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jueves, 26 de diciembre de 2013

La Hidro de Güímar

por Melchor Padilla

“Ayer, como oportunamente se había anunciado, se efectuó en Güímar la inauguración de la central eléctrica que en dicho pintoresco y progresivo valle ha montado la sociedad anónima «Hidroeléctrica de Güímar» El acto se celebró con toda solemnidad y en medio del mayor entusiasmo por parte de los directores y organizadores de la importante empresa, entusiasmo al que se sumó el pueblo entero, para el que fue el de ayer un gran día de imperecedero recuerdo”

Así comenzaba el diario El Progreso del 8 de abril de 1929, la crónica de la inauguración de la que hoy se conoce como la Hidro de Güímar, uno de los escasos ejemplares de hidroeléctricas existentes en las islas. Aparte de la que hoy nos ocupa, también podemos destacar otra en La Orotava, una en La Gomera (Monforte) y dos en La Palma (Hidroeléctricas de Argual y Tazacorte, y Rifu-El Mulato).

La Sociedad Hidroeléctrica de Güímar fue promovida por el entonces joven alcalde del municipio sureño, Tomás Cruz García, en 1920, pero por dificultades de acuerdo con los regantes de la comunidad de Ríos y Badajoz, cuyas aguas iba a utilizar, no fue hasta 1928 cuando la citada comunidad cedió, mediante escritura, de forma gratuita y a perpetuidad la fuerza motriz del agua de las captaciones orientadas al regadío del valle de Güímar provenientes de las perforaciones de galería en los cabeceros de los barrancos de Badajoz (Güímar) y Añavingo (Arafo). Se constituyó una sociedad anónima mediante la emisión de tres mil acciones de 50 pesetas de las que se cubrieron inmediatamente 2600, quedando el resto en cartera. El dos por ciento de las acciones se entregó a “Ríos y Badajoz”

La Hidro se localiza en el interfluvio que separa los barrancos de Badajoz y del Río, a unos 675 metros de altitud en un farallón rocoso situado encima de la zona conocida como La Degollada, a unos tres kilómetros del centro urbano de Güímar. Al lugar se accede por un antiguo camino que parte del barrio de San Juan, existiendo un segundo ramal que nace en el Barranco de Badajoz.


Fue diseñada por el ingeniero Rafael de Villa y Calzadilla, y el material hidráulico y eléctrico, así como su montaje, se encargó a la casa alemana Siemens Schukert. El agua caía a través de un salto entubado de casi doscientos metros de altura, con un caudal de agua de 60 litros por segundo que a través de una turbina J.M. Voight, asimismo de fabricación alemana, a mil revoluciones por minuto permitía el funcionamiento de un grupo de 125 kW de potencia nominal, conectado a un alternador de 100 kva a 1.000 r.p.m., con tensión de salida a 5.000 V y a 50 Hz. En cuanto al edificio de la central, fue construido por los ingenieros Juan Haesy y Carlos Moenck.


En ese mismo año la central comienza a dar servicio por la noche al municipio güimarero y desde comienzos de la década de los treinta la distribución se amplía al vecino municipio de Arafo por los principales barrios cercanos (San Juan, Vera, Tasagaya), con unos 6,5 km de redes. El aumento de la demanda frente a la disminución de caudales de las galerías obligó a la compañía a instalar en 1951 un grupo diesel de 120 HP a 600 r.p.m. con alternador de 75 kva. Este aumento de potencia se reveló insuficiente y a fines de los cincuenta comenzaron los problemas de suministro que obligaron a la conexión y prestación de potencia adicional a mediados de la siguiente década. Por último, en 1972 la sociedad y las redes de distribución se integraron en UNELCO.

En la actualidad el edificio de la Hidro está compuesto por dos cuerpos ortogonales adosados. El primero consta de dos plantas y azotea, existiendo varios vanos que se abren en tres de sus fachadas. En la segunda planta de la fachada principal aún se localizan los bornes de anclaje del tendido eléctrico (ya desaparecido) que abastecía de electricidad a las localidades del Valle. El segundo cuerpo, de una sola planta y cubierta a dos aguas de uralita, cuenta con dos ventanales que se abren en la fachada sur. En el interior se conserva la maquinaria -grupo diesel, alternador, etc.- que en los últimos años de funcionamiento generaba la energía eléctrica. Más abajo, quedan los cubos de distribución del agua para los regadíos.


En 2007, por decreto del Gobierno de Canarias, de 20 de noviembre, “la Hidro” es declarada Bien de Interés Cultural, con categoría de Sitio Histórico. La delimitación del ámbito de protección se justifica por la necesidad de preservar una edificación de interés histórico relacionada con un sistema de obtención de energía poco frecuente en el Archipiélago.

Sería interesante que por parte de las autoridades competentes se tratara de poner en uso didáctico para el alumnado de nuestros centros uno de los pocos ejemplares de central hidroeléctrica que existieron en nuestra isla.

