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lunes, 15 de abril de 2013

Lo que va de ayer a hoy

por Melchor Padilla

Con mucha frecuencia no somos conscientes de los cambios que se producen en nuestro entorno y, además, olvidamos con mucha rapidez qué había antes de esos cambios en el espacio geográfico en que nos desenvolvemos. Así, no es infrecuente que muchos de los habitantes de la zona metropolitana de Tenerife hayan olvidado cómo era el paisaje urbano de su propio barrio antes de, por ejemplo, la puesta en marcha de las obras del tranvía. Por ello en muchas ocasiones sólo nos queda la solución de ver antiguas imágenes de los sitios para recordar el aspecto que tenían hace unos años. Hoy en día, gracias a internet, tenemos a nuestra disposición medios para conocer cómo eran nuestras islas en un pasado no muy lejano.

En la red podemos encontrar imágenes fotográficas antiguas del archipiélago en sitios como la Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía Canaria (FEDAC), organismo autónomo dependiente del Cabildo de Gran Canaria, que mantiene un interesante fondo fotográfico de todas las islas. Aunque presenta algunos errores de identificación de lugares es una magnífica herramienta de trabajo para los interesados en conocer nuestro pasado. También hay que mencionar a un importante número de coleccionistas de imágenes antiguas que cuelgan éstas en la red para disfrute de los usuarios.

Otro importante recurso es el denominado Sistema de Información Territorial, que gestiona la empresa pública GRAFCAN de la Consejería de Medio Ambiente y Ordenación Territorial del Gobierno regional, que consiste en un sistema único de gestión de datos geográficos y territoriales de Canarias al que se puede acceder a través de la página Infraestructura de Datos Espaciales de Canarias (IDECanarias). Esta página ofrece la posibilidad de consultar de forma gratuita a través de su visor fotografías satelitales de la actualidad, algunas de las cuales -las de las zonas urbanas- son en alta definición, y además, en su apartado de Fototeca, nos ofrece un conjunto de fotografías aéreas digitalizadas del archipiélago desde principios de los sesenta, lo que nos permite establecer comparaciones acerca de los cambios que se han producido en nuestro territorio insular. No obstante, desde hace poco los usuarios frecuentes de esta página nos hemos encontrado con la desagradable sorpresa de ver que en las imágenes de la fototeca aparece impresa repetidas veces la marca de agua con el logo de la empresa pública. Lamentable.

Veamos algunos ejemplos de los cambios que se han producido en nuestro paisaje:


Candelaria-Caletillas: Desarrollado a partir de los ochenta como ciudad dormitorio de Santa Cruz, el municipio de Candelaria ha sufrido un espectacular aumento de población que lo ha llevado a quintuplicar en pocos años su número de habitantes, pasando de 5.000 en 1960 a casi 25.000 en la actualidad. Todavía no existían ni los puertos ni la Central de Unelco de Las Caletillas.

Puerto de la Cruz: Si comparamos las dos imágenes podemos apreciar cómo era esta ciudad en los inicios del boom turístico. Todavía no están construidos la mayor parte de los hoteles de la avenida de Colón. Únicamente vemos el Hotel Valle Mar y frente a él la costa pues ni las piscinas de San Telmo ni, por supuesto, el lago Martiánez aparecen todavía. Todos los terrenos que hoy constituyen las urbanizaciones de la zona de La Paz se encuentran todavía plantados de plataneras.

Los Cristianos-Las Américas: Es quizá el ejemplo más espectacular del impacto urbanístico provocado por el desarrollo turístico. En la foto de los sesenta apreciamos el pueblo pesquero de Los Cristianos, en el que sólo aparece el muelle antiguo. Todavía no se ha llegado a formar la enorme zona urbana que se originó tras el despegue del turismo en el sur de la isla en los años setenta.

Todavía no existen Las Américas ni las playas artificiales creadas con mucha posterioridad. Este disparatado crecimiento urbanístico ha hecho que los municipios de Arona y Adeje, que comparten el gobierno de esta conurbación, pasaran de una población que no llegaba a 12.000 habitantes en 1960 a contar en la actualidad con más de 120.000.

