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miércoles, 22 de marzo de 2017

La sugestiva mirada de los caseríos abandonados de Fuerteventura. El ejemplo del pago de La Florida.

por Tomás Perera Medina (*)


Sed, aridez, llanura "infinita", ¡qué evocadores son esos paisajes majoreros!, aquellos sobre los que Don Miguel escribió en su destierro, en aquel ya lejano año de 1924. Una isla con tanta escasez secular que, desde el continente, se contemplaba como lugar de destierro contra insurrectos o subversivos; con recursos hídricos tan escasos que parece un milagro cómo el campesino, a través de dosis de ingenio y sabiduría popular, ha podido extraer "tanto" de sus yermas tierras.

Una tierra salpicada de aspas y torreones de viejos molinos, aljibes y ese paisaje cultural de gavias tan característico que tiñe de tonos ocres y rojizos el entorno. Y es que la  Isla es mucho más que kilómetros de playas de jable blanquecino, límpidas aguas turquesas y radiante sol.

Una imagen estereotipada que, en muchos casos, ha minimizado o subestimado los ingentes valores que encierra su interior y que tan gratificante resulta descubrir.
"Empiezo a escribir estas notas.. en esta isla de Fuerteventura, una de las que se llamaron Afortunadas.Y de veras que es afortunada, a pesar de la resignada sed que mortifica a su tierra, pues que no hay en ella ni cine, ni equipos de football, ni bueyescautos o como se diga. Ni pita el tren, sino que pasa solemne y pausado, el camello…Mar y cielo le están cantando a esta sedienta isla la canción silenciosa del largo sueño sin despertar."                                                                                                          (Miguel de Unamuno)
Son muchos los rincones del interior de la isla que evocan las "huellas" del duro pasado, una "lucha" entre el hombre y  su medioambiente, donde extraer recursos del entorno resultaba fundamental para la supervivencia. Resulta especialmente evocadora la imagen  del antiguo caserío que aparece aislado en el horizonte, sobre la árida llanura o suaves promontorios; edificaciones en muchos casos ruinosas o "descarnadas" sus cubiertas, en las que sobreviven los viejos muros y sus huecos.

Precisamente la idea de esta entrada de mi blog es dar a conocer uno de los ejemplos que mejor ilustran esta descripción, el Pago de La Florida, en el municipio de Tuineje, un lugar especialmente sugestivo y que resulta gratificante recorrer. Como así lo hicieron y refirieron grandes viajeros decimonónicos tan ilustres como René Verneau.

El caserío o pago de La Florida está constituido por una agrupación de viviendas tradicionales y elementos anejos como dependencias para el ganado,  aljibes, pequeñas maretas y gavias, hasta restos de una Tahona o "molino de sangre" . Algunas de las construcciones que permanecen en pie se remontan al siglo XVIII, como se puede inferir de ciertas crónicas de la época refiriéndose a la existencia del caserío.

Rodeado de inmensas y pedregosas llanuras, sólo el transitar de algunas cabras pone notas de vida en el conjunto de un paisaje que, si sólo observamos su horizonte montañoso, no difiere mucho de esa sensación de que podríamos estar en Marte. En la actualidad el poblado se encuentra totalmente abandonado, muchas de sus viviendas se encuentran sin techo y los alrededores sin actividad alguna.

Algunas citas históricas sobre el pago.

 - Extraídas del  artículo: - La Florida: un proyecto de futuro gracias a nuestro pasado de la web bienmesabe.org -

Este conjunto patrimonial es un claro ejemplo de la arquitectura tradicional majorera y de la lucha de sus hombres y mujeres por la supervivencia, como bien expresa González Ortega:
(...) el hombre de la isla construyó siempre cerca de donde trabajaba; por eso los terrenos del interior, adonde conduce el pastor el ganado en busca de pastos, están salpicados de pequeñas y elementales construcciones hechas de piedras, sostenidas por el milagro de la paciencia
(...). Suelen ser, al menos la mayoría de las de los campos, casas de una sola planta levantadas en mitad de la soledad de las llanuras (...).
(...) [en] las formas de construcción del pasado llaman la atención dos tipos de casas, reflejo de las diferencias sociales: la casa grande, con balconada y escalera de piedra, que es propia de las casas de los burgueses rurales, la otra, la de las casas humildes, de una sola planta a la que cubre un techo de torta. Como costumbre nacida de la necesidad, en la eterna carencia del agua, el majorero construye techos planos que recogen lo que cae del cielo y aljibes para guardarlo donde mueren los caños (...). Junto a las paredes y el suelo del hogar sólo tierra, paja y piedras surge el corral para el ganado y los taros para guardar los quesos (...).
(...) el paisaje arquitectónico del pasado, con colores nacidos de la tierra, se resiste a desaparecer. Se alzan con orgullo entre las calles dormidas de los pueblos del interior o las llanuras inmensas del país (...).
Pero este antiguo núcleo, hoy en el olvido, desconocido aún para la mayoría de los majoreros y qué decir para los visitantes, aparece como un pago importante en el sur de la isla y visitado por ilustres viajeros. Tal es el caso de Verneau, que hace referencia a La Florida en los siguientes términos:
(...) Hasta las inmediaciones de Tuineje ocurre lo mismo, y en esta región se encuentran dos pequeños oasis: San Andrés y La Florida (...).
Una de las tablas pintadas de la iglesia de San Miguel 
de Tuineje  en las que se representa la batalla de Tamasite.

La Florida también fue lugar de importancia histórica, como punto de referencia en las Batallas de Tamasite y Llano Florido, cuando se produjeron los ataques de la piratería inglesa a la isla de Fuerteventura durante el siglo XVIII. El libro Ataques ingleses contra Fuerteventura hace las siguientes menciones sobre La Florida:
(...) un vecino del pago de La Florida, el primero con que tropezaron los ingleses en su marcha hacia el interior... (...) Matías Domínguez (...) niño todavía, llegó llorando hacia las cuatro y media de la madrugada a casa del presbítero don José Antonio y su hermano el alférez Manuel Cabrera, en La Florida, pago situado a kilómetro y medio en línea de recta y dirección noroeste de Casilla blanca (...) mientras un tercero reunía cuantos pudieran tomar las armas en el pago de La Florida, para dirigirse en pos de los ingleses, al mando del alférez (...). 
(...) el contingente de La Florida llegó a las afueras de Tuineje, donde el alférez Manuel Cabrera ordenó el alto y que allí mismo le esperasen (...). 
(...) el señor teniente coronel don Joseph Sánchez Umpierres, gobernador de las armas de esta isla, quien venía de su cortijo de los Arrabales, y así mismo con algunos vecinos del lugar de Tuineje y otros de La Florida (...).
La Florida, por otra parte, ha estado y sigue estando presente en la memoria viva de muchos de los que fueron sus habitantes, y que tanto ayer como hoy siguen recordando la niñez o la juventud vivida y ya perdida, entre aquellas paredes, entre aquellas llanuras de la Fuerteventura de no hace tanto tiempo... Juan Betancor, importante poeta popular y decimista del pueblo de Tuineje, recordaba:
(...) Sí, señor, esa es mi vida: nací en 1900 en donde le dicen La Floría, un pago de Tuineje con pocas casitas entonces Cuando se casó con mi madre, lo convidaron al cortijo de La Floría y allí nacimos 
(...). Nos criamos en esa Floría y nada más que sembrar y arar cosas de la labranza de las camellas y los camellos 
(...). Jugábamos al chiviví, a la rayuela y el bayoyo y a Tuineje veníamos pa las fiestas de San Miguel. 
 (...). El viejo estaba de mayordomo en la finca de uno de Santa Cruz, D. Víctor Pérez, y tenía a su cargo 20 ó 30 medianeros. Allí escapamos bien, porque mi padre tenía una décima parte de todo lo que recogíamos (...). Esta es la tierra más buena que hay en el mundo. En Fuerteventura, aunque uno tenga hambre, si no tiene pan se pide, no se roba: pero siempre los de fuera han venido a robarnos lo poco que nos quedaba (...). 
(...). Cuando andábamos con mi padre en La Florida mira que veía pasar carretas y bestias cargadas con grado pa Tenerife y Canaria (...). De aquello no queda nada. Cuando estaba en esos campos me venía la mala idea de que no lloviera, pa el fruto de la tierra se los llevaran otros (...).
(Más información gráfica en esta entrada de su blog Canarias Ignota donde fue inicialmente publicado este artículo)