NOTA: Mi agradecimiento a Rafael Cedrés por proporcionarme las imágenes en blanco y negro que aparecen en el artículo.

lunes, 1 de abril de 2013

Las antiguas chimeneas industriales de Tenerife

por Melchor Padilla


Se entiende por patrimonio histórico industrial el conjunto de elementos de explotación industrial, resultado de los procesos de producción y de la tecnología con que las distintas sociedades han resuelto, dentro de un determinado sistema socioeconómico, sus necesidades productivas. Es decir, este tipo de patrimonio incluye los restos de materiales del proceso industrializador que es conveniente conservar para la memoria de la actividad económica del pasado.

Pese a que en nuestro archipiélago no se produjo un proceso de industrialización muy importante contamos, todavía, con vestigios de alguna de las actividades industriales que se llevaron a cabo en gran parte del siglo XX. Abandonados posteriormente tras sufrir procesos de desindustrialización o por cese de la actividad, son testimonio de unas actividades económicas que ya no se ejercen. Entre estos restos nos referiremos hoy a unos pocos ejemplos que han sobrevivido de la actividad industrial del siglo XX en Tenerife: las chimeneas industriales.

Azúcar. En el municipio de Los Silos en la playa de La Sibora se yergue junto al mar una gran chimenea construida en piedra de dos colores, una parte inferior de basalto negro y otra superior de piedra más clara que aún conserva restos del enlucido oscuro que la cubría. Junto a ella se hallan dos naves, una perpendicular a la otra. Es lo que queda del ingenio azucarero de la compañía inglesa Igller que, a comienzos del siglo XX, realizó el último intento de relanzar el sector azucarero que tanta importancia había tenido en la historia de la isla. Funcionó durante algunos años hasta que fue cerrada porque los propietarios de las plantaciones sustituyeron la caña por el plátano. Por aquellos años hubo otra fábrica de azúcar en la Punta del Hidalgo que duró hasta 1916.

Electricidad. Otra de las chimeneas históricas que han llegado hasta nuestros días se encuentra en el barrio lagunero de La Cuesta. En su momento formó parte del conjunto de la estación y cocheras del antiguo tranvía que unió Santa Cruz con Tacoronte hasta 1956 en que cesó en sus servicios. Levanta su esbelta figura de ladrillo rojo hasta los 35 metros de altura y fue en su momento parte de la central termoeléctrica mediante combustión de carbón que calentaba una caldera Piedboeuf importada de Bélgica y que proporcionaba la energía suficiente para mantener las líneas en tensión. Aunque en nuestros días forma parte del paisaje urbano como mero elemento testimonial, cuando se remodeló la zona para crear una plaza y un centro socio-cultural, se conservó, con buen criterio, la chimenea de la estación que ha pasado a convertirse en un elemento emblemático del barrio de Arguijón.

Azufre. La última de las chimeneas que ha llegado hasta nuestros días se encuentra en Taco. Es la más alta de las tres y perteneció a la empresa Unión Azufrera S.A. que, hasta principios de los años ochenta del pasado siglo, producía en la isla azufre tanto sublimado como molido y micronizado, que se usaba fundamentalmente en la agricultura. En las antiguas dependencias de la Azufrera, hoy convertidas en locales industriales y comerciales, podemos observar todavía los restos de los hornos de la antigua fábrica en los que quedan señales de la presencia del azufre.

Existieron en su momento otras chimeneas en la isla como la del conjunto de bombeo de agua para usos agrícolas de La Gordejuela en Los Realejos y también la de la "Compañía Eléctrica e Industrial de Tenerife", que más tarde se convertiría en Unelco, situada en Santa Cruz en la Autovía de Conexión TF-4, detrás de la iglesia de la Concepción, y que es en la actualidad un solar murado. De ambas sólo queda el recuerdo de viejas fotografías.

Sin legislación que las proteja. No obstante el interés de estas estructuras industriales, existen serias dificultades para su conservación pues la Ley 4/1999, de 15 de marzo, de Patrimonio Histórico de Canarias no incluye entre los elementos a ser protegidos los bienes patrimoniales industriales.

En el año 2000 el Ministerio de Cultura puso en marcha un Plan de Patrimonio Industrial, a través del Instituto del Patrimonio Cultural de España, que tenía como fundamento la necesidad de protección y conservación de un patrimonio que, por su propia especificidad, presenta un rápido deterioro y está expuesto a desaparecer. Dentro de este Plan se solicitó a las distintas comunidades autónomas que aportaran una lista de bienes patrimoniales susceptibles de intervención. Canarias no presentó ninguno.

