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lunes, 27 de febrero de 2017

El lagunero que pudo reinar

por Melchor Padilla



En la plaza del Adelantado de La Laguna, en la esquina de la calle Nava y Grimón, o del Agua como prefieren llamarla los laguneros de siempre, y frente al palacio de Nava,  hay una antigua casa canaria que está ocupada en la actualidad por una de las salas de exposiciones de la Fundación CajaCanarias y que con anterioridad fue uno de los bares con más solera de la ciudad, el Bar Palmero. Pues bien, esa casa guarda tras sus muros algunas historias que pocos conocen. Vamos a contarlas.

Dice Alejandro Cioranescu en su Guía de La Laguna que “la casa número tres, de dos pisos, del siglo XVIII se considera edificada sobre el solar de Andrés Xuárez Gallinato (¿-1525), conquistador de la isla y sobrino del Adelantado. 

A mediados de 1479, llegó a las islas, comisionado para apaciguar las desavenencias surgidas entre los conquistadores de Gran Canaria, Pedro Fernández del Algaba o Pedro de Algaba, caballero sevillano que había recibido título y atribuciones de gobernador de la naciente población. Le acompañaban su mujer, Doña Leonor Xuárez Gallinato, sus hijos y el capitán Alonso Fernández de Lugo, cuñado de Doña Leonor. Un hijo de Algaba y doña Leonor, Andrés Xuárez Gallinato, acompañó al Adelantado en la conquista de La Palma primero y en la de Tenerife después, beneficiándose de los repartos de tierras tras la conquista de esta última. Tenemos constancia por las Datas de la isla de Tenerife que Gallinato reclamó en 1507 el solar que hoy ocupa la casa: "Conosco yo A. S. G. q. levé de aquí por mandado del Sr. Adelantado una carta albalá original de un solar q. me fue dado en La Laguna y porque es verdad lo firmé de mi nombre. A. S. G."

La plaza del Adelantado en el siglo XVI.
La casa fue después propiedad del Licenciado don Juan Suárez Gallinato (¿-1578), regidor de la isla, fundador de un mayorazgo que gozaron más tarde junto con la casa los marqueses de Quinta Roja; se hizo célebre gracias a la leyenda de que el diablo se había llevado su cuerpo, mientras lo llevaban a enterrar a San Francisco.

En un manuscrito que dejó sin terminar Fernando de la Guerra y de Hoyo, marqués de San Andrés, Regidor Perpetuo de la isla de Tenerife en el s. XVIII, titulado "Idea del estado de la nobleza en la ciudad de La Laguna" que dió a conocer el historiador Leopoldo de la Rosa Olivera, publicándolo con el título "La calle del Agua", se cuenta esta curiosa historia:

"Enfrente de la casa de Nava está el sitio de los de Gallinato, el célebre Gallinato que hizo el vínculo que goza el Marqués de la Quinta, y que murió en la casa junto a San Francisco, que tenía un pequeño valcon de madera, que por sacarlo por el para llevarlo a enterrar, por haber sido Abogado, Corregidor en España y Regidor en esta Isla y, por fin, hombre que instituyó Mayorazgo, con la casualidad de haberse embayetado desde su casa hasta San Francisco, que está muy cerca, dijeron vulgarmente que se lo había llevado el Diablo, cuya voz ridícula duró mucho tiempo, porque en una capilla que llamaban de Gallinato (...) en el techo había una perilla antigua de madera, que figuraba una botija, y decían que, por milagro del Diablo, no se podía tapar el agujero que había hecho el mismo Diablo quando sacó el cuerpo de Gallinato, con lo que todos los muchachos que se criaron viendo y oyendo ésto lo creían, siendo un gentil disparate creer que el Diablo llevase a Gallinato por el techo, como si lo llevase al Cielo."


Según Viera y Clavijo 'la ridícula fábula de la exhumación de su cadáver por manos de Diablos, y de su rapto por el techo de una de las capillas colaterales de la iglesia de San Francisco de la ciudad de La Laguna, es un famoso cuento de viejas y una patraña forxada para embaucar y dormir niños' Cree este autor que esta historia se originó en el hecho de haber tenido que descolgar el cadáver por una de las ventanas de la casa mortuoria cuando se le sacaba para darle sepultura pues el ataúd  no podía dar vuelta en las escaleras.