Fuentes bibliográficas

BETANCOR Y RODRÍGUEZ, A. Ataques ingleses contra Fuerteventura, 1740. Cabildo Insular de Fuerteventura, 1992.
GONZÁLEZ ORTEGA, Manuel. Vida y décimas de Juan Betancor. Gobierno de Canarias.
VERNEAU, R. Cinco años de estancia en la Islas Canarias. Graficolor, 1981.
'La Florida': un proyecto de futuro gracias a nuestro pasado ... En bienmesabe.org


(*) Tomás Perera Medina, nacido en Santa Cruz de Tenerife en 1973, es Licenciado en Geografía por la Universidad de La Laguna en 1999. Coordinador, consultor, investigador y técnico de proyectos relacionados con el planeamiento territorial, medio ambiente, uso público, catastro y patrimonio histórico. Experto en Sistemas de Información Geográfica. Con experiencia específica en materia de patrimonio histórico, coordinando y eleaborando catálogos arquitectónicos y cartas etnográficas vinculadas al planeamiento en diversas islas del archipiélago. Escribe sobre estos temas en su blog Canarias Ignota.

lunes, 26 de diciembre de 2016

A propósito de unas piedras

por Guillermo Santana González (*)

A Melchor Padilla y Guillermo Alemán Bastarrica por ilusionarme en el conocimiento y rescate de nuestro patrimonio.


Hace unas semanas, tuve la oportunidad de adentrarme en uno de los subterráneos que, con certeza, horadan la ciudad de San Cristóbal de La Laguna. No se trataba, por tanto, de visitar alguno de esos túneles que la rumorología de los laguneros sitúa con apasionado interés bajo las antiguas casas y conventos de esta ciudad cinco veces centenaria, sino de un reconocimiento técnico del encauzamiento del barranco de Chamarta, que a día de hoy discurre bajo calles tan conocidas como Seis de Diciembre, El Juego, Alfredo Torres Edward o Barcelona, y que mucha gente recuerda cruzar hace ya más de treinta años a la altura del barrio de San Juan.

El reconocimiento transcurrió desde la calle Molinos de Agua hacia aguas arriba del barranco, saliendo a la superficie en la calle San Antonio, y consistió en un inspección visual y en la grabación de soporte videográfico para el posterior análisis de posibles deficiencias en la estructura hidráulica.

Trazado actual del barranco de Chamarta. Resaltado en amarillo el tramo inspeccionado.

Sin embargo, ni en el recorrido que realicé junto a varios compañeros, ni en la primera ocasión que tuve de visualizar el vídeo, pude apreciar algo que, una vez llegué a casa y visualicé nuevamente el vídeo, comprobé que me había pasado desapercibido y que consistía en que las paredes laterales del tramo comprendido entre la actual estación de servicio, ubicada donde antiguamente estuvo el Tanque Abajo, y la calle Barcelona eran de mampostería, a diferencia del resto del encauzamiento que, según pude comprobar, es de hormigón. Este hecho me llamó la atención y me llevó a la suposición de que este tramo era más antiguo.  (ver imagen de cabecera)

Detalle del encauzamiento bajo la actual plaza San Cristóbal (La Milagrosa)
Pero ahí no quedó la curiosidad. Justo bajo la intersección del barranco con la calle Santo Domingo, y a lo largo de un tramo de unos seis metros, las piedras de mampostería eran aun más antiguas. Y es ahí cuando realmente comencé a hacerme preguntas, en realidad a hacérselas a esas piedras que han dejado su huella en el subsuelo de esta ciudad, para ver qué me contaban. ¿Por qué este último tramo en concreto tiene un material diferente al resto? ¿Es ese material más antiguo? ¿Puede ser parte de los restos de algún puente que cruzara el barranco? Y el resto del tramo hasta la calle Barcelona, ¿por qué tampoco es de hormigón? ¿Fue construido en otro momento? Comenzó entonces un proceso de investigación que finaliza con la redacción de este modesto artículo.

Vayamos inicialmente a la ortofoto más antigua que tenemos disponible.

Ortofoto de 1961. Fuente: Fototeca de GRAFCAN.

Como podemos ver, ya en el año 1961 el barranco estaba encauzado entre el límite de la calle Santo Domingo hasta la actual calle Barcelona, coincidiendo con el tramo de mampostería al que hacemos mención, por lo que podríamos suponer que los materiales datan al menos de esa fecha.

Gracias a la siguiente fotografía facilitada por Gerardo Guerra y datada en 1959, podemos observar las obras de encauzamiento de al menos el tramo comprendido entre la calle Barcelona y la calle Herradores ya que en la imagen se visualiza el forjado del encauzamiento y el movimiento de tierras de la zona. Muy probablemente estas obras no se hayan reducido a ese tramo en concreto,  sino al resto del encauzamiento hasta la calle Santo Domingo.

Obras de encauzamiento en la calle Barcelona. 1959.

Sigamos aún más atrás en el tiempo, hasta el año 1899 para visualizar el mapa realizado por Juan Villalta.

Detalle del plano de 1899 levantado por Juan Villalta
La primera y obvia conclusión que sacamos es que antes del inicio del siglo XX el barranco de Chamarta discurría libre por la vertiente sur de la ciudad. La otra, no menos obvia, es la existencia de dos puentes que cruzaban el cauce: uno de ellos hacia la calle Santo Domingo y otro hacia la calle Herradores.

Estas evidencias las podemos observar en la fotografía de la instalación de la línea aérea del tranvía, que, además de ser un impresionante documento social de la época, nos muestra, tal y como eran, los accesos a la ciudad desde el camino de Santa Cruz por aquel entonces.
     
Instalando la línea aérea de La Laguna 1899-1900. Fuente: Fotos Antiguas de Tenerife,  Grupo de Facebook.

