jueves, 15 de agosto de 2013

La ermita de Gracia a través del tiempo

por Melchor Padilla


Es, sin lugar a dudas, la gran olvidada del patrimonio insular, aunque es uno de los templos que atesoran una mayor historia de los de La Laguna. Alejada del centro histórico de la ciudad, no ha merecido la atención de las autoridades hasta fecha muy tardía cuando fue reconocida con la categoría de Bien de Interes Cultural en el año 2003.

Situada en el camino que desde Santa Cruz conducía a la antigua capital de la isla, la ermita de Gracia fue, si creemos al historiador Núñez de la Peña, la primera iglesia que se hizo de piedra en Tenerife. Fue construida en un promontorio natural donde, según fuentes de la conquista, se emplazó el campamento de las tropas de Alonso Fernández de Lugo durante su segunda entrada en la isla en 1494, en las fechas previas a la batalla de La Laguna. Cuentan las mismas fuentes que el lugar y la advocación mariana fueron elegidos como señal de agradecimiento del conquistador por la victoria sobre los guanches.

La profesora Mª Jesús Riquelme en su obra de 1982 dedicada a algunas ermitas de La Laguna la describe así: “rodeada por una plaza, protegida ésta y el recinto de la ermita por el típico muro almenado (…). También se encontraba en dicha plaza un pozo que servía de reclamo a los caminantes que pasaban por el lugar. La ermita se conservaba libre de todo tipo de construcciones que impidieran ver su estructura externa. De blancos muros, techumbre típica de tejas rojas, campanario y capilla cuadrada, rematada en su cabecera por un balcón canario que comunicaba con el camarín de la Virgen”


Poco queda hoy en día de aquel edificio que describieron insignes visitantes como Berthelot o Coquet . Como escribió en su día Adrián Alemán, ellos vieron “la imagen que el santuario dejó de dar cuando se le envolvió en esos horrendos edificios de dudosa arquitectura" En 1541 se trajo desde Flandes una hermosa talla de la Virgen que desde los primeros momentos fue objeto de gran devoción, por lo que en muchas ocasiones fue llevada en procesión a la ciudad de La Laguna en tiempo de epidemias, sequías u otros desastres, pues se la consideraba muy milagrosa.

Es un edificio del que conservamos imágenes muy tempranas, tanto pictóricas como fotográficas, lo que nos permite hacer un paseo por su evolución histórica y así percatarnos de lo que nunca debió dejar de ser. Veamos algunos ejemplos:



La primera de las imágenes es un óleo de autor anónimo que se conserva en la ermita y que nos permite conocer cómo era su entorno con las casas que la rodeaban hacia mediados de siglo XVIII. Formaba parte de un conjunto de diez cuadros, de los que se conservan cuatro, y en él se refiere el milagro obrado por la Virgen de Gracia con ocasión de una epidemia de peste en 1752-53. En la escena representada aparecen tres campesinos de perfil y de rodillas, ante un paisaje en el que aparece la ermita encalada de blanco y techada por tejas rojizas. Presidiéndolo todo aparece la Virgen en el cielo. Es la primera imagen que tenemos de la ermita y en ella podemos apreciar un sencillo edificio de una sola nave rodeado de algunas humildes casas campesinas.

La siguiente imagen es un grabado de la serie que se realizó a partir de los dibujos que hizo el inglés J.J. Williams para la obra Misceláneas Canarias, de Sabino Berthelot y Phillip Parker-Webb, que nos da un retrato fiel de la isla en aquellos años de finales del primer tercio del siglo XIX. En el dibujo aparece, tras la casa de los Estévanez que vemos en primer plano, la ermita que ya muestra su airoso campanario y que todavía conserva la balconada en la cabecera y una sacristía octogonal que no está documentada en los textos.

De finales del siglo XIX o principios del XX debe de ser esta hermosa e inédita, creemos, fotografía de la pequeña iglesia de Gracia propiedad de Florencio Real Hardisson, hijo de Clemencia Hardisson, una mujer canaria que todavía no ha recibido el tributo que se merece por parte de sus conciudadanos y que vivió en el camino de La Hornera, muy cerca de la ermita.


La foto debe haber sido tomada desde ese mismo camino, a la altura de lo que hoy es la trasera del Instituto Astrofísico de Canarias (IAC). En ella, tras un grupo de seis campesinos, se nos aparece el templo en una vista inusual que nos permite apreciar el campanario, el balcón canario con todo su esplendor y el muro almenado que la rodeaba.