Pero más extraordinaria aún es la historia de otro de los miembros de esta familia, el Sargento Mayor Juan Xuárez Gallinato que desde su llegada a Manila en 1580 hasta su muerte en 1615 prestó grandes servicios a la Corona. Así nos la cuenta José de Viera y Clavijo: 


"Landara Rey de Camboya en las Indias Orientales havia embiado al Gobernador de las Filipinas una Embaxada con ricos presentes, y ofreciendo hacerse Christiano y vasallo de España , como le socorriese contra el Rey de Siam, que iba a atacarle con un Exercito poderoso. El Gobernador Luis de Mariñas aprestó tres Embarcaciones con 120 Españoles y algunos Indios Filipinos, baxo el mando dé Juan Xuarez Gallinato. Mientras Gallinato aportaba á Malaca acosado de una tormenta , los otros Bageles llegaron a Camboya , a tiempo que el Rey de Siam havia ya deshecho a Landara , y colocado sobre el trono á Pra Near. Esta revolucion no quitó que los Españoles se acercasen á la Corte, pegasen fuego al almacen de la pólvora , embistiesen una noche el Palacio , y á favor de la confusion entrasen hasta el quarto del Rey, y le cosiesen a puñaladas, después de haver hecho pedazos sus guardias. A este ruido corrieron a las armas mas de 450 Indios, quienes con sus Elefantes atacarón a los españoles. Pelearon toda aquella noche; pero todo estaba perdido á no haver desembarcado Gallinato al amanecer con los suyos. Al punto dió ordenes muy apretadas para que obrando con retenida y moderacion, tratasen de aplacar y ganar á los Naturales. Encantados los principales de Camboya con la discrecion , sabia disciplina y demás prendas que veían en Gallinato, fueron a estar con él , y le ofrecieron la Corona. En esto se fundó (...) la voz que corrió por acá , de que Gallinato era Rey de Camboya..."

Pero ¿cuánto hay de verdad en esta historia? El historiador Florentino Rodao en su obra Españoles en Siam (1540-1939) nos hace un relato documentado de este episodio en el que nuestro lagunero tuvo un papel destacado. En 1596, y dentro del proceso de expansión española por el sudeste asiático, parte desde Manila la primera expedición hispana que manda Gallinato y de la que formaban parte también el castellano Blas Ruiz y el portugués Diego Veloso. 


El barco que dirigía Gallinato no pudo llegar a la capital de Camboya sí haciéndolo los dos juncos que comandaban Ruíz y Veloso. Estos se encontraron con que el rey que había llamado a los españoles se había exiliado -en realidad estaba ya muerto- y pronto comenzaron los roces con la colonia china allí afincada, que veía peligrar su hegemonía en la zona por la presencia hispana. En los enfrentamientos que siguieron los españoles expulsaron a los chinos, lo que alarmó al nuevo rey Ram Mahapabitr, creándose una situación en la que a los hombres de Ruiz y Veloso sólo les quedó elegir entre retirarse o atacar. Se optó por esto último y, tras haber herido de muerte al rey, se vieron rodeados, teniendo que huir hasta Phnom-Pehn. Mientras tanto, arribó Gallinato, quien tras enterarse de estos sucesos decidió retirarse hacia Conchinchina. 

Así acabó la primera expedición española a Camboya debido, como afirma Rodao, tanto “a la escasa disposición de los camboyanos a colaborar como por la decisión de Gallinato de retirada". Es en ese momento cuando, para convencerlo de continuar en el país, los españoles y un grupo de camboyanos le ofrecen el trono del reino que él rehusó. De aquí surge la leyenda que hemos contado y que tuvo amplio reflejo en la literatura española de la época, desde Góngora a Cervantes pasando por Claramonte: la de un lagunero que pudo ser rey de Camboya.

NOTAMi profundo agradecimiento a mi amiga María Luz Rodríguez Palmero, quien tanto sabe de esta casa y que me proporcionó la fotografía de la época en la que fue cafetería, así como la del cuadro que de la casa hiciera otra amiga, Loles Macau.

miércoles, 30 de octubre de 2013

A propósito de una fotografía antigua

por Melchor Padilla

A Juan Antonio Báez, José Manuel Febles y al resto de alumnos componentes del Club de Investigación Histórica Pérez Minik para que continúen con el mismo entusiasmo y tesón su tarea de rescate de nuestro patrimonio. 


Hace unos días me llegó a través de Facebook una antigua fotografía, fechada hacia 1904 o 1906, que habían encontrado, indagando en la red, dos miembros del Club de Investigación Pérez Minik formado por alumnos del instituto de La Laguna que lleva el mismo nombre. La foto, subida por el profesor Agustín Miranda, planteaba la duda de su ubicación exacta. Se produjo un intenso debate pues no es una fotografía conocida. Este artículo quiere ser un resumen del proceso de identificación del lugar donde se obtuvo la fotografía.


Describamos la imagen: A la derecha un grupo de cuatro mujeres, vestidas de blanco y portando cestos en la cabeza, pasa ante un grupo de casas que se elevan apenas sobre un talud. En la última casa podemos apreciar la presencia de una pequeña espadaña, lo que nos hace suponer que se trata de una ermita. En la calle, frente a la ermita, un carro viene en dirección contraria a la marcha de las mujeres. En la calle apreciamos también los postes del tendido eléctrico del antiguo tranvía que nos dan a entender que la imagen ha sido tomada en algún lugar del recorrido entre Santa Cruz y Tacoronte. En primer plano lo que parece un muro o quizás una atarjea y un gran tanque donde algunas mujeres llenan sus barriles de agua de abasto público. Tras el tanque y adosado a la pared de la primera casa, un calvario con las características tres cruces. Al fondo se insinua el inicio de una pendiente bordeada de árboles. 