La Vega de La Laguna: En la foto más antigua observamos una zona agrícola, posiblemente la mejor de la isla, que va desde la plaza del Cristo hasta Las Mercedes y que sólo era cruzada por la carretera de Tejina y el camino de Las Mercedes. El camino del Rayo une ambas, aunque todavía hay muy pocas casas construidas en él. En la imagen actual vemos cómo el proceso urbanizador avanza de manera inexorable. La Vía de Ronda aparece cortando en dos toda la vega y nos tememos que no tarden en abrirse transversales a esa vía.

Como podemos apreciar, en estos años se ha producido una enorme transformación en algunas zonas de Tenerife, ocasionada por el enorme aumento poblacional que trajo consigo el desarrollo turístico, que, en palabras de la profesora Domínguez Mújica de la ULPGC, ha provocado que hayan sido afectados algunos parajes de un gran valor ecológico y se haya modificado la dinámica natural de algunos espacios, alterando las mareas, la circulación de las arenas, haciendo peligrar la conservación de algunas especies endémicas y destruyendo la propia conformación orográfica de lomos y barrancos, con un tipo de edificación que no ha respetado la fisonomía original del territorio. En otras áreas el aumento poblacional y su repercusión en el territorio están afectando a zonas de gran interés agrícola.

Según cifras del Instituto Canario de Estadística (ISTAC), en cincuenta años Tenerife ha pasado de un número de habitantes que no llegaba a los 400.000 a contar en la actualidad con 900.000.

¿Puede seguir nuestra isla este ritmo de crecimiento?

lunes, 5 de noviembre de 2012

El día que desapareció la Virgen




En una de las calles de San Juan de la Rambla el letrero inciso en el enfoscado de la pared de una casa nos dice que el luctuoso 7 de noviembre de 1826 el barranco se llevó esa esquina siendo levantada de nuevo en diciembre. ¿Cuál es ese luctuoso suceso y por qué ha pasado a la historia de las catástrofes que han asolado las islas?

Los días 6 y 7 de aquel noviembre una terrible tormenta se abatió sobre las islas y fue Tenerife la más afectada de todas. Esa tormenta se conoce como el Aluvión de 1826 y el historiador coetáneo León y Xuárez de la Guardia nos resume aquellos hechos diciendo: “Viose que una masa enorme de agua descendió a la tierra, abrió nuevos y multiplicados barrancos, extendió hasta 600 brazas de latitud algunos que antes apenas contaban 20, abatió los árboles más corpulentos, hizo zozobrar a los buques, hundió las casas y arrastró hasta el mar los habitantes y los ganados; en una palabra, experimentóse en Canarias, bien que por el largo espacio de 10 a 12 horas que tuvo de duración, uno de esos tormentosos huracanes de que tan a menudo son víctimas las Antillas, y que sin embargo allá no son de tan prolongado tiempo".

Tenemos, además, otras informaciones de primera mano acerca de este acontecimiento en dos textos que narran los hechos. El primero de ellos pertenece a Sabino Berthelot, presente en Tenerife en aquellos aciagos días, que nos cuenta en sus Misceláneas Canarias en primera persona cómo vivió este desastre, que él llama el Huracán, en Santa Cruz. El segundo testimonio nos lo ofrece el beneficiado de la iglesia del Realejo Alto, don Antonio Santiago Barrios, que de forma prolija nos cuenta lo ocurrido en la zona del norte de la isla que comprende desde La Guancha hasta el valle de La Orotava.

Hay más documentos que se refieren a estos hechos, pero entre todos destaca el mapa que dos años después adjunta el entonces alcalde del Puerto de la Cruz, Álvarez Rixo, para que se remedien los daños causados por el temporal en la zona aledaña al barranco de Las Lajas o de San Felipe.

Porque fue en el norte donde se contabilizaron los mayores estragos y así tenemos relaciones en las que se habla de 243 personas fallecidas, 211 casas destruidas y más de mil animales muertos sólo en el Valle de La Orotava, San Juan de La Rambla, Icod y La Guancha. Si a estas personas fallecidas en el norte les sumamos las del sur, podemos estar seguros de que se trata de la mayor catástrofe natural que ha padecido la isla, con unos daños materiales incalculables, y que el total de víctimas humanas debió sobrepasar ampliamente los tres centenares.

