hacia mediados del siglo XIX dice Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España de esa fecha, sobre esta fortaleza, después de ensalzar la solidez de su fábrica, que “monta 12 cañones de bronce, pero que tiene la desventaja de poder ser dominada por una batería que se construya en las colinas que se hallan a tiro de fusil por el frente de su puerta y foso”, a lo que añade:“Además desmerece mucho de su importancia por razón de la elevación a que por la parte del mar están sus fuegos; pues que los buques pueden introducirse en la bahía lamiendo el pie del risco sin ser incomodados ni en la entrada ni en la salida, hasta cierta distancia que los proyectiles son siempre menos certeros y menos eficaces.

Finalmente decir que en 1976 fue instalado en este castillo, por iniciativa y obra de César Manrique, el Museo de Arte Contemporáneo, modelo de esta clase de establecimientos en Canarias.

NOTA: Este artículo fue publicado originalmente en el blog de su autor Prehistoria, Historia y Toponimia de Lanzarote, Canarias

jueves, 27 de febrero de 2014

Castillos de Lanzarote: San Gabriel

por Agustín Pallarés Padilla


Este castillo nació como consecuencia del ataque a la isla perpetrado por el pirata argelino Dogalí en 1571. A raíz de este aciago suceso fue enviado a Lanzarote por la Real Audiencia de Canarias el arquitecto militar Gaspar de Salcedo con objeto de planificar un fuerte que defendiera el Puerto del Arrecife, que era cómo se llamaba entonces a la actual capital de la isla. 

La nueva fortaleza se construyó entre 1572 y 1576 sobre la parte más elevada del islote entonces llamado de Fuera, que a partir de ese momento cambió su denominación por la de El Islote del Castillo. En esta primera fase la fortaleza se redujo a un edificio de planta cuadrada de poco más de 11 m de lado, con un baluarte en cada esquina de los denominados en punta de diamante. Su estructura exterior se hizo a base de mampostería y cantos labrados, con la plaza de armas o azotea rodeada de un muro o parapeto muy bajo, de apenas tres pies de altura, en tanto que la distribución interior de los diferentes compartimentos era de madera. El acceso a la fortaleza desde tierra firme se efectuaba en aquellos primeros años tomando en primer término el muellito que la enlazaba con el Islote de Tierra, que era el que sirve de apoyo en la actualidad al Puente de las Bolas, en tanto que la distancia de unos 100 m que hay entre este islotillo y el del castillo, había que salvarla a pie cuando aquel tramo quedaba en seco por la bajada de las mareas, o valiéndose de un bote cuando las aguas lo cubrían.

En 1586 se produce la invasión del pirata argelino Morato Arráez. Si bien el desembarco de las tropas la realizó por Los Ancones, a unos 9 Km al N de Arrecife, pocas horas después Morato ocupó el referido puerto, apoderándose fácilmente de su fortaleza. Durante el asalto a que fue sometido este enclave marítimo los atacantes mataron a un artillero y capturaron a otras once personas que se hallaban en el interior del castillo, sometiendo a continuación el edificio al fuego hasta calcinar todas sus estructuras interiores de madera.

En su visita a la isla en 1591 Torriani describe al castillo y deja instrucciones escritas para su reconstrucción y mejora, tal como puede verse en su citada obra. Pero lo cierto es que estos proyectos del ingeniero italiano no se llevaron nunca a efecto, continuando la fortaleza fuera de servicio, en estado ruinoso, hasta 1666, año en el que fue reconstruido el castillo, practicándosele una amplia y profunda reforma que lo dejó en condiciones normales de operatividad. Consistieron dichas obras en construir las paredes de distribución de las habitaciones de obra de fábrica, en tanto que los techos se hicieron en bóveda a base de cantos labrados al efecto. También se elevaron las cortinas o paredes exteriores aumentando con ello la altura de los parapetos, se enlosó la plataforma o azotea, se construyó una escalera interior para subir a la misma y se dotó de un aljibe, una mazmorra y unas garitas. Fue, por cierto, a partir de este año cuando se comenzó a denominar a la fortaleza, que hasta entonces había sido conocida como el Castillo del Arrecife, con el nombre de San Gabriel, según se cree en honor de don Gabriel Lasso de la Vega, Capitán General de las islas en aquellas fechas, bajo cuya égida se llevó a efecto la reconstrucción.