Pensamos desde el principio que se trataba de la plaza de San Cristóbal de La Laguna, más conocida ahora como la plaza de la Milagrosa por la estatua de la Virgen que la preside desde principios de los años sesenta. Desde antiguo los laguneros han conocido ese lugar como el Tanque Abajo.

Esta es una vista de la plaza en la actualidad tomada desde el mismo lugar. Como se puede apreciar los cambios han sido radicales. ¿Por qué, pues, insistimos en que se trata del mismo lugar?


La presencia del tendido eléctrico del tranvía nos situa la imagen en el recorrido que este hacía. Descartamos el tramo Santa Cruz- La Laguna por la inclinación del terreno; Tacoronte tampoco puede ser, pues si recorremos todo el trayecto del tranvía desde La Laguna hasta la plaza de Tacoronte, donde estaba la estación, no hay ninguna capilla ni un conjunto de casas como el de la imagen. Las casas podrían haberlas derribado, pero habría quedado documentación de la desaparición de una iglesia si esta se hubiera producido.

En el recorrido del tranvía encontramos sólo tres templos. Veamos los dos primeros, que son el de San Benito y el de San Lázaro, ambos en La Laguna. La ermita de San Benito no puede ser pues está orientada de forma casi paralela a la ruta del tranvía mientras que en nuestra fotografía la iglesia aparece perpendicular a la carretera. Con San Lázaro ocurre lo mismo con la orientación pero además la iglesía quedaría a la izquierda de la imágen y muy alejada de los raíles y la carretera.

Sólo nos queda una última iglesia en el trayecto del tranvía y no es otra que la ermita de San Cristóbal en la plaza del mismo nombre de La Laguna, más conocida como La Milagrosa. Y es precisamente aquí donde creemos se obtuvo la fotografía que tratamos de ubicar. La imagen fue tomada, según creo, desde la esquina que hay cerca del arranque de la calle de Santo Domingo muy cerca de dónde se encuentra hoy una estación de servicio de combustible. 

Los elementos fundamentales para identificar el lugar son dos el pilar o tanque que dió tradicionalmente nombre a la plaza y la ermita. Veamos el primero:


El pilar de San Cristóbal, o Tanque Abajo, es tan antiguo que fue mandado construir por el Ayuntamiento en 1530 en el barranquillo situado por debajo de la plaza San Miguel, hoy del Adelantado, pues debía recoger las aguas sobrantes de la pila de esa plaza. También se acordó edificar otro pilar próximo destinado a alberca para lavaderos públicos. En el mapa de Torriani de 1588 aparece claramente el pilar de San Cristóbal. Estuvo presente en la plaza hasta la remodelación de esta en 1959.

El otro elemento a considerar es la ermita. Fue fundada hacia 1525 por el regidor y teniente de gobernador de origen catalán Antón Joven o Jovel y a lo largo de su historia sufrió varias remodelaciones, sobre todo la que a mitad del siglo XIX se hizo para acortar la nave y así poder alinear su fachada con las del resto de las casas colindantes. En 1922-1923 se le hace la última reforma dotándola de la fachada que hoy podemos contemplar. En 1899, Juan Villalta, sargento de la Sección Topográfica de ingenieros elabora un plano de la Ciudad y alrededores de La Laguna donde podemos apreciar que, en fechas muy próximas a la implantación del tranvía, todavía existía el tanque y que la iglesia apenas sobresalía de la línea de fachadas, como refleja la fotografía que estamos comentando. Aparecen incluso los arbolitos que se insinúan en la fotografía. Alejandro Carracedo ubicó mediante un icono el lugar desde donde presumiblemente se obtuvo la imagen.

Otro detalle que corrobora nuestra teoría de que la imagen se obtuvo en la plaza de San Cristóbal es que las casas aparecen sobre un pequeño talud levantado por encima de la carretera. La misma inclinación aparece en otra fotografía - y gran documento de carácter social- obtenida en esas mismas fechas en la misma plaza pero en dirección contraria, hacia el casco de La Laguna. A la derecha podemos apreciar, de nuevo, el concurrido lugar donde se hallaba el tanque. 

Creo que los argumentos y la documentación aportada corroboran la teoría que expusimos al principio de que se trata de una de las primeras imágenes de ese rincón de La Laguna en el que podemos constatar la presencia del tanque que desde tiempo inmemorial le dió nombre.

NOTA: Este trabajo no podría haberse llevado a cabo sin los que intervinieron en la solución de la propuesta que hizo Agustín Miranda. Especialmente he de nombrar a Rafael Cedrés y Alejandro Carracedo.

Comparación entre el plano de 1899 y la actualidad.

