lunes, 13 de agosto de 2012

El barco de la libertad


"Un día habrá una isla
que no sea silencio amordazado".
Pedro Carcía Cabrera. Las islas en que vivo. 1971


A todos los canarios que lucharon en defensa de la libertad.


El 18 de julio de 1936 tuvo lugar en Tenerife, como en el resto de España, la ruptura del estado constitucional republicano y la sustitución por un régimen dictatorial que, entonces no se sabía, iba a durar casi cuarenta años.

Desde el primer momento los ciudadanos tuvieron claro cuál era el talante que iba a dominar la nueva situación, pues ese mismo día comenzó un programa de detenciones, encarcelamientos y muertes, de carácter masivo pero no indiscriminado, de los progresistas más significados de la isla. Según el historiador Sergio Millares, alrededor de 20.000 canarios fueron encarcelados en un momento u otro de esos primeros pasos de la dictadura. Así, en Tenerife se hicieron tristemente famosas las llamadas prisiones flotantes –barcos anclados en la bahía de Santa Cruz que fueron llenados de presos- y el campo instalado en la empaquetadora de la empresa británica Fyffes en la Rambla de los Asuncionistas. Aunque, al contrario que en Gran Canaria, no tenemos constancia de trabajos forzados o palizas, existía en estos improvisados presidios un inmenso terror, pues militares y, sobre todo, falangistas llegaban por las noches con listas de presos que eran sacados y desaparecían para siempre. Se calcula el numero de tinerfeños desaparecidos en 2.000.


Hoy contaremos la aventura de un grupo de estos presos que en agosto de 1936 fueron desterrados en la guarnición de Villa Cisneros, la actual Dakhla, en la por entonces colonia española del Sáhara Occidental. Como ya hemos dicho, debido a la inexistencia de cárceles en Tenerife que pudieran albergar a tantos presos, se habilitó una serie de barcos anclados en la rada de Santa Cruz. Así los buques Santa Rosa de Lima, Gomera, Santa Elena y Adeje, conocidos como los pontones, albergaron a una gran cantidad de detenidos.

En agosto de ese mismo año, 37 de estos presos fueron trasladados en el correíllo interinsular Viera y Clavijo –gemelo del recientemente restaurado La Palma y gran protagonista de nuestra historia- hasta Río de Oro en la costa africana, donde fueron repartidos inicialmente entre La Güera y Villa Cisneros.

Entre ellos iban médicos, maestros, obreros, cargos electos de la Mancomunidad, del Cabildo y de distintos ayuntamientos de la isla. Quizá el personaje más conocido de todos ellos sea el poeta gomero Pedro García Cabrera, que reflejó su experiencia del destierro en el poema "Cuarto Creciente" de su libro Romancero cautivo.

Conocemos de primera mano los acontecimientos que se produjeron en aquella colonia por el relato que nos dejó José Sahareño, seudónimo que esconde la identidad de José Rial Vázquez, socialista tinerfeño que publicó en 1937 el libro Villa Cisneros, Deportación y fuga de un grupo de antifascistas, reeditado en 2007 por la editorial canaria Tierra de Fuego.
Aunque las circunstancias de la permanencia en su destierro no son excesivamente penosas, como dice el autor la fuga se convierte desde el principio en “el pensamiento fijo de nuestros días y el sueño dichoso de todas nuestras noches”.

De vez en cuando algunos de los presos eran trasladados a Tenerife para ser interrogados y juzgados y no se volvía a saber más de ellos. Vigilados continuamente por la MIA -grupo de tropas nómadas locales al servicio del ejército español- fueron fraguando desde el primer momento los planes que les permitieran escapar. Más adelante la vigilancia de la MIA fue sustituida por un destacamento del Regimiento de Infantería Canarias nº 39 y entre algunos suboficiales y la tropa comenzó una gran camaradería con los prisioneros, de tal forma que los soldados participaron activamente en la conspiración para la fuga.

En marzo de 1937 se presentó la mejor ocasión para escapar y ésta no fue desaprovechada. El capitán gobernador de la guarnición se tuvo que desplazar hacia el interior para reclutar tropas nómadas y, al mismo tiempo, se esperaba la arribada del vapor Viera y Clavijo. La madrugada del día 13, el cabo de guardia despertó al oficial responsable que al abrir los ojos se encontró encañonado por los soldados. Reaccionó sacando la pistola y se produjo un tiroteo que ocasionó la muerte de un soldado y de este oficial. Detenido el resto de los oficiales, los conjurados se adueñaron del fuerte y del polvorín y destruyeron la antena de radio de 70 metros de altura que comunicaba la colonia con Canarias.