Setenta y seis años después, en 1742, fue sometido de nuevo el castillo a importantes obras de reforma que modificaron sustancialmente su fisonomía exterior, pues se le unieron los baluartes de las esquinas con un grueso muro corrido, rellenándose con escombros y arena el corredor que había quedado entre ambas paredes, con lo que el edificio adquirió mayor volumen y la superficie de la plaza de armas o azotea quedó notablemente ampliada, obras que fueron proyectadas y dirigidas por el ingeniero Antonio Riviere.

La primera acción militar importante en que el castillo se vio involucrado después de esta reforma fue en 1762. En ese año dos buques corsarios ingleses de alto bordo, el Lord Anson y el Hawke, atacaron el Puerto del Arrecife echando en tierra unos cien hombres. El castillo fue silenciado con las primeras andanadas de los cañones de las poderosas naves. No obstante éste logró poner al poco su artillería en servicio acosando a los marinos ingleses apenas desembarcados, pero de nuevo la superioridad cañonera de los buques corsarios dejó fuera de operatividad al castillo. Luego, al intentar desembarcar el comandante del Lord Anson por sus proximidades en una chalupa, fue muerto por un disparo de fusil hecho desde tierra por el teniente coronel Carlos Monfort, que se había ocultado detrás de una peña próxima al castillo, lo que provocó la retirada definitiva de los corsarios. Cuenta a este respecto el historiador canario José Agustín Ávarez Rijo como hecho anecdótico que el hijo de aquél, Mateo Monfort, administrador de tabacos de la isla, guardaba con orgullo, como una reliquia, el fusil con el que el padre había logrado tal proeza.

En 1810 se vio esta fortaleza implicada en la llamada ‘Guerra Chiquita’, que consistió en un amotinamiento popular que intentó impedir la toma de posesión del coronel Bartolomé Lorenzo Guerra como gobernador de la isla en sustitución del que ocupaba el puesto interinamente el capitán José Feo de Armas al haber sido nombrado el primero para el cargo por la Junta Central del Reino creada durante la Guerra de la Independencia. Durante esta sonada revuelta social un cañonazo disparado desde este castillo, en el que se había refugiado Lorenzo Guerra, mató a uno de los insurgentes.

A finales de ese siglo, concretamente el 27 de febrero de 1895, fue declarado por real orden inútil el castillo en su función militar, dados los avances conseguidos por estas fechas en el campo de la artillería que lo hacían prácticamente ineficaz para tal cometido.En 1972 se inaugura este castillo como museo arqueológico previa compra al Ejército por el Ayuntamiento de Arrecife. Un año después se realizan en el edificio varias modificaciones con vistas a ampliar su capacidad interior, tales como el vaciado del relleno de escombros que se le había puesto entre las paredes exteriores primitivas y el muro corrido que se le hizo en 1742 por fuera de aquéllas. Como consecuencia de ello hubo que enlosarle la azotea, acondicionándosele además la explanada exterior delantera.


Últimamente, hace apenas un par de años, fue sometido el edificio a determinadas reformas de nuevo, cometiéndose, al igual que había ocurrido con el castillo de Guanapay en 1981, errores estéticos garrafales, al menos en lo que a las terrazas que lo circundan se refiere, ya que han sido cubiertas con baldosas modernas de superficie lustrosa que nada tienen que ver con las toscas baldosas propias de las pasadas épocas de funcionalidad militar del castillo, siendo además dotadas de pasamanos de acero inoxidable, material asimismo desconocido en aquellos pretéritos tiempos, sin que nadie, ni ninguna entidad oficial haya opuesto el menor reparo.

En cuanto concierne a la construcción de su anexo el Puente de las Bolas, hay que decir antes de nada que en absoluto intervino en la misma Leonardo Torriani como empecinadamente se ha venido sosteniendo hasta ahora, ignorándose quién o quiénes lo hicieron. No obstante, dada la fecha en que se construyó, en los mismos años que el castillo de San José, o sea la década de los setenta del siglo XVIII, parece de lógica elemental suponer que lo fueran algunos o alguno de los técnicos que construyeron este último fuerte.Con anterioridad el puente consistía en unos simples tablones sueltos tendidos sobre el paso abierto en el camino o adarve que aún enlaza tierra firme con el puente actual, que podían por lo tanto quitarse a voluntad para permitir el paso de las embarcaciones arboladas que tenían que pasar al Charco de Juan Rejón o viceversa.