La plaza antes de su remodelación a finales de los años 50, durante una procesión
´automovilística de San Cristóbal. A la derecha, tras la imagen del santo,
se vislumbra el tanque. Foto cortesía de Miguel Bravo. 
Otra vista similar a la de la cabecera. Lleva el título " Entrada por la Cruz de Piedra. Abrevadero y tranvía. 1915." Publicada en la revista Gaceta de Canarias Año 1982. Fue subida al grupo de Facebook Fotos Antiguas de Tenerife por Antonio Barbero García.

Nuestro amigo Carlos García, que sabe mucho de las calles y plazas de La Laguna nos proporciona esta otra vista de la plaza en la que según el mismo dice 'casi, casi se ve el tanque'



Otro buen amigo, Fernando Caballero Guimerá nos ha enviado un nuevo hallazgo fotográfico de nuestro Tanque Abajo. En la imagen se puede apreciar con claridad el tanque que servía de abrevadero de ganado. ¡Gracias por compartir esta maravilla!




lunes, 15 de julio de 2013

Un paseo por San Juan de la Rambla

por Melchor Padilla


Más allá del farallón rocoso de Tigaiga, una vez abandonado el Valle de la Orotava, entramos en San Juan de La Rambla. En su término municipal hay varios núcleos de población que se distribuyen en dos zonas bien delimitadas por la orografía: una parte alta donde están los barrios de San José o Los Quevedos y una zona costera donde se encuentran Las Aguas y el casco histórico que da nombre al municipio.

En este último lugar, a la sombra del risco del Masapé, en un rectángulo formado por las calles de Antonio Oramas, La Ladera, avenida de José Antonio y la plaza de la iglesia de San Juan Bautista encontramos uno de los conjuntos patrimoniales más hermosos de la isla de Tenerife. En sus calles, apacibles y tranquilas, podemos contemplar las viejas casonas de grandes familias rambleras como la de los Oramas Quevedo, la de los López Oramas, la de Pérez Montañés o la de Castro. El casco histórico de la villa fue declarado Bien de Interés Cultural, con categoría de conjunto histórico, en 1993. Fuera de esta zona son de gran interés el cementerio, El Calvario o la Ermita de la Cruz.

Tras la conquista de la isla se repartieron las tierras entre los conquistadores, otorgándose algunas a aborígenes grancanarios que habían participado a favor de los castellanos. La fundación de la Villa de San Juan de la Rambla se atribuye al portugués Martín Rodríguez, que mandó levantar en 1530 la ermita de San Juan del Malpaís, actual iglesia de San Juan Bautista. Desde el primer momento destacó el cultivo de la vid que producía, según autores de la época, el mejor malvasía de la isla. Un rasgo a señalar es la importancia que tuvo desde el siglo XVII la emigración hacia América, donde según el profesor Manuel Hernández "gana su subsistencia una parte considerable de sus vecinos y donde su élite local adquiere los caudales necesarios para consolidarse". En 1779, el 41% de los varones mayores de 16 años del casco estaba en América.

En la calle de la Alhóndiga, en la pared lateral de la casa parroquial, podemos distinguir un letrero de caligrafía antigua que nos sirve de recordatorio de una de las catástrofes naturales más importantes de la historia de la isla. El día 7 de noviembre de 1826 cayó sobre Tenerife una enorme tromba de agua que ocasionó un total de 243 victimas mortales. Aunque los municipios más castigados fueron La Orotava (104 muertos) y La Guancha (52), también se vio afectada la villa de San Juan de la Rambla.
El cura beneficiado de la iglesia del Realejo Alto, don Antonio Santiago Barrios cuenta que "este pueblo fue uno de los que más sufrieron en el aluvión de la noche del siete al ocho de noviembre. Antes de esta desgraciada noche era este pueblo, aunque pequeño, muy hermoso, y sus habitantes se habían esmerado en su aseo y presentaba un golpe de vista muy agradable; tenía un puente regular a la entrada de la plaza de la parroquia, por la parte del naciente de ésta; sus calles estaban muy bien empedradas, y todo él. El aspecto público estaba con el mayor aseo; mas, la noche del aluvión quedó todo arrasado como así su Ayuntamiento".


En la actualidad el casco histórico de San Juan de la Rambla sufre los problemas inherentes a la conservación de los bienes patrimoniales. Algunas de las casas muestran señales inequívocas de abandono y el sempiterno cableado aéreo de telefonía y electricidad afea rincones que serían muy hermosos. Además, sorprende encontrar en el viario local nombres pertenecientes al pasado franquista. No nos parece de recibo que aún hoy en día aparezcan calles dedicadas a José Antonio o Calvo Sotelo.

No obstante, quizá el golpe más grave que ha recibido el casco histórico en los últimos años ha sido el traslado de la sede del Ayuntamiento hacia el barrio de San José. Al margen de aspectos políticos o administrativos, desde el punto de vista de la conservación del patrimonio desposeer a los centros históricos de las ciudades o pueblos de cualquiera de sus funciones (políticas, administrativas o comerciales) no ayuda en absoluto a su conservación, pues se vacían de contenido y se sitúan en mayor riesgo de deterioro y abandono.
Durante el mandato de la alcaldesa Fidela Velázquez se consiguió que el CICOP (Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio) ubicara su sede física del norte de la isla en San Juan de la Rambla lo que sin duda permitirá promocionar, restaurar y cuidar su centro histórico para convertirlo en referencia nacional de patrimonio.