No obstante lo anterior, esta catástrofe tuvo otros efectos que tienen que ver con nuestro patrimonio cultural e, incluso, espiritual. La villa de Candelaria era en aquellas fechas un pequeño pueblo de pescadores cuya vida giraba en torno a la presencia de la Virgen. En el plano del ingeniero militar Riviere, de 1741, podemos apreciar las casas de la población, que no debían de pasar de 40, y los edificios más importantes: la iglesia de la Virgen y el convento (C) y frente a él el castillo de San Pedro (A) y la vivienda del castellano (B). Un poco más hacia el oeste vemos la cueva de San Blas (D) Según afirman Escribano y Mederos en un interesante informe sobre las prospecciones arqueológicas en la playa de San Blas de Candelaria, el motivo de la presencia de un castillo en Candelaria tenía que ver, más que con las necesidades estratégicas, con la necesidad de defender de los ataques piráticos las riquezas que acumulaba la Virgen por las donaciones de sus fieles. Si seguimos observando el plano veremos que al este de los edificios y separándolos del pueblo, aparece el cauce de un barranco. 



El 7 de noviembre, el barranco de Tapia, que así se llamaba, tras desbordarse arrasó completamente el castillo de San Pedro, arrastrando también la casa del castellano donde se encontraba de guardia el sargento con su familia. De ambos edificios apenas quedan restos. Hasta hace algunos años se podían observar en la playa algunos sillares de la antigua fortificación y en las prospecciones arqueológicas antes citadas se encontraron otros restos sumergidos. Hoy sólo un topónimo en la costa candelariera, el Cabezo del Castillo, recuerda su existencia.


Pero el temporal también se llevó un preciado tesoro, pues las aguas destruyeron el convento y la iglesia donde se encontraba la Virgen desapareciendo esta en las aguas. Luego, la Virgen de Candelaria que se venera en la actualidad no es la misma imagen que, según la tradición, se encontraron los guanches en la playa de Chimisay de Güímar y que luego fue llevada a la cueva de Achbinico o San Blas. Entonces, ¿cómo era aquella virgen desaparecida? 

Fray Alonso de Espinosa en su Historia de Nuestra Señora de Candelaria la describe como de unos cinco palmos de estatura, con un rostro un tanto largo con ojos grandes y rasgados, de color algo moreno "con rosas muy hermosas en las mejillas", no lleva tocado y tiene el pelo rubio. Lleva al Niño en el brazo derecho y una vela verde en la mano izquierda. Esta descripción se corresponde con las imágenes que todavía hoy podemos contemplar en los cuadros de la actual basílica, pues tanto la figura como la vestimenta que aparecen reflejadas son las de la virgen antes de su desaparición.

Desde que se perdió la Virgen, los frailes dominicos del convento trataron de conseguir alguna de sus copias para sustituirla. Ante la imposibilidad de obtenerla, le encargaron al escultor orotavense Fernando Estévez que tallara una imagen que es la que actualmente recibe culto. Y la antigua imagen, ¿desapareció para siempre?

Hay una imagen en la iglesia de Santa Úrsula de Adeje que responde fielmente a la descripción de Espinosa y que se había creído que era una copia del siglo XVI de la original, pero en un articulo publicado en 1999 por V. Gómez, se afirma que, tras la datación con carbono 14, la cronología debe retrasarse al siglo XV. Esto supondría, en opinión del autor, que en Adeje se encuentra la imagen original. ¿Puede ser esto posible?

Tengamos en cuenta que los Marqueses de Adeje y Condes de La Gomera eran mayordomos de la Virgen de Candelaria y tenían casa en el camino que va a la cueva de San Blas. Algunos piensan que pudieron llevarla a la iglesia adejera y sustituirla por una copia. El debate sigue abierto, aunque las últimas interpretaciones de carácter esotérico no aportan mucha luz al mismo.

En cualquier caso, sirvan estas líneas para recordar la mayor catástrofe natural sufrida por la isla y de la que pasado mañana, 7 de noviembre, se cumplen 186 años.



Manuel Jesús Martín Martínez nos ha proporcionado una imagen de la Virgen de Candelaria tal como aparece en un grabado de 1703 obra de Juan Pérez que reproduce una imagen que se hallaba en la catedral de Sevilla..