Esto corrobora una de las primeras preguntas que nos hacíamos al principio de este artículo: sí había un puente que cruzaba el barranco para acceder desde la plaza San Cristóbal hacia la calle Santo Domingo, pero añade una nueva incertidumbre al evidenciarnos la existencia de otro puente que, también desde la plaza San Cristóbal, daba acceso a la calle Herradores. Pero  ¿entonces por qué no pudimos diferenciar en nuestra inspección las huellas del otro puente en el cruce de la calle Herradores del resto de material en ese tramo? ¿Se construyeron en diferentes periodos? Veamos qué nos cuenta la siguiente fotografía en la cual se puede ver el tranvía a su paso por La Laguna cruzando un puente de metal.

El tranvía de Tenerife pasando por el puente de metal hacia la calle Herradores.
Fuente: Fotos Antiguas de Tenerife, 
Grupo de Facebook.
Según hemos podido saber, esta fotografía está sacada desde el mismo cauce del barranco de Chamarta mirando hacia el oeste, y como bien sabemos, el tranvía venía desde la plaza San Cristóbal, -actual plaza de La Milagrosa- y subía por la calle Herradores, por lo que ese puente de metal tiene que corresponder necesariamente al puente de la calle Herradores.

Según Carmen Gloria Calero Martín en su libro “La Laguna (1800-1936): desarrollo urbano y organización del espacio” este puente de hierro, que se instaló en 1895, tres años después de la instalación del famoso puente de hierro del Cabo, en Santa Cruz de Tenerife, y se trajo pieza por pieza desde el puerto de Londres, estuvo en pie hasta al menos 1959 (ver cuadrante superior derecho de la Ilustración 4). Si además sabemos con certeza que las obras del tranvía se iniciaron en 1899, sólo nos queda averiguar si con fecha anterior a 1895 hay constancia de algún puente que diera acceso a la ciudad por la calle Herradores.

Y para ello nos basta  con retroceder otros cuatro años en el tiempo, concretamente al año 1891, para  comprobar en el plano de  Marcial M. Velazquez y Curbelo que en esa época el acceso a La Laguna desde el camino de Santa Cruz se realizaba únicamente por el puente de la calle Santo Domingo.

Por tanto, podemos concluir que el puente de la calle Santo Domingo, también denominado Puente de San Cristóbal o Puente del Tanque, fue el primer puente que dió acceso a La Laguna desde la Carretera de Santa Cruz, y el único hasta 1895, lo que también queda corroborado con los planos anteriores de 1874 y 1779.

A la izquierda el plano de 1891 levantado por Marcial M. Velázquez y Curbelo. A la derecha el plano de 1874 levantado por la Brigada Topográfica.

Sobre este puente desconocemos su fecha de construcción inicial. Muy probablemente haya estado ahí desde la fundación de la ciudad debido a que, aunque el barranco de Chamarta no era de gran profundidad, tuvo que suponer desde un principo una barrera para el tránsito de mercancías y personas. Seguramente durante tres siglos fue cambiando en función de las necesidades o incluso de los métodos constructivos de cada época. No obstante, ya en el siglo XIX sabemos lo siguiente:
En el extremo sur, en la zona donde el barranquillo hacía una inflexión para reunirse con el de Las Carnicerías, la Plaza de San Cristóbal, se construyó un puente de piedra. […]
En 1835 se vuelve a remodelar este puente que se encontraba en estado casi ruinoso. El Ayuntamiento inicia el expendiente obligando al vecindario a prestaciones dinerarias o personales y estableciendo un sistema de contribución por turnos y disponibilidades. Así los vecinos que posean camellos para la carga y arrastre o carros deben <<prestar>> un día para el transporte de las piedras; y el resto de los vecinos deben aportar peones o dinero, al margen de los 200 reales que aporta el Consistorio (Calero Martín, 2001).

A la izquierda fotografía del puente de San Juan. A la derecha el plano de 1779 levantado por M. le Chevalier con los puentes identificados con círculos negros.

Aunque no disponemos de fotografías del puente de San Cristóbal, sí disponemos de las de otro que por esa época también cruzaba el barranco de Chamarta pero por la vertiente oeste de la ciudad, el puente de San Juan, que aparece igualmente en el plano de M. le Chevalier de 1779.
 
Aunque en el expediente de 1835 del puente de San Cristóbal se habla de puente de piedra, no se especifica si era en su totalidad o tan solo los muros, por tanto desconocemos si se pareció a este de San Juan. Lo que sí es un hecho es que sus muros eran de piedra y que continúan bajo nuestros pies para contarle su historia a quien quiera escucharla.

NOTA: Quiero expresar mi agradecimiento a Gerardo Guerra y Agustín Miranda por facilitar las fotografías de las obras de encauzamiento en la calle Barcelona y puente de San Juan respectivamente. Asimismo quiero agradecer a la Doctora Carmen Gloria Calero Martín de la Universidad de La Laguna su inestimable ayuda.


(*) Guillermo Santana González. (Santa Cruz de Tenerife, 1985) es Ingeniero Técnico en Obras Públicas y trabaja actualmente en la empresa Teidagua S.A.


jueves, 16 de julio de 2015

Castillos de Lanzarote: Torre de las Coloradas y Castillo de San José

por Agustín Pallarés Padilla



Castillo de las Coloradas
A comienzos de 1741 fue enviado a Lanzarote por el entonces Capitán General de Canarias Andrés Bonito Pignatelli, que había tomado posesión de su cargo poco antes, el ingeniero militar Claudio de Lisle con la misión de fijar el lugar en que se habría de construir una pequeña fortaleza o torre que se tenía proyectado hacer al sur de la isla en el estrecho de La Bocaina. Para tal fin eligió el citado funcionario la Punta del Águila, un promontorio que alcanza una altura de unos 15 m sobre el nivel medio de las mareas desde el que se domina prácticamente toda la costa de la isla correspondiente al estrecho citado. Las obras se llevaron a cabo con toda celeridad, pues habiendo sido iniciadas en ese mismo año de 1741 ya estaban terminadas al año siguiente.

La forma de esta torre es troncocónica, con un diámetro en la base de unos 14 m y una altura de poco más de 8 m sobre el suelo. La puerta de entrada se abre a media altura de la pared por el lado que mira hacia tierra, accediéndose a la misma mediante una meseta escalonada separada del edificio sobre la que se tendía el puente levadizo.
El interior del edificio se dividía en dos grandes salas superpuestas, la superior que servía de alojamiento a la tropa, a la que se entraba, una vez traspasada la puerta exterior y un pequeño pasillo que seguía a continuación, cubierta por el techo en bóveda de cañón del castillo, con el piso de madera, que se hallaba sostenido por un grueso pilar central de sillería apoyado en todo su perímetro en un saliente de la pared. A los lados tenía esta sala dos pequeñas habitaciones, una frente a la otra, y en la pared del fondo un ventanuco para permitir la entrada de la luz exterior.
La sala inferior, que servía de almacén, era de menor amplitud, y su techo era el piso de madera de la sala de arriba, disponiendo, como la superior, de un ventanuco para permitir, asimismo, su iluminación diurna.
En este nivel inferior se encontraba el calabozo y el almacén de la pólvora. Luego en lo alto, por encima de la bóveda, en el grosor del techo, había dos cisternas situadas en posición diametralmente opuestas, cuyas bocas, protegidas con las correspondientes tapas de madera, se abrían en la azotea.