Pese a todos los problemas señalados, pasear lentamente por sus calles silenciosas, saludando a los pocos vecinos que se nos cruzan y respirando un aire que parece detenido en el tiempo, convierten a este rincón en uno de los más hermosos de Tenerife.

lunes, 8 de julio de 2013

Las ruinas del Balneario

por Charo Borges


Cuando una pasa, casi a diario y a lo largo de los últimos años, por delante de lo que queda de las fachadas del antiguo Balneario de Santa Cruz y de la Residencia de Educación y Descanso José Miguel Delgado Rizo, no le queda otro remedio que asociarlas a una época estupenda de su infancia y juventud.

Cuando una pasa por lo que queda de la zona posterior de ambos edificios, de manera extraordinaria y para sacar fotos de las mismas, no le queda otro remedio que sentir mucha tristeza y desolación ante el espectáculo sobrecogedor al que se ha dejado que llegue una de las joyas del ocio de gentes canarias, peninsulares e internacionales.

Lo descubrí hace un par de meses y la visión de aquellas ruinas me encogió el corazón y me impactó desagradablemente. Me costó asimilar lo que estaba viendo, porque nunca pensé que aquel emblemático Balneario al que a diario acudíamos cientos de usuarios de la época, para pasar una jornada de feliz asueto, estuviera en un estado de abandono y ruina tan deplorable. En aquella ocasión, no pude sacar fotos y, con la decisión firme de hacerlas públicas, volví hace pocos días para tomarlas.

En una y otra ocasión, me resultó muy extraño ver lo que queda de todo aquel recinto, engullido y rodeado por el asfalto, por los vehículos que circulan por la Vía de Servicio del Puerto y por una gasolinera y sus instalaciones accesorias. Me faltaba algo fundamental en mis recuerdos, necesitaba rescatar la visión del Balneario y su Residencia con su playa de callaos y el mar batiendo suavemente contra ellos. Por contra, me pareció estar contemplando una maqueta gigante, con signos similares a los de un bombardeo, en medio de un paisaje deshumanizado y tecnificado.

Ese mar que echo en falta fue empujado, hacia afuera, a la fuerza. Alejado todo lo que se consideró necesario, con la ayuda de toneladas y toneladas de relleno, hormigón y asfalto, para construir la enorme explanada que, desde los primeros 90, ocupa la prolongación del puerto de la capital y llega hasta la dársena pesquera que finaliza muy cerca de San Andrés. Una explanada llena de pilas amontonadas de contenedores, además de algunas edificaciones portuarias y que, entre todos, han fabricado un auténtico muro que no permite, siquiera, la vista de ese mar empujado. Hecho este prólogo de nostalgias y sensaciones, pasemos a justificar, con datos, lo que para algunos puede resultar una exageración: que la Residencia y el Balneario fueron una de las joyas del ocio local, peninsular e internacional, teniendo como referente su primera década de existencia.

Entre Julio y Septiembre, de los años 50, una media de 700 personas distribuidas en turnos de diez o quince días, disfrutaban de alojamiento y pensión completa en las instalaciones de aquella residencia modélica, a la orilla del mar. Los precios eran muy asequibles, para los trabajadores de entonces. En los turnos familiares, cada componente pagaba diez pesetas por día, y en los individuales, quince. La capacidad de la Residencia era de algo más de un centenar de plazas individuales y en torno a las noventa familiares. La vida allí era de total libertad, respetándose los horarios para las comidas y para el cierre de la instalación, que era a la una de la madrugada. En las tardes-noches, se celebraban juegos, concursos y bailes, para chicos y mayores y, cada turno, disfrutaba de dos excursiones a distintos puntos de la isla. El tiempo de estancia se clausuraba con una animada fiesta protagonizada por los propios residentes y en la que se hacía entrega de regalos y diplomas a los que habían participado en las distintas actividades celebradas. El uso de las instalaciones del Balneario era independiente y, si se accedía a él, la entrada les costaba la mitad que a los no residentes.


El período veraniego estaba reservado para los trabajadores sindicados que, con o sin familia, residían en nuestras islas, pero, por parte de los responsables de la Organización Sindical de la que dependía la Residencia, se hacían gestiones y se fijaban directrices, para organizar turnos con productores agropecuarios procedentes de la península, Norte de África y resto del extranjero, con intercambio de los trabajadores nacionales y los del país que nos visitaba. La presencia de estos últimos se estrenó con la estancia de veinticuatro ingleses, a los que se llevó a visitar lo más representativo de la isla, comenzando con el Teide y todo el entorno de Las Cañadas. El personal que sacaba adelante las prestaciones del establecimiento público, estaba formado por diecisiete empleados: el director, dos auxiliares dedicados a la administración y la intendencia, un cocinero, tres ayudantes, un pinche, un camarero, un portero y siete encargadas de la limpieza. Tanto la Residencia como el Balneario contaban con un Patronato cada uno y, ambos, por medio de sus representantes sindicales, llevaban a la Organización las sugerencias y deseos de los usuarios de las citadas dependencias.