Ante este hecho, la diputada de Coalición Canaria Dulce Xerach Pérez hizo una pregunta en el parlamento regional a la Consejera de Educación quien respondió textualmente que "Las declaraciones que afecten a bienes inmuebles se tienen que efectuar de acuerdo a las categorías contenidas en el artículo 18.1 de la Ley 4/1999, de 15 de marzo (BOC nº 36, de 24/3/99), y el patrimonio industrial no figura entre las mismas. En consecuencia, no se están estudiando propuestas del referido patrimonio".


No obstante, en un borrador presentado hace cinco años sobre un futuro Proyecto de Ley de Patrimonio Cultural de Canarias sí aparece contemplado este concepto y en él se integran los bienes muebles e inmuebles que constituyen manifestaciones del pasado tecnológico, productivo o de ingeniería. Se especifican las fábricas, las edificaciones o las instalaciones y, también, los vehículos, las máquinas, los instrumentos y las piezas de ingeniería que son expresión y testimonio de sistemas vinculados a la producción técnica e industrial, aún cuando hayan perdido su sentido práctico y permanezcan sin utilizar.

No sabemos nada del estado de la tramitación de esa ley y, mientras tanto, mucho de este legado está sometido a un deterioro creciente pues, de acuerdo con la legislación vigente en Canarias, no puede ser declarado objeto de protección.

¿Para cuándo la nueva Ley de Patrimonio Cultural de Canarias?

lunes, 12 de noviembre de 2012

Los muelles carboneros de Valleseco

por Melchor Padilla


En el puerto de Santa Cruz cerca de la entrada al barrio de Valleseco podemos observar unas antiguas estructuras portuarias. Se trata de un conjunto formado por dos espigones, uno de unos 70 metros de longitud y el otro de unos 80 metros, y dos naves que en la actualidad están ocupadas por la Federación Insular de Vela de de Tenerife. Al otro lado de la carretera de San Andrés podemos ver también las ruinas de unos viejos almacenes y otras dependencias cerca del puente de la antigua carretera.

Todos estos elementos están relacionados con una de las actividades portuarias más importantes del archipiélago desde mediados del siglo XIX hasta la aparición de los motores de combustión interna en el siglo XX: el aprovisionamiento de carbón para los buques de línea que surcaban el Atlántico. Estos barcos precisaban carbonear de manera regular para lo que hacían escala en puertos situados de manera estratégica.

Para ello, las islas Canarias se encontraban en una situación intercontinental privilegiada, a lo que hay que añadir su condición de puerto franco y la existencia a partir de 1880 de una aceptable infraestructura portuaria tanto en Las Palmas de Gran Canaria como en Santa Cruz de Tenerife. Por todo ello, las principales compañías navieras eligieron este archipiélago para el aprovisionamiento de sus flotas.

El carbón procedía sobre todo de Gales, en el Reino Unido, por lo que no es de extrañar que fueran británicas muchas de las firmas que se dedicaron a este negocio en Canarias. La primera que se asentó en Tenerife fue la compañía Bruce, Hamilton, Davidson, Lebrun & Co. a partir de 1850. Ubicada en lo que hoy sería el muelle de Ribera, se tuvo que trasladar a Valleseco en 1876. Los depósitos de carbón para el suministro de escala se multiplicaron pronto: así se desarrollaron las casas carboneras de Ghirlanda, Davidson, Croft y varias más.

En el Puerto de Santa Cruz de Tenerife se constata la existencia, a finales del siglo XIX, de tres firmas dedicadas a la importación y suministro de carbón. Hamilton and Co., George Davidson y Ghirlanda Hnos. La primera era la más importante de las tres, y tal vez la carbonera más antigua de las islas. Otra de las más importantes fue Cory Brothers, instalada en 1862, que era la mayor compañía exportadora de carbón del sur de Gales. En 1913 disponía de 80 estaciones de carboneo en todo el mundo. En Tenerife estuvo asociada con Hamilton entre 1884 y 1909, fecha en la que debió instalarse por su cuenta.

En la actualidad han sobrevivido el muelle de Carbones de Tenerife y las instalaciones de Cory. De esta última empresa quedan en pie dos naves de las tres originales, el muelle de piedra y madera, que todavía conserva parte de los raíles por donde discurrían las vagonetas del carbón, y las grúas que servían para cargarlo en barcazas, que eran remolcadas por un pequeño vapor hasta acercarlas a los navíos donde eran descargadas. En una antigua fotografía de los muelles de Valleseco se puede apreciar en el muelle de Cory una de estas grúas de vapor similar a la que se encuentra hoy en día expuesta delante de la Escuela de Náutica. Todo el conjunto presenta un alto grado de deterioro: hay raíles doblados o arrancados, faltan tablas en el suelo que hacen peligroso caminar por su superficie y hay basuras en las pocetas.

En 1990, mediante una Resolución de la Dirección General de Cultura, se procedió "a la incoación de expediente para la declaración del conjunto de muelles, almacenes, varaderos, puente del barranco y playa de Valleseco como Bien de Interés Cultural, en la categoría de sitio histórico". Según la misma Resolución se trataba de "un hito insustituible representativo del patrimonio industrial que merece un alto aprecio a los ciudadanos".