Algunos años después el magnífico dibujante, poeta y humorista Diego Crosa “Crosita”, asiduo participante de las tertulias que tenían lugar en la plaza de la ermita y en la vecina casa de los Estébanez, hace un dibujo a plumilla en el que podemos admirar la balconada de estilo canario que cerraba la cabecera de la iglesia. En primer plano unas pequeñas casas de labranza nos hablan del pasado eminentemente agrícola de la zona, hoy desaparecido por el desarrollo urbano del barrio de Gracia.


En los años veinte el pintor y escultor Francisco Borges Salas pinta un curioso cuadro en el que representa unas dependencias de una casa en las que aparece en el suelo, en primer plano, otra pintura en la que se ve el conjunto arquitectónico del lugar de Gracia, compuesto por la ermita y la casa de los Estévanez, en la que residía el autor, pues había contraído matrimonio con la hija de Patricio Estévanez Murphy, uno de los descendientes de los antiguos propietarios de la finca.

En ese cuadro, propiedad de los herederos del pintor, se representa a si mismo de espaldas pintando acompañado de algunos miembros de su familia entre los que distinguimos a su esposa Cristina y a su suegro. Para pintar este cuadro Borges Salas se inspira en una fotografía algo más antigua de la zona en la que vemos nuestra ermita en una vista lateral tomada desde la orilla derecha del barranco del Gomero, muy próximo a la casa de los Estébanez. El original de esta fotografía aparece con una cuadricula realizada por el pintor para después hacer el cuadro.


De los años cuarenta debe ser la magnífica acuarela del pintor Francisco Bonnín, que pertenece a la colección del Cabildo de Tenerife, en la que con la luminosidad que acostumbraba a dar a sus obras quien ha sido sin dudar el mejor acuarelista de Canarias, se nos representa una imagen de Gracia en la que, tras unas pequeñas casas rodeadas de flores, aparecen la fachada, el campanario y parte de la sacristía.

Sin embargo, todo esto empezó a cambiar desde que en 1926 las religiosas oblatas del Santísimo Redentor recibieron la iglesia de manos del obispo Fray Albino, para servir de capilla para su instituto. A partir de ese momento comenzó la construcción de una serie de edificios para albergar a la comunidad y a las internas, lo que dio lugar a la supresión del balcón canario tan característico de la antigua ermita, del que nada queda, y que sólo se puede apreciar en los cuadros y grabados antiguos.

Las obras continuaron a través de los años culminándose con la construcción de un gran edificio que hoy en día permanece abandonado y en unas condiciones lamentables. La comunidad, además, cerró el acceso al recinto a los vecinos de la zona, por lo que fue perdiendo su integración en el barrio. Las fotografías de hoy en día presentan un panorama desolador con la vieja ermita cercada de horribles construcciones y vallas publicitarias, como se puede ver en la fotografía aérea que acompañamos.


No obstante, en los últimos años ha surgido un movimiento importante a favor de la recuperación de la ermita. A este movimiento se han sumado con entusiasmo no sólo los vecinos sino también el profesorado y alumnado del vecino IES Domingo Pérez Minik que desde hace unos años abogan por que la iglesia recupere su papel de antaño. Fruto de esta lucha ha sido el desplazamiento de las vallas publicitarias de tal forma que desde hace poco tiempo se puede apreciar la belleza de este, por muchos, desconocido templo.


Post scriptum (Noviembre 2019)

La amabilidad de un gran coleccionista de fotografías antiguas Manuel Jesús Martín Martínez (MMBall) hace que podamos pblicar esta bella imagen de la ermita de Gracia tomada en los años 30 del pasado siglo por el fotógrafo alemán afincado en Tenerife Otto Auer. Gracias, amigo.

jueves, 1 de agosto de 2013

Un canario en la primera vuelta al mundo en dirigible

por Melchor Padilla


El 15 de agosto de 1929 el dirigible Graf Zeppelin LZ 127, orgullo de la aeronáutica alemana, se elevaba majestuosamente sobre la localidad alemana de Friedrichshafen con el fin de iniciar la primera vuelta al mundo. Fue la mayor aeronave de su tiempo y había sido construido en 1928 por la Luftshiftbau Zeppelin con estructura rígida y volumen de 105 000 ms cúbicos, longitud de 236,6 ms y diámetro de 33,7 ms. Estaba accionado por motores Maybach VL-2 de 12 cilindros dispuestos en 5 barquillas. Podía trasportar una carga de 60 toneladas y estaba dotado de cabinas para 20 pasajeros, siendo su tripulación de 45 miembros comandada por el doctor Hugo Eckener.