Hoy, más que sugerirles un paseo por lo que queda de ellas, he querido traerles un poco de su función cotidiana. Mi intención última es que sirva de homenaje a todos los que aprendimos a nadar en aquel entrañable rincón, a los que fueron grandes nadadores de los equipos que allí se formaban y entrenaban, y a quienes tuvieron el placer y la fortuna de vivir días magníficos en aquella instalación modélica y avanzada. Ninguna de estas virtudes impidió que la ambición desmedida de unos pocos, sobre el bien común de muchísimos, y el afán megalómano de unos políticos insensibles e insaciables, acabara con aquel reducto de indudable valor social, por encima de ningún otro. Para quienes deseen conocer datos precisos de la historia y los avatares de estas tristemente desaparecidas instalaciones, les facilito unos cuantos enlaces con distintos medios de comunicación locales, que, con frecuencia, han abordado y abordan un tema tan ligado al devenir de esta capital:

EL DÍA, 29 de agosto de 2011

20 MINUTOS, 13 de mayo de 2008

EL DÍA, 2 de abril de 2012 

DIARIO DE AVISOS, 28 dea gosto de 2012

EL DÍA, 31 de julio de 2003

LA OPINIÓN, 7 de septiembre de 2009

EL DÍA, 5 de abril de 2011

NOTA: Pueden leer otros artículos de Charo Borges sobre nuestro patrimonio en su blog Paseando por mi ciudad 

lunes, 24 de junio de 2013

La Casa del Barco de La Verdellada

por Melchor Padilla

Buscando información gráfica en la red nos hemos encontrado casualmente con una antigua postal de un fotógrafo sin identificar que, posiblemente entre 1895 y 1900, plasmó con su cámara una escena que titula 'Tenerife. El barco; capricho campestre'. En ella podemos contemplar una casa tradicional canaria y, tras ella, un árbol de cierto porte sobre el cual aparece el esqueleto de un barco velero con dos mástiles y un bauprés. Desde este barco una pareja de jóvenes mira hacia la cámara. ¿En qué parte de la isla está tomada esa fotografía?

Un elemento del paisaje nos revela el secreto, pues a la izquierda de la imagen aparece la estampa inconfundible de la montaña de San Roque, vista desde la zona que hoy ocupa el lagunero barrio de La Verdellada. Con estos datos nos atrevemos a asegurar que estamos contemplando una de las imágenes más antiguas de la que hoy es conocida como la Casa del Barco. En las imágenes de esta casa en la actualidad podemos ver el mismo árbol, un alcornoque, que sostuvo en tiempos el velero, aunque la montaña ya no se divisa con claridad debido a la construcción de un edificio en las últimas décadas.


La Casa del Barco, cuyos orígenes algunos sitúan en el siglo XVI, fue el núcleo fundacional de lo que hoy es el barrio de La Verdellada, cuyo nombre procede, al parecer, de la uva verdello que se cultivaba en la zona. Se trataba de una casa rural con un aljibe que permitía el regadío de los cultivos de la finca. Ese aljibe existe aún hoy en día y sobre él aparece el que quizá sea el último molino de viento de este tipo de Tenerife.

Estos molinos, llamados de tipo americano, fueron producidos masivamente en Estados Unidos desde finales del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial. Al finalizar el siglo XIX sólo la compañía Aermotor produjo más de ochocientos mil molinos de viento. La tecnología del molino americano se difundió en todo el mundo durante la última década del siglo XIX y se producían, bajo licencia o con diseños similares, en muchos países. La implantación de la electricidad hizo que fueran desapareciendo paulatinamente de nuestro paisaje, aunque todavía es posible ver alguno funcionando en la isla de Fuerteventura.

En la época en que se hizo la fotografía la casa fue dedicada a merendero, que contaba como principal atractivo con el barco sobre el árbol en el que se podían degustar las viandas y bebidas del establecimiento. En una imagen aérea de 1961, vemos la casa y la finca con una era, hoy desaparecida, lo que prueba la importancia del cultivo de cereales en la zona. El plano del barrio apenas se está empezando a configurar en esa época, pues solo existe la manzana entre la avenida de La Salle, el Camino Real y la calle Francisco Afonso Carrillo. Por encima, unas pocas casas dispersas que no llegan hasta la actual calle Domingo Pérez Minik. Esta imagen nos da, pues, una idea de lo que fue esta zona de La Laguna antes del gran desarrollo poblacional de los años 60 y 70.

La Casa del Barco fue salvada de su demolición gracias a la acción de los vecinos de la Verdellada que ven en ella todo un símbolo de su barrio. En el año 2009, el ayuntamiento se comprometió a restaurar la casa y convertirla en un centro de carácter sociocultural, pero hasta el momento no se han iniciado los trabajos.