Sin embargo, el expediente se paralizó y nunca fue declarado BIC el conjunto al que hacemos referencia. Pese a lo que creen los vecinos de Valleseco, no existe o no hemos podido hallar ningún documento oficial que acredite esta condición. Intereses ligados al desarrollo del puerto, fundamentalmente la construcción de la vía de servicio, paralizaron esta declaración, por lo que los elementos a proteger que quedaban como parte del escaso patrimonio antiguo del puerto de Santa Cruz sufrieron las obras de la vía del puerto. Éstas acabaron con una de las carboneras, ocasionaron el derribo de una de las tres naves de Cory y enterraron bajo los escombros la mitad de la playa.

De los antiguos almacenes y salas de maquinaria sólo podemos contemplar hoy en día ruinas, pues no quedan más que las paredes: como si la ciudad se avergonzara de su desidia, aparecen cubiertas por vallas publicitarias que las ocultan de nuestra vista. En fechas recientes, el Cabildo, por fin, elevó al Gobierno de Canarias el expediente definitivo para que se pueda incluir al conjunto de muelles, varaderos, almacenes y puente de Valleseco, como BIC con la categoría de Sitio Histórico.

En 2006 se convocó un concurso de ideas para la ordenación del área funcional de Valleseco que fue adjudicado al proyecto denominado Sol y Sombra de los arquitectos Joaquín Casariego y Elsa Guerra, debido a que, según el jurado, "consigue la recuperación de la naturaleza de la costa preexistente al proponer el mantenimiento de las dos formas más representativas del litoral canario, como son una playa de barranco y una rasa costera típica generando, además, un espacio social de calidad que responde al sentir y al deseo general de la ciudadanía". No obstante, en este proyecto ha primado el interés por la playa, quedando los muelles alejados del mar.

Sería urgente que el gobierno canario resolviera la declaración de BIC de estos interesantes exponentes de nuestro pasado industrial. Como dijo una vez el político francés Eduard Herriot, "el valor de una civilización no sólo se mide por lo que sabe crear, sino por lo que es capaz de conservar".








lunes, 24 de septiembre de 2012

Los viejos molinos de viento

por Melchor Padilla




En 2010, el Cabildo Insular de Tenerife cocluyó las tareas de la  restauración del viejo molino de viento situado en Barranco Grande, del que sólo quedaban unos restos calcinados. Esta rehabilitación ha resultado muy polémica, pues los vecinos han mostrado su descontento a que no se reconstruyera en su totalidad. Era uno de los típicos molinos canarios de mampostería con forma de cono truncado, con una cubierta cónica que podía girar mediante un timón para orientar las aspas según soplara el viento. 



Para hacernos una idea de cómo fue en su época de esplendor tenemos que fijarnos en otro molino cercano situado en Cuevas Blancas, que ha sobrevivido en mejores condiciones gracias al cuidado de sus propietarios: no obstante, aunque fue restaurado en 1974, fue posteriormente abandonado, por lo que ha perdido parte de las aspas. En la declaración como Bien de Interés Cultural (BIC) se describe su interior como un cilindro de 4 metros de diámetro y de una altura aproximada de 10 metros dividido en tres plantas con puertas de acceso en planta baja y primera planta. 

La planta baja o cabuco;estaba a nivel del terreno, servía de almacén y a veces de dormitorio del molinero. La subida a la primera planta se realizaba por una escalera exterior de doble acceso que se adaptaba a la forma troncocónica. Su anchura solía ser de un metro aproximadamente. En esta primera planta había un banco en el que los clientes esperaban la salida del gofio, que ellos mismos recogían en la boca de la tolva o cambal. En la tercera planta, comunicada por una escalera de madera interior, se encontraba la maquinaria del molino, en la que trabajaba el molinero.

El tercero de los molinos se encuentra en Llano del Moro y todavía conserva parte del enfoscado que revestía tanto el interior como el exterior del edificio, aunque ha perdido la techumbre y es utilizado en la actualidad como trastero o basurero. En la fachada se abren una puerta de acceso en el piso inferior y una ventana alta en el segundo piso, ambas con dintel y jambas en madera.

La preocupación por el estado de los molinos no es nueva. Ya en 1964, el profesor Serra Rafols de la Universidad de La Laguna fijó su vista sobre las ya por entonces ruinosas construcciones y afirmó que "si aquí hubiese una sombra de organización turística (…) esos pobres molinos de viento que aún se mantienen en pie serían cuidadosamente reparados, sus aspas dotadas de las telas que un tiempo hicieron de ellos blancas y gigantescas flores, y así, repuestos sus mecanismos, un encargado los haría girar al viento del futuro". Nuestros molinos forman parte del grupo que el etnólogo Caro Baroja describió como molino mediterráneo, por encontrarse ampliamente difundido por todo ese espacio geográfico. 

