jueves, 20 de septiembre de 2012

Tenerife surrealista

En 1935, Tenerife se convirtió en el centro de todo el panorama artístico mundial. Ese año la isla acogió la Segunda Exposición Surrealista, una muestra cultural internacional que reunió en las estancias del desaparecido Ateneo de Santa Cruz obras de Picasso, Dalí, Arp, De Chirico, Max Ernst, Magritte, Tanguy y Óscar Domínguez


En el año 1935 tuvo lugar en nuestra isla un acontecimiento cultural de magnitud mundial. Entre los días 11 y 24 de mayo abrió sus puertas en el desaparecido Ateneo de Santa Cruz la Segunda Exposición Surrealista. En ella figuraban algunos artistas que hoy forman parte de la primera línea de la historia del Arte. En la sala del edificio de la Plaza de la Candelaria colgaron sus óleos Picasso, Dalí, Arp, De Chirico, Max Ernst, Magritte, Tanguy y Óscar Domínguez. También se pudo contemplar la obra de Duchamp, Man Ray o Dora Maar.

André Breton, iniciador y principal teórico del movimiento, definió el Surrealismo como un puro automatismo que permitía la verdadera expresión de la mente humana. Se trataba pues de que la razón no influyera en la creación, para lo que se recurría a juegos o actividades casi hipnóticas. Hay que tener en cuenta que el movimiento surrealista se desarrolló en un momento histórico, el segundo cuarto del siglo XX, en el que había un gran interés por el conocimiento de la psicología humana gracias a las teorías sobre el subconsciente de Sigmund Freud. Los surrealistas plasmaron en sus obras un universo onírico, inquietante y sensual, terrible y obsesivo.

Para entender el desarrollo de la exposición de 1935 es necesario tener en cuenta la fundación en Santa Cruz de la revista Gaceta de Arte por el crítico Eduardo Westerdahl, al que acompañaron en la aventura escritores como Domingo Pérez Minik, Pedro García Cabrera, Domingo López Torres, Agustín Espinosa y Emeterio Gutiérrez Albelo. Esta revista se decantó desde sus inicios por la defensa de las vanguardias arquitectónicas y artísticas europeas, no cesando su actividad hasta junio de 1936, pues vio interrumpida su trayectoria por el golpe de estado franquista.

No obstante, esta exposición no habría sido posible sin la colaboración del pintor tinerfeño Óscar Domínguez, quien puso en contacto a los tinerfeños con los líderes del surrealismo francés. El 4 de mayo de 1935 llegaron a Tenerife, en el vapor noruego San Carlos, el papa del movimiento surrealista André Breton, su esposa Jacqueline y el poeta Benjamin Péret. No pudo desplazarse a la isla el poeta Paul Eluard, pues se encontraba enfermo. Cuenta Pérez Minik que, para hacerlos venir, Westerdahl, Agustín Espinosa y él mismo tuvieron que firmar una letra por unas 4.000 pesetas de aquella época, que no terminaron de pagar hasta diez años después pues, pese a las promesas del Cabildo Insular, no obtuvieron ninguna subvención pública.

La prensa local se hizo eco inmediato del acontecimiento. La Prensa afirmaba el 7 de mayo que "la exposición de pintura moderna que hemos venido anunciando (…) constituye una de las manifestaciones más importantes de arte actual que se han verificado en España". El diario La Tarde, que comentaba el día 11 de mayo la inauguración de la exposición, afirmaba que su "trascendencia marca una fecha histórica en el movimiento de las ideas artísticas de nuestra isla".

Pero no toda la prensa tinerfeña se mostró tan partidaria de la exposición, pues el periódico católico conservador Gaceta de Tenerife desarrolló una intensa campaña en contra de esta actividad cultural. Llegó a afirmar en un artículo escrito por una supuesta dama de Santa Cruz, Pura Realidad, que "varios enfermos con imaginación ya en el último grado se dieron cita para saber quién pintaba más disparates". Las obras fueron puestas a la venta, pero no hubo nadie interesado en adquirirlas.

Durante su estancia en la isla se desarrolló un programa de conferencias entre las que destacó la de André Breton en el Círculo de Amistad XIV de Abril del Puerto de la Cruz, en la que intervinieron también Agustín Espinosa y Pedro García Cabrera. El día 24 de mayo –tres días después de lo previsto- se clausuró la exposición y el día 27 regresaron los visitantes a París en un buque platanero.

El día 2 de junio estaba prevista la proyección en el Cine Numancia de la película La Edad de Oro de Luis Buñuel, uno de los ejemplos más representativos del surrealismo cinematográfico. Los organizadores de la exposición habían puesto sus esperanzas en recuperar el dinero invertido en la misma con el pase de esta película, pero la campaña desarrollada en su contra por el ya citado diario católico conservador -la tildaban de pornográfica, inmoral y anticlerical- hizo que el Gobernador Civil prohibiera su exhibición.

Como resultado de esta Segunda Exposición Surrealista se redactó el número 2 del Bulletin International de Surréalisme en el que se incluye el Manifiesto Surrealista firmado por Breton, Agustín Espinosa, Domingo López Torres, Benjamin Péret, Pedro García Cabrera, Eduardo Westerdahl y Domingo Pérez Minik. André Bretón dejó constancia de su presencia en Tenerife en su obra El castillo estrellado. Como afirma el escritor colombiano Rafael H. Moreno-Durán, la exposición "significó el reconocimiento de un grupo de artistas y poetas que, a espaldas de los cánones estéticos del centralismo peninsular, se habían comprometido (…) con una sensibilidad afín a sus inquietudes (…), convirtiendo así la insularidad en universalidad".

El golpe de estado franquista y la brutal represión subsiguiente truncaron radicalmente el desarrollo de este pujante movimiento cultural en la isla. Los miembros de Gaceta de Arte fueron represaliados en mayor o menor medida. Pérez Minik fue detenido en Fyffes; Agustín Espinosa fue separado de su cátedra de instituto; Pedro García Cabrera (preso en los barcos prisión) logró huir de Villa Cisneros; y Domingo López Torres fue arrojado al mar enfundado en un saco cuando tenía 29 años.

Todos ellos gozan hoy de reconocimiento internacional.

NOTA: Pueden hallar más información acerca de este acontecimiento aquí.

2 comentarios:

  1. Tuve la oportunidad, Melchor, de ver tres pequeñas obras originales de Óscar Domínguez, allá por los años 70, cuando aún era un personaje tabú por estas tierras. Son propiedad de un familiar del poeta López Torres, gran amigo del pintor, además de correligionario en los ideales surrealistas.
    Recuerdo que cuando me llevó a su casa para enseñarme los cuadros, con algo de misterio y bajando la voz porque entonces las paredes seguían oyendo a pesar de los años transcurridos, me contó algo de lo que ocurrió en la persecución sufrida por estos defensores de una de las corrientes artísticas más modernas del momento.
    Menos mal que en el 2006, centenario del nacimiento de Domínguez, se reivindicó todo lo que significó esta figura y, por ende, la de todos los que intervinieron en aquel movimiento, a nivel insular.
    Como siempre, magnífico trabajo, profesor. Bonita palabra, por cierto...

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    1. Es muy interesante lo que cuentas, Charo, de esa época en que las cosas se decían en voz baja pues hasta las paredes oían y delataban. La represión en las islas fue terrible y se instauró en la población una cultura del miedo que, desgraciadamente, aún pervive entre la gente más anciana.
      Espero que no vuelvan a repetirse esos horrores nunca más.
      Gracias por tu comentario.

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