El siguiente paso era la captura del buque que estaba ya anclado en la bahía, para lo que se obligó al práctico del puerto a acercarse en su falúa, en la que iban 12 hombres armados, mientras que otro grupo se dirigía en camión hacia la punta de la rada con una ametralladora. Una vez tomado el Viera, la tripulación de éste y algunos oficiales se sumaron a la revuelta. El barco partió con 23 presos, 93 militares del regimiento de Infantería y 34 miembros de la tripulación, más dos marineros mercantes militarizados que iban en el barco como pasajeros. Un total de 152 republicanos que se dirigieron rumbo al puerto de Dakar, en la colonia francesa de Senegal, logrando pasar de allí a Francia, desde donde entraron en la península para incorporarse a las filas republicanas.

Con la derrota de la República, algunos, detenidos por los franquistas, fueron fusilados. Otros continuaron luchando en Francia contra el fascismo y otros se tuvieron que exiliar a América, como es el caso de José Rial. El Viera y Clavijo, que estuvo retenido en el puerto de Dakar, fue devuelto a sus propietarios tras la guerra civil. Acabó sus días en Holanda, desguazado a fines de los años 70.

Han pasado más de setenta años y desde aquí queremos reivindicar la memoria de los leales al gobierno constitucional de la II República Española y romper el espeso velo de silencio que los ha ocultado.

Nota: Este es el poema de García Cabrera al que hemos hecho referencia.

Cuarto Creciente

I
De las prisiones flotantes
-mar dormida, cielo claro-
de Tenerife salieron
treinta y siete deportados.
Fue un diecinueve de agosto,
día de mi cumpleaños.
Luces de duelo y de tierra,
de la ciudad, de los barcos,
por el aire, sobre el agua,
tendían sus largos brazos.
En medio de la bahía
el trasbordo presenciaron
la luna del desconsuelo
y un pelotón de soldados.
En la tercera del “Viera”
uno tras otro, encerrados,
entre un río de fusiles
y un bosque de sobresaltos,
camino de Río de Oro,
hacia Las Palmas zarparon.
Atrás quedó la familia,
quedó el amor desvelado.
Y todo el mundo fue llave
sobre los hombros amargos.
Azotea de mi casa,
calle alegre de mi barrio,
si el viento por mí pregunta,
decid que voy desterrado.


5 comentarios:

  1. Antonio Pastor Krauel, capitán del Viera y Clavijo que se negó a rebelarse y llegó a Dakar, era marido de Delfina Hardisson Wouters, hermana de Clemencia Hardisson. Delfina, al enviudar, vivió muchos años junto a su hermana en la Casa de Gracia. Antonio Pastor se atrevió a dar el pésame en visita a la familia de Rodríguez-Figueroa tras el asesinato de este y su hijo Guetón (Layo, un hermano de este, capitaneó el Viera y Clavijo en la fuga a Dakar).

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  2. Un bisnieto de Francisco Malo Esteban (el alférez que se opuso a los amotinados, mató a Munuera, hirió a Lucio Illada y fue muerto en la refriega) estudia en el Instituto Domingo Pérez Minik.
    Lucio Illada fue capturado de nuevo y fusilado. Sus restos reposan, casualmente, junto a los de mi abuelo y mi padre.

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    1. Mi culto amigo Druso Nerón: lo que me cuenta no hace más que reafirmar mi idea de que en un espacio tan pequeño como es una isla, las historias personales de sus habitantes se mezclan y entrelazan continuamente. No debemos, pues condenar al olvido lo que ocurrió en aquellos fatídicos años pues, directa o indirectamente, todos somos afectados.
      Salud.

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  3. No es fácil ver con detalle los rostros fotografiados en la imagen del grupo, pero si fue en la prisión de Fyffes es muy probable que entre ellos esté un tío mío, Antonio Velázquez, que era concejal socialista del Ayuntamiento de La Laguna (de manera testimonial, porque estudiaba Medicina en Madrid), en el momento del desgraciado alzamiento. El mismo 18 de Julio le detuvieron en la Librería Católica lagunera, donde estaba con unos amigos (siempre venía a pasar las vacaciones de verano con su familia), le llevaron a la cárcel que estaba junto al Ayuntamiento, después a un barco flotante, más tarde a Fyffes y, por último, a Los Rodeos, de donde saldría dos años después de terminar la guerra, para morir enfermo del corazón, seis meses después de liberarlo. Tenía 28 años. Le detuvieron con 23 y estaba en 4º de Medicina. Fue el hermano mayor de mi madre y toda la vida ha sido un referente de respeto por la libertad de las ideas, para todos sus descendientes.
    Una más, Melchor, de las muchas dolorosas historias que heredamos de aquel horror.

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    1. Historias terribles como la que cuentas se repitieron en muchas familias tinerfeñas de aquellos oscuros años. Familias que además tuvieron que sufrir en silencio porque no callar podía acarrear más persecución.
      El ensañamiento de los vencedores fue terrible y aquí en Canarias no se puede poner como disculpa aquello de que hubo atropellos por ambos bandos; aquí la barbarie y la violencia sólo vino de un bando que desde el primer día tenía claro un objetivo: el exterminio de todo lo que significara progresismo y democracia.

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