En 1749, apenas siete años después de su construcción, recibió ya la pequeña fortaleza su bautismo de fuego. Dos jabeques argelinos dotados de una tripulación de unas cuatrocientas personas atacaron la torre, y después de rendir la guarnición redujeron el maderamen interior del edificio a cenizas, quedando con ello la fortaleza totalmente inhabilitada para realizar su función ofensivo-defensiva, en cuyo estado se mantuvo durante veinte años.


Fue, pues, en 1769, siendo Comandante General del archipiélago don Miguel López Fernández de Heredia cuando fueron reparados por el ingeniero Alejandro de los Ángeles los desperfectos sufridos en 1749, quedando con ello de nuevo el fuerte en normales condiciones de operatividad.
Al finalizarse estos trabajos se colocó sobre la puerta de entrada una placa con la leyenda siguiente:

REINANDO EL SR. D. CARLOS III MANDANDO ESTAS ISLAS EL EXCMO SR. D. MIGUEL LOPEZ FERNANDEZ DE HEREDIA MARISCAL DE CAMPO SE REDIFICO ESTA TORRE DE SAN MARCIAL PUERTO DE LAS COLORADAS PUNTA DEL AGUILA AÑO DE 1769.

En este letrero se observa un error de identificación de la torre al llamarla ‘de San Marcial’, ya que se trata de una confusión con el castillo betancuriano al creerse entonces erróneamente que el de los franceses se había construido en este mismo lugar.

Castillo de San José. Las obras de este castillo se comenzaron en abril de 1776 siendo Comandante General de Canarias Eugenio Fernández de Alvarado, marqués de Tabalosos, corriendo el proyecto a cargo del ingeniero Andrés Amat de Tortosa.
 
Al frente de las obras fue puesto en un principio el ingeniero José Arana acompañado del teniente de artillería Rafael de Arce y Albalá, pero en octubre de ese mismo año cesó Arana al marchar a la Península, quedando al frente de las obras el mencionado teniente de artillería, y en ejecución material de las mismas el maestro mayor José Nicolás Hernández con su cuadrilla de obreros. El teniente Arce cesó a su vez en estas funciones el 30 de julio de 1778, figurando en las etapas finales como técnico director de la obra el ingeniero Alfonso Ochando.

Se dice que la construcción de este castillo obedeció más a una gracia del monarca Carlos III concedida para aliviar el estado de miseria reinante entonces en la isla dando trabajo a parte de la población –de donde el título de ‘fortaleza del hambre’ por el que fue también conocido–, que a necesidades defensivas propias de su carácter militar. 

Su planta es de forma cuadrada entre el frontis, que mira hacia tierra, de 35 m de largo, y los laterales rectos, de unos 15 m, en tanto que en el resto o parte trasera, que da hacia el mar, es curva en arco de circunferencia. 

Consta en primer término de dos amplias cámaras alargadas en sentido transversal, que ocupan algo más de la mitad anterior del edificio, con techos en bóveda de cañón de sólida sillería de roca basáltica y piso empedrado, a las que se denominaron cuartel alto y cuartel bajo al hallarse una sobre la otra. En la mitad de la derecha de la primera de estas salas, accesible directamente por el portalón de entrada del edificio, se encontraban los dormitorios de los oficiales y la cocina, y en la segunda, a la que se llegaba a través de una escalera del mismo material, que se inicia en el lado izquierdo de la puerta de entrada, el dormitorio de los soldados. En el resto de la planta alta estaban, a la izquierda entrando el calabozo o mazmorra, a continuación el aljibe, cuya boca se abría en la plaza de armas o azotea, protegida por una recia tapa de madera; en el centro, el depósito de efectos de artillería, y en el lado derecho el almacén de la pólvora.

El acceso al portalón de entrada se efectuaba mediante una escalera de piedra separada de la fortaleza, que quedaba unida a la puerta mediante un rastrillo levadizo que salvaba un foso seco de unos 4 m de anchura que corría a lo largo del frontis del edificio. En la plaza de armas, de piso enlosado, cuyo acceso se efectúa por una escalera, asimismo de sillería, que se encuentra a la derecha de la puerta de entrada se construyó, en cada extremo del frontis, una garita, y entre ambas, en el centro, una espadaña. En el parapeto que circunda al castillo se abren once cañoneras, dos en el frontis, otras dos en cada lateral recto y cinco en la parte curva trasera.

Hacia mediados del siglo XIX dice Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España de esa fecha, sobre esta fortaleza, después de ensalzar la solidez de su fábrica, que “monta 12 cañones de bronce, pero que tiene la desventaja de poder ser dominada por una batería que se construya en las colinas que se hallan a tiro de fusil por el frente de su puerta y foso”, a lo que añade:“Además desmerece mucho de su importancia por razón de la elevación a que por la parte del mar están sus fuegos; pues que los buques pueden introducirse en la bahía lamiendo el pie del risco sin ser incomodados ni en la entrada ni en la salida, hasta cierta distancia que los proyectiles son siempre menos certeros y menos eficaces.

Finalmente decir que en 1976 fue instalado en este castillo, por iniciativa y obra de César Manrique, el Museo de Arte Contemporáneo, modelo de esta clase de establecimientos en Canarias.

NOTA: Este artículo fue publicado originalmente en el blog de su autor Prehistoria, Historia y Toponimia de Lanzarote, Canarias

domingo, 19 de octubre de 2014

El convento de las Clarisas de La Laguna y su Museo de Arte Sacro.

por Margarita Gallardo González (*)



El establecimiento de la orden de Santa Clara en las Islas Canarias obedece a la demanda de una determinada sociedad que, desde comienzos del siglo XVI, está solicitando la fundación de un monasterio capaz de cubrir las necesidades espirituales de la población femenina. En 1547 llegarían a la Isla de Tenerife diez religiosas clarisas, procedentes de los monasterios andaluces Regina Coeli de Sanlúcar de Barrameda y San Antonio de Baeza. Esta primera aportación permitirá a la ciudad de San Cristóbal de La Laguna disponer de un cenobio para dar cabida a la gran afluencia de vocaciones que se genera. El resurgimiento de una nueva piedad, el fervor religioso, la política tridentina que apuntaba hacia una clausura sin fisuras, el incremento demográfico y los propios intereses de personas de elevada posición social o relacionadas con estamentos privilegiados serán, los factores espirituales, sociales y económicos que en mayor medida influirían a la rápida expansión de las clarisas franciscanas en el archipiélago canario.                    
                         
Desde la primitiva fundación en San Miguel de las Victorias hasta el traslado de la comunidad al actual monasterio transcurrieron más de 30 años. Desde ese momento el crecimiento de la orden no va a detenerse a pesar de  las adversidades sufridas; sucesos como el incendio de 1697 o las turbulencias sociales, políticas y económicas del siglo XIX. Tras el incendio de 1679. Las religiosas clarisas vivirían durante algún tiempo acogidas en el Monasterio de Santa Catalina. Coadyuvaron a la reconstrucción de las zonas destruidas las familias de las religiosas, la utilización temporal de sus dotes y la generosa aportación de ricos donantes locales.
                    