Según el investigador alemán Fritz Krüger, los molinos canarios, junto con los del sur de Francia, pertenecerían en su mayoría al segundo de los tres tipos de molinos de viento mediterráneos, caracterizado por tener cuatro aspas rectangulares compuestas cada una por una vara central, dos laterales paralelas a aquélla, ocho o más travesaños y velas rectangulares. 

Ligados desde la conquista a la cultura del cereal, permitieron durante siglos, junto a los molinos de agua, la molienda del cereal para la obtención de harinas y, sobre todo, de gofio. Formaron parte de nuestro paisaje y todavía en nuestros días perduran topónimos que nos recuerdan su existencia. En muchos pueblos de la isla y del resto del archipiélago no es raro encontrar una calle o un lugar que los rememore. En la misma ciudad de Santa Cruz, la calle de los Molinos nos señala la existencia de algunos ejemplares en la capital de la isla.

Pero es en La Laguna donde el nombre de la plaza del Llano de los Molinos, en el barrio de San Honorato, es el testimonio de que allí llegó a haber hasta once molinos alineados. En el grabado de la ciudad realizado por Goupil hacia 1840 , aparecen en todo su esplendor "aquellos once gigantes de piedra, enhiestos y alineados como centuriones a lo largo del Llano", como escribió el periodista tinerfeño Leoncio Rodríguez en una de sus Estampas tinerfeñas. No es difícil imaginar el espectáculo visual y sonoro de aquellas aspas girando al viento y el ruido de la maquinaria y las ruedas al moler el grano.
Los cambios tecnológicos y la especulación urbanística fueron acabando lentamente con nuestros viejos molinos. Sustituidos primero por las molinas o molinetas de madera, que ofrecían mejores condiciones de trabajo a los molineros, y más tarde por la energía eléctrica, fueron desapareciendo de nuestro paisaje. En otras islas del archipiélago se ha ido acometiendo la restauración de algunos, como el de Mogán en Gran Canaria (el más grande de las islas), el de Antigua en Fuerteventura (en la actualidad centro de artesanía) o el de Tefía, entre otros.

La restauración de todos estos bienes de nuestra cultura popular sería una buena noticia en el desolador panorama de la conservación de nuestro patrimonio, pues nuestros molinos, según el mismo Leoncio Rodríguez, "bien merecen que se les dedique un recuerdo como a tantas otras cosas gratas y amables de la tierra que se han ido y no volverán".



NOTA. La imagen que encabeza este artículo corresponde al molino de Cuevas Blancas. Fue obtenida por mi antiguo alumno Javier Ramos quien amablemente me autoriza a utilizarla por lo que le doy las gracias.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Antiguos hornos de cal


por Melchor Padilla


En una antigua imagen coloreada de Santa Cruz que tomó el fotógrafo noruego Carl Norman en 1893 podemos apreciar una vista de la bahía de la ciudad en la que se observan en primer plano unos extraños edificios cónicos que estaban situados en la margen izquierda del barranco de La Alegría. Se trata de uno de los exponentes de una de las actividades industriales de más arraigo en las islas: las caleras u hornos de cal.

Esta industria se inició en la etapa de colonización de las Islas y se mantuvo en constante crecimiento hasta fechas relativamente recientes, en que dejaron de funcionar por la aparición de la industria cementera. Los hornos, que se distribuían por toda la geografía regional, elaboraban cal y yeso, tan importantes para el transcurrir diario del archipiélago. En la construcción, la cal se mezclaba con arena y agua para hacer el mortero y también, disuelta en agua como lechada de cal, se usaba para enjalbegar los muros. Asimismo era fundamental para impermeabilizar charcas y aljibes. En la higiene y la medicina servía como desinfectante en enfermedades contagiosas, para prevenir la putrefacción de aguas estancadas e, incluso, para la prevención de infecciones en los enterramientos.

La cal se obtenía mediante un proceso de calcinación de piedras de carbonato cálcico, denominadas caliche, que se importaban de las islas en las que más abunda este material: Gran Canaria y Fuerteventura. Desde allí era transportada por vía marítima a las restantes del archipiélago, lo que explica que la mayor parte de los hornos se encuentren cerca de la costa; además, debido al peligro inherente al manejo de cal viva, se prefería exportar la materia prima

Eran construcciones muy sencillas. Exteriormente tenían una forma troncocónica y su interior se componía de dos partes diferenciadas: la superior, que era la cuba de carga donde se colocaban las piedras que debían quemarse, y la inferior u hornilla, separadas por unas parrillas que descansaban en un puente de hierro por su parte delantera y quedaban empotradas en la parte trasera de la obra o bien sobre resaltes de la misma. Una puerta de acceso situada en la parte inferior del horno servía para prender fuego al hogar y extraer el producto una vez calcinado

El proceso era como sigue: la cuba se cargaba de capas alternadas de caliche y carbón. Se prendía fuego por la puerta inferior y el calor -más de 900 grados- tardaba en llegar a la parte superior del horno cinco o seis días, momento en que la cal bajaba a través de las parrillas móviles hasta la hornilla por la acción manual. 