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sábado, 21 de julio de 2012

Sobre el volcán

El pasado martes 13, un ligero temblor de tierra de 3,4 en la escala de Richter, sacudió levemente la isla y vino a recordarnos un elemento fundamental de nuestra existencia como isleños que habitualmente tenemos olvidado: vivimos sobre un volcán.


Las islas creadas por sucesivas erupciones a lo largo de más de 40 millones de años, siguen estando activas. Prueba de ello son las manifestaciones eruptivas de las que tenemos constancia desde la conquista y a las que llamamos erupciones históricas. La última muchos la recordamos todavía, pues fue hace sólo 37 años cuando surgió el Teneguía, cerca de Fuencaliente en la isla de La Palma. Pero desde que tenemos constancia escrita ha habido muchas más, desde la de Tacande (La Palma) en 1430 hasta la del Teneguía en 1971, contamos hasta catorce.  De ellas, sólo en Tenerife conocemos las erupciones de los años 1704-1705  en Siete Fuentes, Fasnia y Montaña de Las Arenas, la erupción de Garachico en 1706, la de Chahorra  de 1798, la única que se ha producido en fecha histórica dentro de los actuales límites del parque nacional del Teide y, por último, la erupción de Chinyero en 1909 .

Si exceptuamos la erupción de Timanfaya en Lanzarote entre los años 1730 y 1736, que cubrió con lava la cuarta parte de la isla, destruyendo campos de cultivo y provocando que la población tuviera que emigrar, los volcanes canarios suelen ser de tipo fisural, efusivo y, por lo tanto, no muy peligrosos para las personas ni muy destructivos. ¿Cuál es entonces el peligro? Éste no radica en el volcán sino en el lugar donde éste aparezca y la zona que afecte.

Nuestras islas están excesivamente pobladas y en Tenerife la densidad de población es muy elevada. Si una erupción volcánica sucediera en despoblado, probablemente no ocurriría nada pero si afectara a las zonas habitadas los efectos podrían llegar a ser muy preocupantes. Repasemos la Historia para ver un ejemplo de ambas posibilidades.

El volcán Chinyero es la primera erupción canaria con documentación fotográfica y con estudios de carácter científico. El día 19 de noviembre de 1909, en la Dorsal de Abeque, después de una serie de terremotos anunciadores en fechas previas, se inició la erupción volcánica. En el nº 1 de la revista Chinyero del colectivo Arguayo (1986) se recoge el testimonio de dos testigos de excepción: José Hernández Lorenzo (agricultor de S. José de Los Llanos, El Tanque) y su hijo Miguel Hernández Grillo que se hallaban a un centenar de metros del lugar de la erupción:

"Eran las dos y media de la tarde, y yo me hallaba labrando unos trillos, y sentí temblar la tierra bajo mis pies. Dio una vez un hurrido que yo miré el cielo creyendo que pasaba algún gran bando de palomas...Entonces vinieron unos pastores de Las Manchas y todos dijeron "vamos a marcharnos que de esto tiene que dimanar algo malo". En ese momento reventó el volcán.
Donde había un hoyito de volcán, en el mismo morro de la Montaña del Chinyero, fue donde reventó. Dio un gran berrido y los escobones saltaron al aire, subiendo a una altura como tres pinos grandes, dando vueltas, revueltos con el humo y la tierra, negra y colorada, y también salían piedras grandes, pero no se veía fuego, y todo al llegar arriba se distendía, y empezaron a caernos unas arenillas calientes que no se aguantaban en la mano.
Ya no vimos más porque todos echamos a correr...".

Según Marcos Brito en su obra La erupción del Chinyero a través de la prensa (2003), la primera lava se dirigió hacia el Tanque e Icod pero al irse solidificando sirvió de muro y se fue desviando hacia el Llano de los Asnos. A las 6 de la tarde del día 19 un río de lava se dirigió hacia Santiago del Teide. Se dividió con un brazo hacia Las Manchas y otro hacia el Valle de Arriba, siendo a partir de ese momento su marcha más lenta porque comenzó a rellenar la depresión que está al levante de la montaña de Bilma, ganando en anchura.  Durante la noche la erupción era visible desde la Gomera y se vislumbraba el resplandor desde la Punta del Hidalgo en el otro extremo de la isla y en Gran Canaria.