POST SCRIPTUM

Un buen amigo, Carlos Filpes, nos envía algunas imágenes de la Casa del Barco. Fueron tomadas por el fotógrafo aficionado Pedro de Marinas Pérez de Évora a principios de siglo. Gracias por tu atención, Carlos.




lunes, 10 de junio de 2013

Grafitis de ayer

por Melchor Padilla


A todos los que a lo largo de muchas generaciones de estudiantes tuvimos la oportunidad de disfrutar de este rincón único.

Los monumentos patrimoniales de nuestro entorno nos muestran, de vez en cuando, una imagen distinta a la que estamos acostumbrados a contemplar. Es entonces cuando surge la sorpresa de lo inesperado. En el centro histórico de La Laguna se levanta uno de los edificios singulares más ligados al pasado de la sociedad lagunera y, también, de la tinerfeña y canaria. Nos referimos al antiguo Instituto de Canarias, hoy IES Canarias Cabrera Pinto, en cuyas aulas estudiaron generaciones de estudiantes de las islas desde 1846.

El edificio se articula en torno a dos patios y el principal es uno de los mejores exponentes de los claustros renacentistas de Canarias. Posee dos plantas: la inferior se encuentra rodeada en cada uno de sus lados por columnas de toba roja con capiteles toscanos y la superior por una serie de columnillas de clara inspiración clásica que la rodean por tres de sus lados. En su interior, un exuberante jardín de plantas tropicales crea uno de los espacios arquitectónicos más sugerentes del Archipiélago.

Pero fijémonos en los fustes de las columnas de ambos pisos. Si exceptuamos los fragmentos sustituidos en la restauración del edificio en 1994, todas ellas se encuentran llenas de inscripciones hechas por los alumnos del centro a lo largo de casi 140 años. Algunas son simples arañazos superficiales, otras en cambio son mucho más elaboradas y profundas. Allí vemos, junto a las iniciales de los nombres, algunas fechas. La más antigua que hemos podido hallar es de 1894 y la más reciente de 1994. Cien años de grafitis, como mínimo, que recuerdan la presencia de los estudiantes que en su momento quisieron dejar una huella de su paso por el centro.


También encontramos incisiones que nos señalan el paso por el Instituto de Canarias de miembros de familias muy conocidas de la sociedad local. Así aparecen, entre otros, los apellidos Claveríe, Ascanio u Oramas.

Desde sus orígenes como convento agustino en el siglo XVI, el edificio estuvo ligado a la enseñanza, pues desde 1539 se impartían clases en él. En los siglos XVIII y XIX fue sede con carácter intermitente de la recién creada Universidad de La Laguna, a la que fue adjudicado en 1836 tras la desamortización y exclaustración de los religiosos. Este centro de educación superior tuvo allí su sede hasta 1845.

En 1846 se creó, por fin, el Instituto de Segunda Enseñanza de Canarias con carácter provincial; es decir, para todo el Archipiélago, pues en aquellos momentos constituía una sola provincia. La existencia de un único instituto de enseñanza secundaria para todas las islas nos habla, por otra parte, de las enormes carencias en materia educativa de Canarias en el siglo XIX.

Desde entonces y hasta la ya citada restauración del edificio, miles de alumnos de todas las islas acudieron a estudiar a sus aulas y muchos de ellos dejaron su impronta en las columnas de su claustro. El profesor Francisco Fajardo Spínola ha reconstruido la vida de estos escolares en su excelente trabajo Historia del Instituto de Canarias, publicado en 1995.

Lo que en nuestros días entenderíamos como un atentado a un bien patrimonial de enorme importancia se convierte, por arte del paso del tiempo, en una fuente de documentación muy interesante. Lo que ayer fue vandalismo hoy es Historia.






lunes, 3 de junio de 2013

Una lección de Historia en el parque

por Melchor Padilla



Santa Cruz cuenta desde el primer cuarto del siglo pasado con un espacio para el disfrute de los ciudadanos que se ha convertido casi en un emblema de la ciudad. Nos referimos al Parque Municipal García Sanabria, que toma su nombre del alcalde santacrucero que lo promovió durante su mandato, a partir de 1926. Comenzado gracias a una suscripción popular, el parque ocupa más de seis hectáreas y media en lo que algunos denominan la “manzana verde”, entre las calles Numancia, Méndez Núñez, Dr. José Naveiras y Rambla de Santa Cruz. En su interior los distintos paseos nos permiten disfrutar de una generosa vegetación tropical y subtropical en la que más de doscientas especies distintas conviven en lo que es, sin duda, el pulmón verde de la ciudad. En 1973, con motivo de la I Exposición Internacional de Escultura en la Calle, se instalaron allí obras de artistas tan importantes como Serrano, Soto, Paolozzi, Gabino, Assler, Viseux, Subirachs y Guinovart, entre otros.