En la actualidad quedan en nuestra isla algunos bellos exponentes de esta actividad industrial, pues en los últimos años se ha producido un proceso de restauración de hornos existentes en algunas zonas de la isla de Tenerife. El mayor de todos ellos (en la imagen de la derecha) se encuentra en el suroeste de la isla, en Playa de San Juan, en Guía de Isora, al final del paseo que bordea la playa. Se trata de una estructura fabricada en piedra tosca, de una altura considerable, lo que permitía una gran producción de cal. Cerca de allí y sin restaurar se encuentra el horno de El Varadero, por Playa de Alcalá. En el mismo sur existen las ruinas de otro molino en Montaña Bocinegro, cerca de El Médano y otro ha sido incluido en la declaración como Bien de Interés Cultural de la Zona Paleontológica de Punta Negra, situada cerca de Las Galletas, en el término municipal de Arona.

En el norte de la isla encontramos dos lugares en los que, gracias a la restauración mencionada, se han conservado interesantes ejemplares de hornos de cal. El primero es el que se encuentra en el municipio de Los Silos, en la urbanización de La Sibora, en la zona de El Puertito. Se trata de un conjunto de dos hornos adosados (uno mayor que el otro) que, sobre una base cuadrada, levantan un segundo cuerpo circular y escalonado. Una fecha grabada en una de las bocas de descarga nos informa de que por lo menos el mayor de ellos data de 1931. Junto a los hornos hay un aljibe de agua que era necesaria para el apagado de la cal.

Pero sin duda el conjunto más espectacular se encuentra en el municipio del Puerto de la Cruz en la zona conocida como Las Cabezas (en la imagen de la izquierda). Se trata de un grupo de tres hornos, dos mayores y uno más pequeño que producía el yeso, todos ellos de factura muy similar a la que veíamos en los de Santa Cruz. Junto a estas construcciones también se encuentran dependencias auxiliares, como las tanquillas de agua, el cuarto del carbón -traído por veleros ingleses desde Gran Canaria y que sustituyó a la madera de brezo- o el cuarto de la calera, donde se conservaba la cal cocida para ser vendida al público.

Los hornos de cal dejaron de funcionar entre finales de la década de 1950 y los primeros años de la siguiente debido a la creación de fábricas de cemento en cada una de las dos islas capitalinas.En la actualidad, pese a lo que hemos comentado de la restauración, quedan pendientes algunos aspectos que indican cierta desidia por parte de las autoridades. De los tres casos que hemos citado, en Playa de San Juan y en el Puerto de la Cruz hemos detectado ciertas señales de abandono como son pintadas, basuras, roturas de los elementos de iluminación, etc. Sería importante que nuestras autoridades no solo restauraran, acción loable por otra parte, sino que una vez realizadas las obras adjudicaran presupuestos para conservación y mantenimiento.

UNA DUDA SIN RESOLVER ¿HUBO HORNOS DE CAL EN LA LAGUNA? 

En esta fotografía de La Laguna, en la que vemos desde la Plaza de la Junta Suprema hasta comienzos del Camino Largo, aparecen cerca de la que hoy es la esquina entre Cabrera Pinto, Lucas Vega y Camino Largo unas estructuras cónicas que parecen caleras 
¿Alguien puede aclarar este asunto?


lunes, 3 de septiembre de 2012

Molinos de agua


Una propuesta presentada en septiembre de 2008 al pleno del Ayuntamiento por el concejal del grupo socialista de La Laguna Yeray Rodríguez, por entonces en la oposición, sobre el estudio de la situación y posible rehabilitación de los antiguos molinos de agua sitos en el Barranco de la Carnicería, dio a conocer a muchos laguneros la existencia de los restos de los dos molinos que se conservan en la margen derecha del mismo barranco, uno en el barrio del Timple y el otro en el de La Verdellada. En este último, se llevaron a cabo con posterioridad, los trabajos de un plan de rehabilitación y recuperación ambiental, etnográfica y patrimonial del barranco de La Verdellada que incluía la recuperación de las ruinas del molino de agua.