Los aproximadamente mil vecinos de vivían en la zona decidieron abandonar sus hogares y trasladarse a la playa donde se negaron a embarcarse en vista de la lejanía del peligro. Después de 10 días cesó la erupción no llegando a ocasionar las lavas ningún peligro para la población pues sólo discurrieron por despoblado.

Un caso distinto había ocurrido dos siglos antes. Según relatos de la época, el 5 de mayo de 1706, a las tres y media de la mañana, después de un gran temblor de tierra, hizo explosión el volcán de Arenas Negras o Trebeque situado, asimismo, en la Dorsal de Abeque a unos 1350 m. de altitud. Un torrente de materias inflamadas salió en dirección al norte descargando primero en El Tanque donde incendió la iglesia y varias casas. Hacia las 9 de la noche otra corriente que llegó hasta la costa cayó sobre la Villa de Garachico por siete sitios diferentes. La lava hizo retirar el mar de la costa y cegó el puerto hasta entonces el más importante de la isla. Dulce María Loynaz hace una hermosa descripción literaria de estos acontecimientos en el capítulo El galeón enterrado del libro Un verano en Tenerife. 


El 13 del mismo mes, un torrente de lava más potente que los anteriores se precipitó desde San Juan del Reparo arrasando huertas, escombró los manantiales y enterró casas y molinos. El incendio siguió arrasando gran parte de la villa por lo que toda la población tuvo que buscar refugio en otros pueblos. Es la erupción que provocó mayores daños y pérdidas económicas en Tenerife. Garachico constituía en ese momento el puerto comercial más importante de Canarias, esencial en la ruta entre Europa y América, pero perdió toda su importancia a partir de ese momento pues su bahía quedó cegada. Dice Viera y Clavijo que “Desaparecieron las viñas, las aguas, los pájaros, el puerto, el comercio y el vecindario”.

Sobre el brazo de lava que cegó el puerto se edificaron posteriormente casas, pero aún hoy en día podemos contemplar, a un nivel más bajo que la plaza aledaña, los restos de la Puerta de Tierra que señalaba el límite de la costa en ese lugar.

Todos sabemos que los constantes movimientos sísmicos de las islas son el aviso permanente de que la actividad volcánica continúa. Debemos pues adquirir conciencia de que en cualquier momento, y en cualquier lugar, puede volver a surgir el volcán. 

En una isla como Tenerife con más de 800.000 habitantes, sin contar los turistas, ¿estamos preparados para afrontarlo?, ¿tiene el gobierno canario planes de autoprotección?, ¿se hace la suficiente difusión de éstos?

Publicado en loquepasaentenerife.com el 20 de mayo de 2008

ACTUALIZACIÓN

Cuando escribí estas líneas todavía no había comenzado el episodio volcánico que a partir del 19 de julio de 2011, sacudió a la isla de El Hierro y que todavía hoy parece que no ha terminado. Casualmente me encontraba pasando unos días de descanso en aquella isla cuando comenzaron los movimientos sísmicos que dieron lugar, tiempo más tarde, a la aparición de un volcán submarino..

Las preguntas que me hago al final del artículo han tenido, pues, en parte respuesta. Ya sabemos que hay medios para actuar en una isla pequeña, pero recuerden las dificultades que hubo para evacuar un pequeño pueblo como La Restinga, por lo que sigo pensando que en caso de una erupción volcánica que implicara una evacuación mayor de zonas densamente pobladas, sería muy dificultosa.

Recordemos que la última erupción de la isla fue hace poco más de cien años; es decir, un parpadeo a escala geológica ¿No deberíamos prepararnos más por si repite un hecho similar en nuestra isla?

miércoles, 4 de julio de 2012

La laguna de Tenerife

por Melchor Padilla

Todos sabemos que la ciudad de La Laguna recibe su nombre del antiguo pequeño lago en cuyas orillas se fundó, pero pocos conocen dónde estuvo, cómo era y cómo sería la ciudad si aún existiera la laguna



Representación infográfica del lugar que ocuparía la laguna. Infografía de Guillermo Padilla

Todavía hoy a algún turista despistado que visita la ciudad y pregunta dónde está el antiguo lago, se le puede contestar con los versos de Quevedo que alguien parafraseó: "Buscas en La Laguna la laguna, ¡oh, peregrino! Y en La Laguna misma laguna no hallas…". Esa laguna ya no existe, pero sabemos por los documentos históricos cuáles fueron su ubicación y sus características.