La vitalidad de las clarisas laguneras queda recogida en la documentación de su archivo y nos ofrece la oportunidad de conocer las distintas ampliaciones de la fábrica, ampliaciones que obviamente responden a la necesidad material de un mayor espacio físico. Inventariar el contenido patrimonial del convento supone un primer paso que permitirá en un futuro profundizar y estudiar detenidamente cada pieza inventariada. A través de los años el convento de Santa Clara ha acumulado un rico caudal artístico y documental que ha llegado hasta nosotros gracias al celo de las religiosas que lo han custodiado e incrementado, con aportaciones familiares, propias y/o a través de donaciones particulares

Debemos mencionar que el estudio de estos bienes ha sido fundamental para la reconstrucción, al menos, de forma parcial de casi cinco siglos de historia. Dentro del respeto a la clausura conventual es un privilegio que hoy podamos mostrar su museo con obras y objetos de la vida cotidiana que gracias al delicado cuidado de las religiosas han llegado prácticamente intactas hasta nuestros días. En cuanto a la metodología utilizada  en el museo, si bien hemos dado prioridad a la funcionalidad, agrupamos las obras en las salas atendiendo a temas específicos en lugar de seguir un orden cronológico. Esperamos que el visitante pueda acercarse con más facilidad al carisma franciscano. Con paciencia, consenso de criterios y el trabajo de un reducido número de personas hemos ido valorando, seleccionando y ordenando cada pieza siguiendo un rigor puramente temático, como puede comprobarse en el inventario, para el que utilizamos la misma metodología.

Las pautas estructurales seguidas en las salas del Museo de Santa Clara de Asís y por consiguiente en el inventario de sus obras artísticas son el resultado de una idea preconcebida en la que ha primado  la sencillez franciscana y un orden temático que hemos antepuesto al cronológico  con el fin de facilitar al visitante respuestas a “Qué hacen y como viven 14 religiosas en un edificio de grandes proporciones arquitectónicas en el medio de la ciudad.” Cuestiones que más de una vez se han planteado personas cuando pasan por las calles Nava y Grimón, Ernesto Ascanio. Anchieta o Viana. Si su exterior es casi monumental, en su interior se conserva un rico patrimonio. Ha llegado el momento de dar respuesta a esas reflexiones abriendo unas puertas al convento cuyo interior comparte áreas claramente diferenciadas. Para algunas personas posiblemente será la primera vez que entran en una institución conventual, así al introducirse en el edificio e ir disfrutando de su arquitectura,  de las distintas dependencias y finalmente en la contemplación de sus salas encuentran la respuesta a muchas de sus anteriores cuestiones. Sorprenderán  elementos materiales y espirituales como la paz de los claustros o que este edificio conventual permanezca en pie desde el siglo XVI, habitado por la Comunidad de las religiosas clarisas que lo fundara a pesar de los años transcurridos y las vicisitudes que han sufrido en determinadas épocas. Es verdaderamente heroico su continuidad, firmes y fieles a la de su patrona.
                        
Para mejor clarificación, destacamos y distinguimos por sus diferencias  las tres estancias de mayor interés del edificio conventual:

Hábitat de la Comunidad  (clausura) donde se encuentran los elementos propios de una familia numerosa, un pequeño oratorio familiar, el obrador que atiende a necesidades litúrgicas propias y externas, sala de labor, cripta, claustros, secretaría, una formidable biblioteca y el “alma mater” del convento para todo historiador, su archivo.

Iglesia abierta al culto. 

Museo de Santa Clara de Asís.

SALA I “Regina Coeli”. Destaca el tema mariano en pintura y escultura (evidentemente el inventario se ha realizado con el mismo criterio). Contempla las piezas de orfebrería y textiles afines.

SALA II  “SALA SERÁFICA”. Destaca toda relación con los fundadores de la orden San Francisco de Asís y Santa Clara de Asís, así como con santos de la orden en pintura, escultura y el resto de elementos. Digna de mención aparte es una Piedad atribuida a Cristóbal Hernández de Quintana en el interior del oratorio y, por su originalidad, los retratos de dos jóvenes antes de tomar el hábito franciscano o los retratos postmortem de algunas “Venerables” en los que en breve profundizaremos, esculturas con sus atributos, orfebrería , textiles y otros materiales, además de las reliquias. Entre los “Bienes Muebles” de esta sala destacamos;  el báculo de la abadesa (su valor es sobre todo testimonial), un arcón de tres llaves donde se guardaban los documentos y objetos de valor. El hermoso baúl de procedencia mejicana, en su interior se recrea parte del ajuar de una religiosa. Incluimos también en esta sala el oratorio de la antigua enfermería del convento,  ricamente decorado.

Documentos que dan autenticidad a las reliquias expuestas,  6 muestras bibliográficas de los siglos XVII y XVIII y la biografía de Sor Catalina de San Mateo, religiosa del Monasterio de San Bernardino en Las Palmas de Gran Canaria.


SALA III “SALA DE LA REDENCIÓN” siguiendo el mismo orden; pintura, escultura y sus atributos de orfebrería textiles además de otros materiales. Liturgia con 4 atriles y una cruz relicario. Entre los Bienes Muebles de esta sala es digna de mención la Capilla de Nuestra Señora de la Piedad rematada con una calcografía de la Dolorosa.

SALA IV. “Quién como Dios”; pintura, escultura y atributos, orfebrería textiles y otros materiales. Contiene esta sala cuatro capillas, dos doseles y un baldaquino entre sus Bienes Muebles. El único elemento correspondiente a la LITURGIA es un ostensorio de madera policromada.

SALA V “Corpus CHRISTI” dedicada totalmente a la LITURGIA  a excepción de un sagrario de madera  policromada y un Guión los objetos expuestos pertenecen al capítulo de la LITURGIA.

En el “CLAUSTRO ALTO” el visitante encontrará Baúles de Ajuar, un Tenebrario y algunos elementos musicales singulares como la conocida “tambora”.

“De Profundis”. En la PLANTA BAJA se expone un Altar y Manifestador, las incorporaciones posteriores, varios “testigos” de la antigua escalera procesional y textiles antiguos.

Concluimos la visita al museo y su inventario en el CLAUSTRO BAJO donde se conservan las viejas campanas del siglo XVII, en bronce y las insustituibles maquetas que dan una visión global del convento; antes y después de la última restauración con el acondicionamiento del inmueble que ha permitido armonizar la vida contemplativa y la apertura al exterior de este museo.  