A bordo embarcaron, tras pagar los 7000 dólares que costaba el billete, veinte pasajeros entre los que sólo había una mujer, la periodista inglesa Lady Grace Hay Drummond-Hay. Los demás eran seis norteamericanos, cinco alemanes, tres japoneses, un suizo, un ruso, un australiano, un francés y un español, el médico grancanario Jerónimo Megías Fernández.

Nacido en su casa de la calle López Botas del barrio de Vegueta de Las Palmas en 1880, pertenecía a una importante familia de Arucas que todavía en la actualidad es propietaria de una de las más sobresalientes industrias de alimentación de las islas: la fábrica de chocolates y pastas “La Isleña”.  A los 11 años ingresó en el Colegio de San Agustín de su ciudad natal donde compartió enseñanzas con algunos de los más destacados miembros de la vida intelectual y artística grancanaria como Rafael Mesa, Nestor de la Torre, Bernardino Valle y, sobre todo, el que sería su gran amigo, Luis Doreste Silva

Se traslada a Madrid para estudiar Medicina titulándose en 1909 en la misma promoción que destacados médicos como Marañón, Faldó, López Durán, Coca o Fernández Criado. Pasó también por el Instituto Pasteur de París donde se especializó en Bacteriología. Junto con su hermano Jacinto, también médico, comienza a trabajar en el instituto que su tío, el doctor Vicente Llorente y Matos, había fundado en la capital en 1894 y que era considerado como uno de los más notables centros innovadores de la Bacteriología en España. En este centro se llevaron a cabo importantes estudios sobre la peste y la rabia y también sobre la prevención de la difteria. Tras el fallecimiento de su tío en 1916, los hermanos Megías se hicieron cargo de la dirección del instituto Llorente, desarrollando una importantísima labor de investigación epidemiológica que les llevó a adquirir una gran consideración profesional y a ser nombrados por el rey Alfonso XIII médicos de la Casa Real. 



Pero, al margen de los aspectos ligados a su profesión de médico y biólogo, hoy traemos a estas páginas su figura por su enorme afición a los viajes, que le llevó a participar en algunas de las más conocidas experiencias viajeras de aquellos años como la vuelta al mundo del trasatlántico Franconia, y sobre todo por esta aventura que hoy nos ocupa: la primera vuelta al mundo en dirigible. El doctor Megías dejó plasmadas sus impresiones del viaje en un libro que tituló La primera vuelta al mundo en el 'Graf Zeppelin' 

En la madrugada del 15 de agosto el dirigible partió desde su base en Friedrichshafen en dirección al este para realizar su primera etapa que les llevaría hasta Tokio. Tras cruzar Alemania se dirigieron a Lituania y luego penetraron en la Rusia europea. Continuaron su camino a través de los desolados paisajes de Siberia pasando por Jakutsk. Llegaron a la capital nipona tras más de 99 horas de vuelo y tras haber recorrido más de 11000 kilómetros. A su llegada a Tokio recibieron multitud de agasajos. El 23 de agosto el Graf Zeppelin partió de Japón en dirección a Estados Unidos. En este trayecto se produjo uno de los momentos más duros de la travesía pues el dirigible se vió sacudido durante más de un cuarto de hora por un terrible tifón tropical. Tras más de sesenta horas de navegación hicieron escala en Los Angeles donde fueron agasajados en Hollywood por el mundo del cine. En una tercera etapa cruzaron Estados Unidos (4.437 kms.) en 52 horas llegando el día 29 a Lakehurst. En Nueva York fueron objeto de un recibimiento apoteósico  'a la americana’ y desde allí partieron hacia Friedichshafen donde llegarían 67 horas después y tras haber recorrido otros 8.400 kilómetros. Habían cubierto 33.531 kilómetros en veinte días.