Organizado en torno a dos grandes alamedas diagonales, cuenta con múltiples rincones muy conocidos por los santacruceros: el monumento a García Sanabria en el que destaca la escultura Fecundidad de Borges Salas, la Rosaleda, el Paseo de los Bambúes, el reloj de flores, el estanque,... pero hoy nos vamos a referir a un pequeño espacio que fue incluido en la urbanización que se llevó a cabo en 1942 entre las alamedas que se abren hacia la calle Numancia.

El lugar no es otro que la pequeña glorieta circular a la que se accede desde el paseo de los Bambúes por una doble escalinata en medio de la cual podemos apreciar uno de los azulejos que la adornan.

Si bajamos hallaremos un espacio circular de unos catorce metros de diámetro en cuyo centro se encuentran los restos, porque no son otra cosa, de un monumento, obra del que fuera arquitecto municipal, José Blasco. Esta obra estaba dedicada a la isla de Tenerife y, sobre todo, a su clima. Consistía en dos prismas de piedra, unidos por una arista, en medio de los cuales se situaba un termómetro de temperaturas reales. Coronando el conjunto se incluyó una tortuga cuyo caparazón es la imagen simbólica del universo, redondo por encima, como el cielo y plano por debajo, como la tierra. Coronando el conjunto había una esfera de hierro con los signos del Zodíaco y la silueta de la isla de Tenerife con su paralelo y meridiano acusados. Debido al vandalismo habitual en nuestra isla, de todo el conjunto escultórico sólo queda la tortuga.

A su alrededor, el espacio se organiza mediante pérgolas bajo las cuales unos bancos de piedra y ladrillo permiten disfrutar de un rincón apacible y apartado. Hay en total cuatro bancos, tres situados en el interior de la glorieta y otro más en el espacio entre las dos escalinatas que dan acceso al recinto. Los cuatro bancos están decorados con azulejos que fueron elaborados por la fábrica sevillana de la Viuda de Mensaque y Vera, siguiendo los dibujos de la pintora Lía Tavío, nacida en el Puerto de la Cruz. En los tres del interior se narran, con la visión acrítica de la historia característica de aquellos días, escenas de la vida de los primitivos habitantes de la isla. En el último se hace un cántico a las Canarias de los años cuarenta y a su progreso y desarrollo.


En el primero de ellos, que recibe el nombre de Llegada de los conquistadores, un grupo de guanches, ataviados de la forma en que aún hoy mucha gente cree que vestían, divisan desde las cumbres boscosas de la isla con claras manifestaciones de sorpresa la llegada de las naves que traen a los conquistadores a la isla.


En el segundo, que lleva por título Costumbres de los guanches y Valle de La Orotava, podemos observar escenas de la vida cotidiana guanche. A la izquierda se reproduce una escena hogareña: una madre, rodeada de elementos de ajuar cerámico, muele cereal con un molino de mano en el exterior de su cueva mientras los niños la observan. Un poco más atrás aparece una agarrada de lucha entre dos jóvenes. El centro lo ocupa un panorama idílico del Valle de La Orotava y, por fin, a la derecha un grupo de pastores cuidan de sus cabras mientras otro parece practicar el salto del pastor.


El tercer azulejo se llama Batalla de Acentejo y en él se representa una escena idealizada del enfrentamiento que tuvo lugar en el barranco del mismo nombre en mayo de 1494 y que fue la principal derrota del ejército castellano durante la conquista de Canarias. Los guanches se enfrentan a pecho descubierto con palos y piedras contra un enemigo mejor armado al que derrotan.


El último de los azulejos se halla fuera del espacio interior de la glorieta y en él, bajo el título de Tipos, riquezas y civilización actual de Canarias, podemos contemplar a la derecha a un grupo de campesinos ataviados a la usanza tradicional delante de unas plataneras que representan la agricultura. De ellas parten líneas de tendido eléctrico que se dirigen a la ciudad y que simbolizan la industria. En el cielo un dirigible y, posiblemente, un autogiro junto a los vehículos que circulan por las carreteras nos hablan del auge de los transportes. A lo lejos el muelle con la farola del mar muy destacada y un sinnúmero de barcos anclados en la bahía como muestra de la importancia comercial de las islas. Por último, cuatro enormes torres hacen mención a las comunicaciones radiotelegráficas.

El estado de conservación de estos azulejos es bastante malo. Muchas de las piezas aparecen golpeadas o pintadas, como una muestra más de la barbarie que, lamentablemente, se ha convertido en una muestra de nuestra incultura.

No obstante este espacio sigue siendo uno de los lugares con más encanto del parque. Sería necesario que se procediera a la restauración de los elementos deteriorados por parte de la autoridad competente.


P.S.
La fotografía que encabeza este artículo es propiedad del coleccionista de fotografía antigua Rafael Llanos Penedo quien nos la ha cedido amablemente. Queremos expresarle nuestro agradecimiento pues es un documento muy interesante que refleja el estado primigenio de la glorieta antes de que desapareciera la esfera armilar del monumento central. Aquí pueden ver la imagen completa: