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lunes, 21 de enero de 2013

Cuando Francia quiso comprar La Palma

por Melchor Padilla



En uno de los rincones del Jardín Botánico Canario 'Viera y Clavijo' de Tafira (Gran Canaria) un monumento rinde homenaje a los naturalistas que en los siglos XVIII y XIX contribuyeron con sus conocimientos y dedicación a dar a conocer mejor la naturaleza de nuestras islas. Es la Fuente de los Sabios en la que se hallan representados en medallones de bronce los botánicos Born-Müller, Pitard, Bolle, Webb y Berthelot, Masferrer y Broussonet.

Fijémonos en este último. Pierre Marie Auguste Broussonet, nace en1761 en Montpellier (Francia). Desde joven se aficiona a la que sería la pasión de su vida: la Historia Natural. Se doctora en Medicina en 1789 y ese mismo año publica su primera obra, dedicada a los peces. En 1780 lo encontramos en Londres donde se pone en contacto con lo más granado de los naturalistas ingleses de entonces. Gracias a uno de ellos, Sir Joseph Banks, es nombrado miembro de la Royal Society en 1781. Vuelve a París donde es admitido en la Academia de Ciencias Francesa en 1785. En esa misma ciudad, es miembro fundador de la primera Sociedad Linneana del mundo.

En 1789 al estallar la Revolución Francesa será miembro de la Asamblea Constituyente y de la Asamblea Legislativa, formando parte del partido de los Girondinos por lo que, cuando estos son proscritos en 1793, tiene que abandonar Francia dirigiéndose primero a Madrid, luego a Lisboa y, por último a Marruecos. Una vez tachado de la lista de proscritos es nombrado Cónsul francés en la ciudad de Mogador -la actual Essaouira- ciudad que abandonará tras declararse una epidemia de peste.

Es enviado entonces a Tenerife donde permanecerá hasta 1803 ejerciendo las funciones de Comisario de Relaciones Comerciales del gobierno francés en las Islas Canarias. Al mismo tiempo se dedica al estudio y conocimiento de la naturaleza de las islas. Como producto de este interés algunas especies canarias llevan el nombre de Broussonetii en su clasificación taxonómica. Terminará sus días en su ciudad natal donde obtiene una cátedra de Botánica y se hace cargo del Jardín Botánico de Montpellier del que publica su catálogo de plantas Elenchus plantarum horti botanici monspeliensis. Fallece en esa misma ciudad en 1807.

Pero no lo traemos a estas páginas por su condición de naturalista de fama universal, sino por el curioso informe que, como representante francés en las islas, envió en 1802 al por entonces ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Talleyrand, en el que solicitaba que el gobierno de su país considerara la posibilidad de adquirir a la Corona española, por compra, intercambio u otro medio que la indemnizara suficientemente, la isla de La Palma. En este documento, fechado el 15 brumario del año X (6 de octubre de 1802) y que descubrió el profesor de la ULL Antonio Ruiz Álvarez en el Archivo Diplomático del Ministerio de Asuntos Exteriores francés, expone las ventajas que resultarían para la República de contar con una posesión en esta zona, ¿En qué basa Broussonet esta petición?

Según él, Francia necesitaba un punto de descanso para los navegantes franceses, para lo que las Canarias son ideales, y La Palma es la primera isla que se encontraban los navíos que venían de Europa y se dirigían a las Indias Orientales u Occidentales. En esta isla se podrían reparar las posibles averías de los barcos pues La Palma contaba con una tradición de construcción naval de barcos pesqueros muy fuertes e incluso alguna corbeta. Habla también de la gran cantidad y calidad de la madera de sus bosques y de la habilidad de los marineros palmeros.

Se fija también nuestro naturalista en la rica agricultura de la isla y nos habla de las producciones de granos, papas, batatas, ñames y viña, esta última para producir vinos y alcoholes que considera más resistentes que los franceses para cruzar los océanos. Plantea la posibilidad de mejorar estos cultivos creando un jardín de semillas para la introducción de todo tipo de plantas europeas y la aclimatación de las americanas y asiáticas para transportarlas a Europa. También sugiere en su informe la necesidad de introducir algunos cambios en la propiedad de la tierra aboliendo los mayorazgos y mejorar la gestión de las aguas y los recursos forestales.

Conocedor de la realidad social palmera, sugiere no tocar a la Iglesia para no granjearse la enemistad de los pobladores que según él "ils sont plus affectionnés aux Français qu'a aucune autre Nation; ce qui est le contraire dans les autres îles". En el aspecto industrial destaca la producción sedera para la fabricación de telas y cintas, la posibilidad de fabricación de pólvora más barata utilizando para ello el salitre de Marruecos y el azufre que se traería del Teide, en Tenerife.