Aunque el Graf Zeppelin no pasó en esta ocasión por encima de las Canarias -sí lo haría más adelante-, Megías aprovecha que el dirigible se ha desviado bastante al sur de las islas Azores, entre las de Madera y las Canarias, para tener un entrañable recuerdo para su tierra. Nos cuenta: "Estamos en comunicación radiotelegráfica con la estación de Canarias; mi contento alcanza proporciones infinitas; quiero reconocer hasta el aire que respiro; es el mismo que me envolvió cuando vine a la vida y que me llenó los pulmones en los felices días corridos desde la niñez hasta la juventud. En las Islas están vinculados mis afectos entrañables. He dirigido dos radiogramas, uno, al alcalde de Las Palmas, saludando en él a mi querida ciudad natal; otro a mis hermanos, enviándoles abrazos, rebosantes de alegría, al encontrarme cerca de ellos, en el triunfal regreso de la vuelta al mundo, y encareciéndoles un piadoso encargo: que depositen en mi nombre un puñado de flores sobre las humildes piedras que, entre los muros y cipreses del modesto cementerio de Arucas, cubren las reliquias de mi santa madre.."

Jerónimo Megías falleció de forma prematura en noviembre de 1932. Su gran amigo Luis Doreste Silva escribió en el Diario de Las Palmas del día 9 de ese mes,  un emocionado recuerdo en el que lo retrata así: "Apasionado por todo lo bello, amante y protector de todas las grandes audacias científicas modernas, hizo famoso Jerónimo Megías su desprendimiento y su arrojo personal en las más diversas empresas del espíritu humano. Viajero incansable, vibrante de una siempre viva curiosidad, fue un ferviente enamorado del aire"

Sirvan estas líneas como recuerdo a su persona en estas islas nuestras.

NOTA: Quiero manifestar mi agradecimiento por el aporte de datos y material gráfico al sr. Pablo. P. Jesús Vélez-Quesada, Cronista Oficial de Arucas y al profesor Agustín Miranda Armas.







lunes, 15 de julio de 2013

Un paseo por San Juan de la Rambla

por Melchor Padilla


Más allá del farallón rocoso de Tigaiga, una vez abandonado el Valle de la Orotava, entramos en San Juan de La Rambla. En su término municipal hay varios núcleos de población que se distribuyen en dos zonas bien delimitadas por la orografía: una parte alta donde están los barrios de San José o Los Quevedos y una zona costera donde se encuentran Las Aguas y el casco histórico que da nombre al municipio.

En este último lugar, a la sombra del risco del Masapé, en un rectángulo formado por las calles de Antonio Oramas, La Ladera, avenida de José Antonio y la plaza de la iglesia de San Juan Bautista encontramos uno de los conjuntos patrimoniales más hermosos de la isla de Tenerife. En sus calles, apacibles y tranquilas, podemos contemplar las viejas casonas de grandes familias rambleras como la de los Oramas Quevedo, la de los López Oramas, la de Pérez Montañés o la de Castro. El casco histórico de la villa fue declarado Bien de Interés Cultural, con categoría de conjunto histórico, en 1993. Fuera de esta zona son de gran interés el cementerio, El Calvario o la Ermita de la Cruz.

Tras la conquista de la isla se repartieron las tierras entre los conquistadores, otorgándose algunas a aborígenes grancanarios que habían participado a favor de los castellanos. La fundación de la Villa de San Juan de la Rambla se atribuye al portugués Martín Rodríguez, que mandó levantar en 1530 la ermita de San Juan del Malpaís, actual iglesia de San Juan Bautista. Desde el primer momento destacó el cultivo de la vid que producía, según autores de la época, el mejor malvasía de la isla. Un rasgo a señalar es la importancia que tuvo desde el siglo XVII la emigración hacia América, donde según el profesor Manuel Hernández "gana su subsistencia una parte considerable de sus vecinos y donde su élite local adquiere los caudales necesarios para consolidarse". En 1779, el 41% de los varones mayores de 16 años del casco estaba en América.

En la calle de la Alhóndiga, en la pared lateral de la casa parroquial, podemos distinguir un letrero de caligrafía antigua que nos sirve de recordatorio de una de las catástrofes naturales más importantes de la historia de la isla. El día 7 de noviembre de 1826 cayó sobre Tenerife una enorme tromba de agua que ocasionó un total de 243 victimas mortales. Aunque los municipios más castigados fueron La Orotava (104 muertos) y La Guancha (52), también se vio afectada la villa de San Juan de la Rambla.
El cura beneficiado de la iglesia del Realejo Alto, don Antonio Santiago Barrios cuenta que "este pueblo fue uno de los que más sufrieron en el aluvión de la noche del siete al ocho de noviembre. Antes de esta desgraciada noche era este pueblo, aunque pequeño, muy hermoso, y sus habitantes se habían esmerado en su aseo y presentaba un golpe de vista muy agradable; tenía un puente regular a la entrada de la plaza de la parroquia, por la parte del naciente de ésta; sus calles estaban muy bien empedradas, y todo él. El aspecto público estaba con el mayor aseo; mas, la noche del aluvión quedó todo arrasado como así su Ayuntamiento".