El museo se encuentra en la calle Viana, nº 38 en La Laguna (Tenerife) 

(*)  
La autora de este artículo es Licenciada en Geografía e Historia y responsable, desde hace muchos años, del Archivo del Monasterio de Santa Clara de Asís de La Laguna. Se ha encargado, pues, de la tarea de catalogar los importantes fondos documentales que custodia la institución desde su fundación. Para este blog es un auténtico honor contar con ella en estas páginas.
                                                                                          .

sábado, 11 de octubre de 2014

El reloj de la Catedral de La Laguna (y II)

por Carlos García


La copla sirvió para mantener latente un conflicto añejo que venía desde tiempos pasados y que diferenciaba totalmente a la sociedad de Aguere dividida en dos territorios marcados. Las envidias y recelos continuaban entre las personas que habitaban en los dos barrios correspondientes motivando algaradas y peleas. Con el tiempo, la disputa se avivó al conocerse la decisión del obispo Cámara y Murga de construir una nueva torre en la iglesia de la Concepción para la adquisición de una nueva campana mucho mayor que las existentes. Pero sobre todo, con la intención de traer un nuevo reloj a la Villa de La Laguna. Este reloj fue encargado a la ciudad de Londres por el comerciante Guillermo Van den Heede Dujardín con un coste de catorce mil ciento cuarenta y un mil reales de vellón, llegado a la isla a bordo del bergantín goleta “Las dos hermanas” el 8 de junio de 1751 y ocasionando una disputa entre la  parroquia de Los Remedios, la de la Concepción y las Casas Capitulares.

Pero además originó una rocambolesca situación, según bien nos relata Luis García de Vegueta en su libro “Islas Afortunadas”, y que encontramos entre las notas del Diario del regidor  Anchieta y Alarcón, en la que intervino la presencia de dos señoritas de la aristocracia lagunera enredando mucho más la tensa situación. Ante el litigio planteado por las parroquias, se decide en votación para dilucidar a quien corresponderá su ubicación. Asisten los regidores, el síndico personero, beneficiados y sacerdotes de las parroquias. No se llega a ningún acuerdo ya que cada uno argumenta a favor de su parroquia.

Entonces aparecen las damiselas laguneras que con sus encantos, amoríos y engaños seducen a los carreros encargados de recoger el reloj del velero, amarrado en el muelle de Santa Cruz, para que no asistan a su trabajo, con la excusa de citarlos por la noche en los jardines de sus casas. Esta argucia, maquinada de antemano por los partidarios de robar el reloj y colocarlo en la Concepción, motiva que se presenten en Santa Cruz y, tras recogerlo, lo esconden en los graneros del Cabildo. Se denuncian los hechos y comienza la investigación del paradero de lo robado. Debe intervenir el gobernador Juan Urbina quién comienza las pesquisas. Se reúne el Cabildo, se hacen Asambleas, todos hablan. Finalmente se ordena, por parte del Gobernador, la entrega del reloj a la parroquia de Los Remedios que, por mediación del Corregidor, se coloca en la torre que existe en la fachada para disfrute, servicio y gobierno de los laguneros, quienes dispondrán desde ahora de una sola medida del tiempo sirviendo para control de las horas de riego y de las faenas.

Anchieta describe en su Diario: “Martes, 22 de junio 1751, como a las once de la mañana subieron la campana grande del reloj en la torre de los Remedios; subiéronla la gente de mar de los navíos de las Indias, que a ello vinieron. A la tarde, todos fueron de diversión a las Mercedes, a caballo, y echando voladores, y al venir lo mismo, y a comer, que comieron en casa del mayordomo del Cabildo”.

Estado actual de la torre y el reloj.-

El deterioro de la torre y la fachada de la iglesia parroquial de los Remedios se hacía patente desde 1813, situación que advirtieron Cristóbal Bencomo, arzobispo de Heraclea, Pedro Bencomo, chantre de la catedral de Canaria y Santiago Bencomo, deán de Canarias, todos hermanos, que decidieron acometer una profunda renovación arquitectónica de aquella a costa de su propio patrimonio personal. Estos benefactores trajeron los planos de la catedral de Pamplona que había elaborado Ventura Rodríguez para realizar la modificación que exigía el frontis de la iglesia lagunera. Ya en este momento se había formado la diócesis Nivariense, en 1818, tras haberse segregado las cuatro islas occidentales como había referido al principio, situación que propició la transformación de parroquia a catedral,  en lo que tuvieron que ver mucho los hermanos Bencomo, instalándose el nuevo rango eclesiástico en diciembre de 1819.

Estos planos originales fueron modificados por Juan Nepomuceno Verdugo y Pedro Díaz quienes se encargaron de las obras que fueron finalizadas en 1825, tanto la torre sur como el pórtico, colocando en su cúspide una de las dos veletas de bronce que coronan los torreones. La falta de presupuesto económico hizo detener las obras hasta 1882 en que comenzó a edificarse la segunda planta de la fachada, finalizándose la torre norte, en 1916, aunque en 1897 tuvo que clausurarse la iglesia por amenaza de ruina del crucero y del cimborrio, situación que se corrigió a principios del siglo XX con proyecto del ingeniero Rodrigo Vallabriga, que derribó todo el edificio excepto el frontis original de 1820.

La fachada que hoy podemos contemplar es una muestra de estilo neoclásico con una sensación de poca altura, muy achatada,  si se compara con su copia de Pamplona y toda la obra pertenece a la realizada hasta 1915, a excepción de la última torre que se construyó un año después. Tras las modificaciones y reformas llevadas a cabo a lo largo de su historia, el templo conserva interiormente de su etapa primitiva la planta general, estando constituida por tres naves habiendo sido sustituidas las dos laterales previamente existentes para la ubicación de las capillas, y desde la última renovación arquitectónica poco queda de la configuración original de la iglesia parroquial.

De la fachada, como escribe Cioranescu, versión modificada de la catedral de Pamplona, se compone de dos cuerpos; el inferior con un atrio de cuatro columnas toscanas  flanqueadas por dos puertas; el superior con sus esquinas de cantería típicas canarias, se compone de cuatro ventanas rectangulares con otra de mayor dimensión circular y un frontón en el atrio de forma triangular. En las dos esquinas del frontis se alzan  sendas torres con las campanas y en una de ellas, el reloj. Subiendo a la torre donde se encuentra el reloj, visita realizada con el acompañamiento de uno de los encargados de darle cuerda y de su cuidado, el amigo Eloy, que  siempre de manera voluntaria lo realizó en su momento, lo mismo que acompañado y junto a Domingo el sacristán, pude verificar su funcionamiento y comprobar una serie de circunstancias que me parecen interesantes darlas a conocer. Muchos han sido los encargados de tal menester no pudiendo olvidar a los conocidos “Perita” que, además de campaneros, han colaborado en el cuidado de aquel.

Algo que me sorprendió fue descubrir las numerosas inscripciones y escritos que se hayan pintadas en la paredes que conforman el habitáculo donde se encuentra el reloj. Son numerosas y variadas las frases que podemos leer y que se tratan de anotaciones hechas por quienes han tenido a su cargo el mantenimiento y arreglo del reloj, por lo que podemos decir es un diario, una agenda de lo acontecido durante muchos años con respecto a los personajes y avatares por los que ha transcurrido la historia del aparato controlador del tiempo de La Laguna. Pero no solo en lo que se refiere al reloj sino incluso existen múltiples anotaciones de la vida social y cotidiana de la ciudad de La Laguna con datos de fallecimientos de personajes conocidos, de circunstancias distintas en el día a día ciudadano. Son pequeñas narraciones periódicas que conforman un verdadero diario social de la ciudad de Aguere.

Algunas de estas anotaciones quiero dejarlas mostradas en este escrito para que puedan conocerse y descubrir la temática que alude. Y como muestra de ellas existen muchas dedicadas a informaciones sobre fallecimientos de personas y vecinos como las siguientes:

- El 2 de Junio de 1881 mataron a Pedro de Armas y Manuel Brito por asesinos
- El 7 de Marzo de 1906 murió D. José Leiva de Mesa
- Carmen García y Recco falleció el 1 de Agosto de 1910
- El 11 de Octubre de 1911 murió Dª Concha Salazar y Chirino
- Dª Trinidad Cambreleng falleció el 1 de Agosto de 1914
- El 16 de Septiembre de 1914 falleció Juan Alonso (a) Garrafón
- En Abril de 1914 murió la madre de D. Ramón Matías
- Juan Benítez de Lugo y García falleció el 27 de Octubre de 1914
- Juan Rodríguez y Rodríguez (a) Coneja) murió el 4 de Julio de 19...
- Murió Francisco García (a) El Largo el 20 de Diciembre de 1911
- El 9 de Abril de 1914 murió Dª Adela Amador esposa de D. Jesús Beyro

En otras podemos leer noticias sobre momentos determinados y hechos ocurridos en la ciudad  como las que dicen:

- 2 de Abril de 1901 se inauguró el tranvía eléctrico
- Se inauguró el alumbrado eléctrico del Instituto la noche del 4 de Octubre de 1911 siendo director de dicho centro D. Adolfo Cabrera Pinto
- Se hizo la primera acometida del agua en la casa de D. Francisco García calle de Pargo nº 15 el día 12 de Junio de 1911

Y por fin, otras informan de los arreglos y modificaciones que el reloj de la catedral ha venido manteniendo desde el siglo XVIII:

- S.P. 1842 (escrito con pintura negra y con grandes caracteres que sobresalen del resto)
- Se compuso el reloj el 25 de Abril de 1863
- El 1 de Enero de 1889 tomó Domingo Rodríguez el reloj
- El día 14 de Diciembre de 1895 se desmontó el reloj y se limpió por el relojero Juan Gutiérrez de Santa Cruz. 300 pesetas.
- En Junio del año 1899 se limpió el reloj porque se llevó una composición general hasta unas 500 pesetas y lo arregló D. Rafael F. Trujillo
- Me hice cargo de darle cuerda al reloj el 28 de Enero de 1906. José Bello
- Se puso esfera nueva el 28 de Marzo de 1923
- La instalación del nuevo cristal fue 3-9-66 colocado por el personal de la cristalería de don Santiago Martín siendo los mismos J. Ortega, M. Sosa, T. Rojas, L. Hormiga y J. Avalo

Ahora que el templo catedral de La Laguna, después de muchos años cerrado por reformas y tras las mejoras arquitectónicas en su nuevo diseño, deseamos que estas notas sobre las paredes y muros de la torre sur, la torre del reloj, se conserven y protejan como verdadero testimonio de un pasado ya lejano para que pueda seguir siendo conocido y contemplado por las futuras generaciones y que, por qué no, los actuales encargados de mantener y proteger la vieja esfera del tiempo, sigan escribiendo datos sobre las paredes blancas y continuar con esa tradición, que nadie sabe como y quién empezó, que nos ha servido para conocer algo más del pasado de la ciudad de San Cristóbal de La Laguna sin necesidad de acceder a legajos, libros, periódicos o papeles viejos en ningún archivo sino solo con visitar la catedral y escudriñar entre sus paredes.                                                  

jueves, 9 de octubre de 2014

El reloj de la Catedral de La Laguna (I)

por Carlos García


La catedral de La Laguna, primero capilla y luego iglesia parroquial titulada “ Nuestra Señora de los Remedios”, fue mandada construir por el Adelantado Fernández de Lugo bajo la autoridad eclesiástica del obispo Fernando de Arce, por lo que el Cabildo, el 26 de Marzo de 1515, tomó la decisión de edificarla sobre los mismos solares que ocupó la primigenia ermita, levantada con el nombre de Santa María, bajo la advocación a la “Expectación del parto de la Virgen”  y existente con probabilidad antes de 1511, al lado de los corrales de la incipiente villa lagunera.

Se tomaron las disposiciones oportunas para que la nueva construcción parroquial englobara, dentro de su capilla mayor, la vieja ermita, dejando dispuesto que el terreno de los solares colindantes se dejaran libres con el fin de  acondicionar una plaza alrededor. Esta primera fabricación de la iglesia, realizada por el portugués Miguel Alonso y por Juan Valenciano, canteros de profesión, finalizó en 1517, fecha en la que se contrató los oficios de los carpinteros Luis Barba y Antón López quienes, con la madera de un solo pino, según afirma la tradición, realizaron el techo del edificio. En 1521 una iglesia de una sola nave, de tipología canaria, con 80 pies de largo y 48 de ancho se abría al culto, rodeada de zonas no construidas, consideradas públicas, en forma de solares libres, conocidos como corrales.

Años después, en la visita de 1588 del ingeniero Torriani a Tenerife, encuentra una ciudad con casas y calles bien conformadas y la iglesia de Los Remedios, con el callejón de las Monjas por su cabecera, y otros callejones en sus lados cuyos espacios serán usados para el crecimiento posterior de las naves laterales e incluso con las futuras Casas Capitulares. El resto del espacio que circundaba la parroquia, todos ellos de tierra, conformaron el lugar como punto de reunión de los vecinos utilizándose, incluso, como lugar de pregones públicos o para la colocación de una fuente de agua para abasto ciudadano, idea que no llegó nunca a realizarse a pesar de las disposiciones recogidas en las Ordenanzas de la isla de Tenerife.

La obra de esta parroquia fue modificada frecuentemente con el transcurso de los años conociéndose que, de una sola nave, pasó a disponer de tres en 1590, fecha en la que parece haberse fabricado el primer campanario que dispuso del reloj del Cabildo que, por el peso de las campanas se resquebrajó. El Obispo Corrionero, en 1618, mandó realizar una torre nueva para la iglesia más en consonancia con la verdadera importancia de la parroquia, por no tener donde colgar las campanas, que fue encargada al cantero Manuel Penedo quién derribó la primera torre del reloj y construyó la nueva a la derecha de la entrada principal. Trabajaron en su levantamiento Jorge de Silva y Diego Penedo quién la finalizó con cinco pisos de altura en 1656, siendo en su momento la más alta de las islas. Su duración se prolongó hasta 1691 en que fue derribada y cambiada por otra nueva.

El callejón trasero de la capilla mayor de la iglesia fue mandado cerrar por el Cabildo en 1745 lo que permitió crecer la capilla y la nave y, siete años mas tarde, en 1752, se construyó un nuevo crucero y se abrieron las capillas laterales por medio de arcos, lo que transformó la edificación en una iglesia de cinco naves. En la ultima fase como parroquia, 1795, fue cambiado el primitivo coro que ocupaba el centro de la nave mayor, trasladando el altar del fondo de la capilla al lado de las gradas, tras el que colocaron la sillería del nuevo coro. 

Pero antes de continuar con la evolución arquitectónica que tuvo el edificio hasta convertirse en lo que hoy conocemos, diré que, en 1751 fue colocado otro reloj, costeado por el Cabildo, en la torre que lo sustentaba. Es la historia que aquí nos ocupa sobre el reloj de la catedral de La Laguna.


La importancia de las campanas.-

Dos parroquias de prestigio en un corto espacio de terreno, en una misma calle, a la vista una de otra,  no podía sino traer problemas entre los feligreses de la ciudad lagunera. Problemas muy antiguos, litigios y luchas de siglos de existencia que comienzan en  1521 cuando se pleiteó la salida de la procesión del Corpus desde una u otra iglesia. Controversias entre cofradías y beneficiados, incluso antes, por la reducción de una a favor de la contraria. Ánimos exaltados en la defensa de la libertad e independencia de la jurisdicción del Cabildo en cuanto al afán de no reconocer la autonomía de la primera iglesia, la de Santa María de la Concepción, la Antigua, la Mayor; luchas por el asentamiento de la Catedral, tras la Bula de Pío VII, de 1818, separando las cuatro islas occidentales del Obispado de Canarias y conformando la diócesis  Nivariense , momento en que la parroquia de Los Remedios pasó a tener el rango catedralicio, por la residencia del Sagrario Catedral; y tantas otras cosas.

La Villa de Arriba con la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Concepción donde habitaban los labradores, los artesanos, los trabajadores, el vulgo; la Villa de Abajo con la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, lugar de mayor abolengo social, de gentes nobles de apellidos linajudos, gentes adineradas, la aristocracia. Terreno y condicionantes, circunstancias propicias para la polémica, la disputa, las rencillas pueblerinas. Y en cada iglesia, en cada torre, las campanas que tañían, que sonaban con sus ecos en toda la población y que cada vecino identificaba con su entorno habitual.  La importancia de las campanas, su tamaño, su peso y su sonoridad siempre fue motivo de orgullo y diferenciación entre los pobladores.

Porque las campanas fueron siempre las voces de los pueblos, la comunicación entre los vecinos y feligreses, anunciando las festividades, informando sobre acontecimientos locales, refiriendo sucesos y dando noticias de peligros o alarmas. En épocas muy antiguas las campanas se utilizaban para distintos fines. Así los romanos, como nos informa Pascual Calvete en su “Historia de las Campanas”, anunciaban la apertura del mercado y la hora de los baños; o para anunciar el ajusticiamiento de los criminales o para informar sobre sucesos meteorológicos. Su uso en la iglesia de occidente aparece sobre el siglo VII y parece derivar su nombre de la región italiana de la Campania, por ser allí donde se fundían en bronce las más grandes y mejores por su calidad en el sonido.

Entre los años 604 y 606 se ordenó colocar campanas en todas las iglesias católicas para que se tocaran en los oficios, misas y en las festividades religiosas. Al ir creciendo su uso fue preciso construir torres mayores donde ubicarlas y para que su sonido se difundiera más y mejor. Más modernamente, durante los Concilios celebrados en 1584 y posteriores se prohibió que las campanas se destinaran a otros usos que no fueran los religiosos; pero ya en el siglo XVI se dispensó de tales prohibiciones siendo de uso para el anuncio de catástrofes, invasiones, fuego, mezclándose, desde entonces, los avisos religiosos con los civiles. 

Los toques de las campanas los realizan los  campaneros cuyo oficio fue de importancia en las sociedades de antaño ya que debían entregar mucho tiempo al mismo, estando prácticamente durante todo el día pendiente de repicar los diferentes toques que debían realizar además de encargarse del mantenimiento del reloj de la torre. Estos toques anunciaban tres momentos diferentes al día ofrecidos para la oración: por la mañana rememorando la Resurrección, al mediodía en memoria de la Pasión y por la tarde, en recuerdo de la Encarnación. Durante la Misa Mayor se toca, primero,  para convocar a los fieles a la misma y luego, en el momento de la consagración, al elevar la hostia, se toca la campana más grande del campanario, cumpliendo la norma de Gregorio IX, de 1240, para que los que no estén en la iglesia, oren y pidan a Dios en reverencia y adoración. 

En las grandes efemérides y festividades que conmemoran los aniversarios de los Cristos, Vírgenes y Santos las campanas suenan con alegría; mientras, en la Semana Santa no se tocan hasta el momento de la Resurrección. Y existen toques diferentes como los de bendición, los realizados  para las novenas, para las pascuas,  para las procesiones y para las festividades, los de oración, ya enunciados para el alba o el angelus; y los toques tristes para los funerales, a fuego, a rebato…Y existen toques de primera clase, segunda y tercera según sea la técnica del repique y las campanas utilizadas.
En resumen, las campanas son instrumentos musicales que con sus voces metálicas anuncian multitud de acontecimientos siendo su sonoridad lo más importante de sus elementos, mucho más que el tamaño o el peso y que viene dada en función de la nobleza y aleación de sus metales.

Las campanas de La Laguna y el litigio del reloj. 

Las de la Villa de Arriba, las de la Concepción, fueron primeras ya que en 1541 existían tres campanas que fueron cambiadas y aumentadas con otras nuevas años después. En su momento la campana mayor fue la más grande en la isla, pudiendo contener en su parte cóncava hasta doce fanegadas de trigo y que, para subirla, se precisaron doce parejas de bueyes debiendo perforarse todos los pisos en el centro para poder colocarla definitivamente en la torre. Esta campana se trajo de Flandes y su sonido no se correspondía con su gran tamaño por estar colocada, según se ha dicho, en el centro de la torre y no en sus huecos que no eran capaces de albergar semejante mole.

Las de Los Remedios, las de la Villa de Abajo fueron consideradas por sus feligreses como de mayor importancia que las otras; más grandes, mas pesadas; de veinte quintales la llamada Santa María y San José,  fundida en Holanda de un cañón inservible que donó el Ayuntamiento o Cabildo de la isla, y la Inglesa, la menor, de quince quintales de peso y fundida en Inglaterra, todas ellas consagradas un 11 de Diciembre de 1649 por el Arzobispo Francisco Sánchez de Villanueva con asistencia de numeroso público.

Las campanas que en la actualidad tañen en la catedral lagunera se distinguen cada una por su nombre. La principal, de clase, tiene la inscripción que dice” Santa María de los Remedios” que según información de del Gremi de Campaners Valencians, la hizo traer don Gonzalo de Castro, mayordomo de dicha iglesia, debiendo ser de 1700, aunque la fecha que tiene grabada es ininteligible. Otra se nombra La Esquila, de 1808; la siguiente La Chueca en la que se lee “me fecit Hijos Marcos”; en una más dice “reinaba Pontífice Máximo León XIII. Obispo D. Raimundo Torrijos Gómez. Me fecit Carolus Marcus et Ragel. Anno 1893”; la última es la María Antonia en la que pone “Deus meus et omnia. Año 1914. Construida por Esteban Puig. Gerona. Año 1914”.

Esta situación de pique entre los habitantes laguneros trajo como consecuencia la aparición de una copla, sin duda nacida de la mente de un vecino próximo a la Concepción, que recorrió las calles y que se recitaba por las esquinas:

            Las campanas de arriba
            son los clarines
            con que cantan y bailan
            los serafines.

            Las campanas de Abajo
            son las calderas
            donde calientan agua
            las panaderas.