Los molinos de agua, tan abundantes que dieron nombre a una calle de la ciudad, comenzaron a utilizarse en La Laguna desde su fundación. Abreu Galindo afirmó en el siglo XVII que "tendrá la laguna un cuarto de legua en redondo, poco más; tiene el desaguadero (barranco) que va a la mar, en el cual muelen diez molinos y muelen cuando llueve, poco o mucho tiempo…"

Un molino estaba formado en primer lugar por el acueducto, canal o acequia que conducía el agua a los depósitos acumuladores o cubos. Inicialmente eran de madera pero la escasez de ésta a partir del siglo XVIII hizo que se fabricaran de piedra y mortero de cal. Con los mismos materiales se elaboraba también el cubo, que tenía por objeto servir de depósito acumulador. Por diferencia de alturas entre la entrada y salida del agua, producía la potencia suficiente para mover las ruedas hidráulicas. Por último, en el salón del molino se encontraba la máquina que mediante dos piedras, una fija y otra móvil, molía el grano.

Para conocer cómo eran estos molinos podemos trasladarnos a otros lugares de la isla en los que todavía permanecen algunos en mejor estado de conservación. Aunque quedan ejemplos en Arafo, Icod y Vilaflor, es en Güímar y sobre todo en La Orotava donde podemos apreciar la complejidad de aquellas obras hechas para la molienda del alimento básico de la población canaria.

En Güímar el conjunto de molinos más importante se encuentra en el barrio de San Pedro de Arriba, en el lugar conocido como Chacaica. Allí hay tres -el de Arriba o Trasmuros, el Medio y el de Abajo-, cuyo cubo está formado por varios cilindros superpuestos y decrecientes en diámetro, fabricados en mampostería, con una forma semejante a un cono escalonado. El Molino de Arriba sólo conserva el cubo por cuyo interior bajaba el agua, mientras que los otros dos molinos mantienen esta pieza y una parte de la canalización que conducía el agua hasta la misma, sostenida por una arquería de medio punto.

El Molino de Abajo muestra huellas de una reciente restauración por parte de su propietario. Por debajo de éste se encuentra una fuente con cinco caños y unos lavaderos. El agua proveniente de otro molino situado más arriba, el de La Menora, se canalizaba por una atarjea hasta el primer molino, donde movía las palas de la rueda. A continuación salía hacia el segundo, en el que se repetía el proceso para acto seguido continuar hasta el tercer molino. Luego, esa misma agua seguía hasta la fuente para su utilidad pública y a los lavaderos situados más abajo. Por fin, unas tanquillas permitían a los cañeros distribuir el agua para riego. Como puede apreciarse, se trataba de un uso muy racional de un bien que siempre ha sido muy escaso en las islas.


En La Orotava se aprovechaban los caudales de Aguamansa, que se canalizaban a través de una acequia de madera que atravesaba el núcleo urbano de sur a norte para finalizar en aljibes que permitían el riego de las tierras situadas por debajo de la ciudad. A lo largo de la misma se sucedieron hasta trece molinos de agua de los que, en la actualidad, sólo se conservan diez en mayor o menor grado de conservación. De éstos sólo funcionan dos: el de Chano (conocido como Molino de Arriba) y La Máquina (conocido como Molino de Abajo). Desde La Piedad hasta la casa de Lercaro se suceden uno tras otro siguiendo una línea imaginaria por la que en su momento discurría la acequia que cruzaba calles e incluso atravesaba casas. También, como en Güímar, había abrevaderos para el ganado y lavaderos. Los molinos de La Orotava dejaron de ser movidos por la fuerza hidraúlica desde los años sesenta del pasado siglo, pues el agua comenzó a distribuirse por cañerías y dejó de correr por las atarjeas.

Los molinos han llegado hasta nuestros días en bastante buen estado de conservación. Pero como dice el profesor Manuel Hernández González en su interesante trabajo La evolución histórica de los molinos de agua de La Orotava, se ha hecho muy poco hasta la fecha para recuperarlos. Pone además como ejemplo la actuación realizada en el municipio grancanario de Firgas, donde se ha restaurado completamente el molino allí existente y se ha puesto en funcionamiento de la manera tradicional.

Tanto en Güímar como en La Orotava o en La Laguna, los molinos de agua precisan de una actuación urgente que nos permita transmitirlos a las siguientes generaciones como parte de nuestro legado etnográfico y cultural.

ESTRUCTURA DE UN MOLINO DE AGUA



MOLINO DE LA SIERRA EN LA OROTAVA

Esta imagen de 1700 nos permite apreciar una estructura de molino de agua cuyo cubo estaba hecho de madera.





lunes, 30 de julio de 2012

La casa del agua

por Melchor Padilla


Se denomina arqueología industrial a una de las ramas más recientes de la arqueología, dedicada al estudio de los sitios, los métodos y la maquinaria utilizada por las distintas industrias. Como dice José Antonio Millán“más allá del canto a los materiales o los análisis arquitectónicos, estas huellas del pasado nos narran una historia que no nos llega por otras vías: la de las fuerzas anónimas del capital y del trabajo interactuando entre sí y cambiando la faz de la tierra”. En nuestra isla tenemos algunos, no muchos, ejemplos de patrimonio industrial. Vamos a hablar de uno de los más significativos del pasado de Tenerife.