En la actualidad el casco histórico de San Juan de la Rambla sufre los problemas inherentes a la conservación de los bienes patrimoniales. Algunas de las casas muestran señales inequívocas de abandono y el sempiterno cableado aéreo de telefonía y electricidad afea rincones que serían muy hermosos. Además, sorprende encontrar en el viario local nombres pertenecientes al pasado franquista. No nos parece de recibo que aún hoy en día aparezcan calles dedicadas a José Antonio o Calvo Sotelo.

No obstante, quizá el golpe más grave que ha recibido el casco histórico en los últimos años ha sido el traslado de la sede del Ayuntamiento hacia el barrio de San José. Al margen de aspectos políticos o administrativos, desde el punto de vista de la conservación del patrimonio desposeer a los centros históricos de las ciudades o pueblos de cualquiera de sus funciones (políticas, administrativas o comerciales) no ayuda en absoluto a su conservación, pues se vacían de contenido y se sitúan en mayor riesgo de deterioro y abandono.
Durante el mandato de la alcaldesa Fidela Velázquez se consiguió que el CICOP (Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio) ubicara su sede física del norte de la isla en San Juan de la Rambla lo que sin duda permitirá promocionar, restaurar y cuidar su centro histórico para convertirlo en referencia nacional de patrimonio.

Pese a todos los problemas señalados, pasear lentamente por sus calles silenciosas, saludando a los pocos vecinos que se nos cruzan y respirando un aire que parece detenido en el tiempo, convierten a este rincón en uno de los más hermosos de Tenerife.

lunes, 8 de julio de 2013

Las ruinas del Balneario

por Charo Borges


Cuando una pasa, casi a diario y a lo largo de los últimos años, por delante de lo que queda de las fachadas del antiguo Balneario de Santa Cruz y de la Residencia de Educación y Descanso José Miguel Delgado Rizo, no le queda otro remedio que asociarlas a una época estupenda de su infancia y juventud.

Cuando una pasa por lo que queda de la zona posterior de ambos edificios, de manera extraordinaria y para sacar fotos de las mismas, no le queda otro remedio que sentir mucha tristeza y desolación ante el espectáculo sobrecogedor al que se ha dejado que llegue una de las joyas del ocio de gentes canarias, peninsulares e internacionales.

Lo descubrí hace un par de meses y la visión de aquellas ruinas me encogió el corazón y me impactó desagradablemente. Me costó asimilar lo que estaba viendo, porque nunca pensé que aquel emblemático Balneario al que a diario acudíamos cientos de usuarios de la época, para pasar una jornada de feliz asueto, estuviera en un estado de abandono y ruina tan deplorable. En aquella ocasión, no pude sacar fotos y, con la decisión firme de hacerlas públicas, volví hace pocos días para tomarlas.

En una y otra ocasión, me resultó muy extraño ver lo que queda de todo aquel recinto, engullido y rodeado por el asfalto, por los vehículos que circulan por la Vía de Servicio del Puerto y por una gasolinera y sus instalaciones accesorias. Me faltaba algo fundamental en mis recuerdos, necesitaba rescatar la visión del Balneario y su Residencia con su playa de callaos y el mar batiendo suavemente contra ellos. Por contra, me pareció estar contemplando una maqueta gigante, con signos similares a los de un bombardeo, en medio de un paisaje deshumanizado y tecnificado.

Ese mar que echo en falta fue empujado, hacia afuera, a la fuerza. Alejado todo lo que se consideró necesario, con la ayuda de toneladas y toneladas de relleno, hormigón y asfalto, para construir la enorme explanada que, desde los primeros 90, ocupa la prolongación del puerto de la capital y llega hasta la dársena pesquera que finaliza muy cerca de San Andrés. Una explanada llena de pilas amontonadas de contenedores, además de algunas edificaciones portuarias y que, entre todos, han fabricado un auténtico muro que no permite, siquiera, la vista de ese mar empujado. Hecho este prólogo de nostalgias y sensaciones, pasemos a justificar, con datos, lo que para algunos puede resultar una exageración: que la Residencia y el Balneario fueron una de las joyas del ocio local, peninsular e internacional, teniendo como referente su primera década de existencia.

Entre Julio y Septiembre, de los años 50, una media de 700 personas distribuidas en turnos de diez o quince días, disfrutaban de alojamiento y pensión completa en las instalaciones de aquella residencia modélica, a la orilla del mar. Los precios eran muy asequibles, para los trabajadores de entonces. En los turnos familiares, cada componente pagaba diez pesetas por día, y en los individuales, quince. La capacidad de la Residencia era de algo más de un centenar de plazas individuales y en torno a las noventa familiares. La vida allí era de total libertad, respetándose los horarios para las comidas y para el cierre de la instalación, que era a la una de la madrugada. En las tardes-noches, se celebraban juegos, concursos y bailes, para chicos y mayores y, cada turno, disfrutaba de dos excursiones a distintos puntos de la isla. El tiempo de estancia se clausuraba con una animada fiesta protagonizada por los propios residentes y en la que se hacía entrega de regalos y diplomas a los que habían participado en las distintas actividades celebradas. El uso de las instalaciones del Balneario era independiente y, si se accedía a él, la entrada les costaba la mitad que a los no residentes.


El período veraniego estaba reservado para los trabajadores sindicados que, con o sin familia, residían en nuestras islas, pero, por parte de los responsables de la Organización Sindical de la que dependía la Residencia, se hacían gestiones y se fijaban directrices, para organizar turnos con productores agropecuarios procedentes de la península, Norte de África y resto del extranjero, con intercambio de los trabajadores nacionales y los del país que nos visitaba. La presencia de estos últimos se estrenó con la estancia de veinticuatro ingleses, a los que se llevó a visitar lo más representativo de la isla, comenzando con el Teide y todo el entorno de Las Cañadas. El personal que sacaba adelante las prestaciones del establecimiento público, estaba formado por diecisiete empleados: el director, dos auxiliares dedicados a la administración y la intendencia, un cocinero, tres ayudantes, un pinche, un camarero, un portero y siete encargadas de la limpieza. Tanto la Residencia como el Balneario contaban con un Patronato cada uno y, ambos, por medio de sus representantes sindicales, llevaban a la Organización las sugerencias y deseos de los usuarios de las citadas dependencias.

Hoy, más que sugerirles un paseo por lo que queda de ellas, he querido traerles un poco de su función cotidiana. Mi intención última es que sirva de homenaje a todos los que aprendimos a nadar en aquel entrañable rincón, a los que fueron grandes nadadores de los equipos que allí se formaban y entrenaban, y a quienes tuvieron el placer y la fortuna de vivir días magníficos en aquella instalación modélica y avanzada. Ninguna de estas virtudes impidió que la ambición desmedida de unos pocos, sobre el bien común de muchísimos, y el afán megalómano de unos políticos insensibles e insaciables, acabara con aquel reducto de indudable valor social, por encima de ningún otro. Para quienes deseen conocer datos precisos de la historia y los avatares de estas tristemente desaparecidas instalaciones, les facilito unos cuantos enlaces con distintos medios de comunicación locales, que, con frecuencia, han abordado y abordan un tema tan ligado al devenir de esta capital:

EL DÍA, 29 de agosto de 2011

20 MINUTOS, 13 de mayo de 2008

EL DÍA, 2 de abril de 2012 

DIARIO DE AVISOS, 28 dea gosto de 2012

EL DÍA, 31 de julio de 2003

LA OPINIÓN, 7 de septiembre de 2009

EL DÍA, 5 de abril de 2011

NOTA: Pueden leer otros artículos de Charo Borges sobre nuestro patrimonio en su blog Paseando por mi ciudad 

lunes, 1 de julio de 2013

Caminos reales de Tenerife

por Melchor Padilla


En La Ladera de Güímar un sendero ancho empedrado y flanqueado por muros de piedra seca sube serpenteando hasta lo alto. A sus pies un letrero señala su nombre: Camino Real. Es un nombre que se repite con mucha frecuencia en la toponimia, no sólo de nuestras islas sino también de la península Ibérica y de muchas zonas del antiguo imperio colonial americano, por lo que lo hallamos presente en todos los territorios que estuvieron bajo la autoridad de la monarquía hispánica.

Damos el nombre de caminos reales a las vías de comunicación terrestre cuya propiedad y jurisdicción pertenecían a la corona. Tenían como fin el permitir el traslado de personas y mercancías entre los distintos lugares de la isla y su apertura y mantenimiento se encomendaron al Cabildo, que en sus ordenanzas establecía que los caminos reales debían tener un ancho de una soga toledana, es decir unos siete metros, estar vallados y debían salvar los desniveles en zigzag para hacer más fácil el desplazamiento por la abrupta orografía de la isla. En La Laguna todavía existe una calle que se denomina Camino Vallado, resto del antiguo camino hacia La Esperanza, hoy cortado por la pista del aeropuerto.

Pero no todos los caminos poseían estas características; algunos eran simplemente caminos de herradura de un ancho que no llegaba a los dos metros pero que permitía el paso de las reatas de bestias de carga que eran, en su mayoría, las encargadas de realizar el transporte de las mercancías. En Las Peñuelas, en Tegueste, queda un resto de este camino de herradura que, tras salir de La Laguna por Las Gavias, bajaba por la ladera norte de la Mesa Mota hasta Tejina y que era conocido como ‘Camino de los Tejineros’.

Algunos de estos caminos tuvieron su origen en los antiguos caminos de los pobladores indígenas de la isla y por ello todavía se puede encontrar en algunos municipios de Tenerife como Tacoronte, La Matanza, Santa Úrsula o La Orotava el topónimo de Camino de los Guanches. No obstante, a partir de la conquista se desarrolló un programa de creación de vías que se adaptó a las necesidades agrícolas, ganaderas y mercantiles de los conquistadores y a su cultura material. En una fecha tan temprana como 1509 el camino real del norte llegaba hasta Daute, tras pasar por Tacoronte y la Orotava. De esta vía nos quedan todavía los nombres de Camino de la Villa en La Laguna y de Calle Real de la Orotava en La Matanza.


Más tardaron en abrirse los caminos hacia el sur, pues a principios del XVI sólo llegaban hasta Güímar, ampliándose las rutas en la segunda mitad del siglo, tras la colonización de Adeje y Vilaflor y los primeros asentamientos de Granadilla y Arico. Tras enlazar, ya a finales del siglo XVII, con Daute por el sur se creó un anillo de caminos que bordeaba la isla.

Pero también existieron caminos que cruzaban la isla de banda a banda. Los más importantes fueron el que conducía de La Orotava a Candelaria, muy importante dada la devoción mariana en la isla, y el Camino Real de Chasna, que unía La Orotava con el sur de la isla a través de dos ramales, que iban uno a Granadilla y el otro a Vilaflor a través de Las Cañadas. El tristemente desaparecido estudioso Raúl Melo nos dejó escrita una relación detallada de los caminos reales de la isla y sus referencias documentales. Esta red de caminos subsistió hasta bien entrado el siglo XIX y tenemos constancia de que en 1845 un grupo de presidiarios realizó trabajos de mantenimiento en el camino real de Güímar, pero la creación de un sistema de carreteras desde esos años hasta la mitad del siglo XX acabó con muchas de esas vías, ya por superposición de las nuevas o por el corte de algunos tramos.

Pero ¿queda algo de aquellos caminos en la actualidad? El auge que han alcanzado en los últimos años las actividades en la naturaleza ha revalorizado de manera significativa deportes como el senderismo en el que estos caminos vuelven a tener una gran importancia, lo que todavía hoy nos permite encontrar restos de los antiguos caminos reales de la isla en la red de senderos que recorren lugares tan diversos como el de San Marcos-Arenas Negras en Icod, el de Las Aguas-El Rosario en San Juan de La Rambla, el de Ruigómez-Las Manchas-Arguayo de El Tanque y Santiago del Teide, en el Camino Real de Fasnia o en Las Vueltas de Taganana en Anaga.

Señala J.J. Cano que “Estos caminos tradicionales: caminos reales, caminos de herradura y caminos vecinales, entre otros, han sido hasta fechas recientes, un recurso patrimonial, turístico y económico, desatendido y en algunos casos, un recurso desaparecido o destruido.” Se hace preciso, pues, poner en valor el paisaje a través de las actividades de senderismo recuperando para ello el patrimonio histórico y cultural que suponen estas vías.

Parece que en este caso las distintas administraciones están siendo conscientes de ello y se está llevando una importante puesta en uso de los viejos caminos reales de la isla.