Pero, ¿qué le habría costado a Francia la adquisición de La Palma? Poco, según Broussonet, pues la construcción de un puerto y un arsenal podrían ser cubiertos con los recursos de la isla. Sólo habría que mantener una guarnición militar poco numerosa, una buena artillería y pocos funcionarios franceses. Para la defensa de la isla, Francia podría contar con sus habitantes a los que describe como robustos, ágiles, buenos tiradores y acostumbrados a desplazarse rápidamente  por todo el territorio insular. Además, desde La Palma se podrían vender mercaderías francesas a todo el archipiélago, que contaba en aquellos tiempos con unos 250.000 habitantes, aprovechando para ello la liberación del comercio con América y suprimiendo las aduanas.

También Broussonet se anticipa a lo que sería más tarde el turismo diciendo que "La Palma, en mano de los franceses, volverá a ser lo que ha sido durante algunos años: un lugar famoso por la pureza de su cielo, la dulzura de su clima, por la bondad de sus aguas minerales donde los españoles (...) venían durante una parte del año a gastar sus rentas como en una isla afortunada".

Es evidente que la petición de Broussonet no fue atendida por Talleyrand, por lo que La Palma continuó bajo la corona española. Ahora sólo nos resta imaginar cómo habría sido hoy la isla si hubiera pasado a manos francesas...

NOTA: Quiero expresar mi agradecimiento a Francisco Rodríguez Pulido, profesor palmero de Ciencias de la Naturaleza y amigo, por haberme dado la pista de esta historia y a Macu Marrero por las fotos de la Fuente de los Sabios.

domingo, 8 de julio de 2012

Portugal

Este sábado estuvimos en Portugal. Portugal es una cuesta empedrada en cuyo borde se alinean las casas, algunas tan antiguas que el tiempo ha podido con ellas y muestran ya signos inequívocos de ruina. Bajamos en un silencio que sólo rompen los pájaros silvestres, las aves de corral y el balido de alguna cabra. Oímos también, mucho antes de verlo, un sacho golpeando la tierra de alguien que limpia rastrojos. Un vecino que baja la misma cuesta nos alcanza y cuando le decimos que vive en un sitio muy bonito nos contesta: "Lo fundaron los portugueses". Para llegar a este Portugal del que hablo no hace falta desplazarse en avión ni en barco, pues está muy cerca de nosotros: sólo hay que darse un salto hasta Taganana.


Los portugueses llegaron a Canarias para participar en las primeras etapas de la conquista, por lo que algunos recibieron tierras, aguas, ganados y hasta cargos públicos. Probablemente la primera viña de Tenerife fue plantada en 1497 por el portugués Fernando de Castro. Pero la primera entrada masiva de gente portuguesa fue con motivo del comienzo del ciclo económico del azúcar. Llegaron a ocupar los puestos de especialistas en las diferentes tareas de la elaboración de este producto para la exportación en los muchos ingenios de las islas.

Poco a poco, durante el siglo XVI y primera mitad del XVII, sobre todo en los años en que todos los reinos de la península Ibérica estuvieron bajo el poder de Felipe II, fueron llegando muchas familias portuguesas, algunas de judios expulsados, que se integraron en la vida del archipiélago de forma natural pero conservando muchas de las costumbres que traían de Madeira, Azores, el Algarve, el Alentejo y de otras regiones de las que provenían. José Pérez Vidal, Premio Canarias de 1984, en su libro Los portugueses en Canarias. Portuguesismos considera que la pervivencia de los elementos culturales lusos en nuestras islas se debe a que fueron trasmitiéndose de generación en generación formando una especie de tradición propia dentro de los núcleos de población de aquellos tiempos, que se fue pasando al resto de las sociedades insulares.

De esta forma han pervivido multitud de apellidos portugueses en nuestro archipiélago. Valgan como ejemplo los Abreu, Bacallado, Coello, Dorta, Marrero, Acosta, Machado, Rivero, Perera, Fariña, Yanes… sin olvidar que gran parte de nuestros Díaz, Fernández, Rodríguez, etc. fueron en su momento Dias, Fernandes, Rodrigues y se castellanizaron después. Y encontramos en nuestra música tradicional -las folías y las malagueñas- una cadencia majestuosa, casi de fado y ¿acaso no es música portuguesa el acento con que habla la gente de La Palma?

Todavía hoy seguimos utilizando en nuestro vocabulario cotidiano multitud de palabras de la lengua portuguesa. De este enorme acervo lingüistico me quedo con la que quizá sea la más hermosa palabra de estas islas y de la que tanto saben los que están fuera: la magua, que define esa tristeza añorante tan nuestra.

Por eso, cuando nos pregunten por nuestros antepasados podremos decir, como el vecino con el que hablamos en Taganana, que a nosotros, en parte, también “nos fundaron los portugueses”.

(Publicado en loquepasaentenerife.com el 14 de abril de 2008)