Hay un sendero en el norte de la isla que parte desde la Romántica II, en el barrio de Toscal-Longuera de Los Realejos, y bordea la costa acantilada hasta la Rambla de Castro. Se llama el Sendero del Agua y en un momento del recorrido llegamos a divisar un gran edificio en ruinas y una gran escalera que serpentea hasta la cima del acantilado. En el mismo lugar en el que se encuentra el edificio existió uno de los nacientes más importantes de la isla de Tenerife. Sabino Berthelot lo describió así: "Retumba un fragor que se suma al bullir de las olas; son las cascadas de Gordejuela, que se precipitan, en una sucesión de saltos, desde lo alto de la ladera para derramarse en transparentes cortinas de agua al pie del acantilado".

El dibujante J.J. Williams, que acompañó al sabio francés, nos dejó un grabado con el que podemos hacernos una idea de lo que fue, antes de desaparecer, este naciente. Observamos un torrente que surge del risco y que se abre en una gran catarata. Por encima de ella, aprecíamos un antiguo molino harinero cuya maquinaria movía la fuerza del agua.


En 1898, la empresa Hamilton & Co. -que todavía tiene presencia en nuestras islas- constituyó la Sociedad de Aguas de la Gordejuela, que tenía como objetivo la explotación de los manantiales. En 1902, la perspectiva de un crecimiento de los precios llevó a la empresa a comprar todas las acciones de la sociedad. A partir de esa fecha se edificó una estación con bombas a vapor para elevar unas diez mil pipas diarias -cuatro mil ochocientos metros cúbicos- hasta un embalse situado a doscientos setenta metros de altura, a través de una tubería de hierro de dos kilómetros de longitud. Para la distribución posterior por el Valle de La Orotava se construyó un acueducto de doce kilómetros.

Como podemos observar en una fotografía tomada cuando aún funcionaba el elevador de agua, éste estaba formado por dos unidades: la primera, aparte de un almacén y la casa de los medianeros, poseía otra casa, con una chimenea de 50 metros de altura, en la que se ubicaba la máquina de vapor, la primera de la isla, que generaba la energía suficiente para que funcionaran las bombas. El otro edificio, el más representativo del conjunto, fue en su momento uno de los mayores de Tenerife. Parece brotar del mismo acantilado; tiene cinco niveles y aunque su estado de conservación es precario, pues ha perdido la cubierta, todavía sigue alzándose frente al mar. Llaman la atención del visitante las escaleras que comunican ambas partes. La obra, que fue proyectada y supervisada por el ingeniero militar José Galván Balaguer, fue calificada en su época de "obra de romanos".

El coste total de la instalación superó el millón de pesetas de entonces, lo que colocó en delicada situación financiera a la empresa promotora. Además, las expectativas económicas variaron por la coyuntura internacional, lo que afectó al comercio frutero. Con objeto de garantizar una remuneración a la inversión, optaron por arrendarla en 1910 a Elder & Fyffes, para luego vendérsela en 1919. Los avances tecnológicos de años siguientes obligaron a cambiar el método de elevación, lo que hizo innecesario el complejo tal como había sido planteado y fue abandonado paulatinamente. En la actualidad se sigue extrayendo el agua mediante motores eléctricos.


En el año 2000 el gobierno de Canarias, en el Plan Especial de Protección Paisajística Ramblas de Castro, en el término municipal de Los Realejos, incluía favorecer la rehabilitación de la antigua estación de bombeo de La Gordejuela, para uso público. Para ello estableció una serie de directrices generales que deberían servir de pautas para la actuación tanto de particulares como de la Administración. Se planteaba que fuera destinado a realizar actividades relacionadas con los fines de protección de este espacio natural, pero sin modificar las características del edificio antes de su rehabilitación. Por último, se debería contemplar la restauración paisajística de la desembocadura del barranco y las zonas aledañas al edificio.
Sin embargo, han pasado los años y no parece que ninguna instancia pública se vaya a hacer cargo de devolver a la isla uno de los elementos más significativos de su pasado industrial y agrícola.

Incluímos, por último, un vídeo que el cineasta canario Manuel Mora Morales dedicó a este lugar.






ACTUALIZACIÓN

Un buen amigo y descendiente de los propietarios, Carlos Pérez Hamilton, nos ha enviado un interesante material escrito y gráfico sobre la estación de bombeo. Me ha parecido interesante incluir alguna de las fotografías por su innegable valor documental.

Gracias, amigo.





El amigo Rafael Cedrés nos remite esta foto de la maquinaria que existió dentro de la Casa del Agua de La Gordejuela. 
(Imagen cedida por el Ayto de Los Realejos)


Otra imagen de la maquinaria de bombeo de La Gordejuela. (cedida por Antonio Barbero García)