Los aborígenes la llamaron Aguere (a-garaw: gran superficie de agua), pero la primera referencia histórica nos la da el ingeniero cremonés Leonardo Torriani, enviado por el rey Felipe II para analizar y mejorar en lo posible las fortificaciones de las islas Canarias. Escribió Descripción e historia del reino de las Islas Canarias (1588), una fuente fundamental en la que describe las islas, sus principales poblaciones y su historia, además de aportar datos y planos para sus fortificaciones.

En su obra aporta el primer plano de la ciudad en el que aparece el lago. Lo describe así:"Se forma por la reunión de las aguas de los montes circunvecinos, se llena por medio de un riachuelo que viene desde el norte, y se desagua por otro que corre en dirección del levante. Tiene poco fondo, y durante el verano a menudo se seca completamente. Es muy útil para el ganado que pasta en su alrededor, en número infinito. Para los que tiran el arcabuz es un verdadero deleite, por la diversidad de los pájaros y animales que viven en ella; tanto más, que está muy cerca de las casas, de modo que resulta útil y agradable, sin cansar y exigir mucho camino" Nos dice también que tenía poco fondo y que su perímetro era de unos 1880 metros (2700 pasos andantes)

El profesor Criado, de la Universidad de La Laguna, en su interesante Breve e incompleta historia del antiguo lago de la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, publicada en 2002 y hasta ahora el trabajo más completo sobre el tema, establece la profundidad máxima del lago en torno a los 0,80 metros. A finales del siglo XVI, el viajero inglés Sir Edmund Scory nos dice que la ciudad "toma su nombre de un gran lago o pantano que tiene cerca, hacia el oeste, en el cual se hallan de ordinario gran número de pájaros de río de diferentes especies".




A partir del siglo XVII los distintos autores que la describen -Núñez de La Peña, Castillo o Glas- insisten ya en que se secaba en verano, por lo que debemos suponer que se trataría de un pantano o humedal cuyo volumen de agua dependería no de los aportes de los nacientes del monte de Las Mercedes, sino exclusivamente de las lluvias invernales.

Paulatinamente fue desapareciendo y en el plano del teniente coronel Amat de Tortosa, que copia en 1779 el marino francés M. le Chevalier Isle, ya no aparece ninguna superficie de agua.  No obstante, una menguada laguna aparece en 1814 en un mapa de Tenerife del científico alemán Leopold von Busch. En 1837, ingenieros militares drenan y nivelan el llano, lo que supone la desaparición de la laguna como tal.

Saber donde estuvo es todavía sencillo. Desde las montañas que circundan la ciudad se puede apreciar una mancha de vegetación que ocupa el lugar de nuestra laguna. Su perímetro viene marcado por las calles Silverio Alonso, Lucas Vega, Marcos Redondo, Paseo Oramas hasta el Estadio de La Manzanilla, Alfredo Kraus y Concepción Salazar hasta el Camino Largo. Una de las calles que iban a dar al lago, Rodríguez Moure, recibe todavía el nombre popular de calle Remojo, evidentemente por las inundaciones que provocaban las subidas de nivel del agua. La reconstrucción infográfica de más arriba nos permite situar la laguna en una fotografía aérea y cómo sería la ciudad si todavía existiese el lago.

La laguna ya no está, pero la naturaleza no se rinde fácilmente y, en muchas ocasiones, el agua ha vuelto a ocupar el espacio del que fue desalojada. Sólo en el siglo XX, en 1922, 1950 y en 1977, lluvias torrenciales ocasionaron que por unos pocos días, volviera del pasado el recuerdo del lago que dio nombre a la ciudad. Las obras emprendidas por el primer ayuntamiento de la democracia, que presidió el pintor Pedro González, sirvieron para sanear la red de evacuación de aguas por los barrancos de la ciudad, por lo que el peligro de inundaciones ha disminuido mucho. Pero la Naturaleza es persistente.

Nota. Nuestro agradecimiento al profesor Adrián Alemán de Armas por facilitarnos la fotografía de la inundación de La Laguna en 1977.

Publicado en loquepasaentenerife.com el 7 de abril de 2008