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lunes, 25 de mayo de 2020

¿Quién dió la alarma en julio de 1797? El equívoco sobre el atalayero Domingo Izquierdo.

por Daniel García Pulido



Introducción

Los relatos históricos no siguen siempre los esquemas lineales que, a la vista simple de los hechos y por sencilla lógica, nos hubiese gustado que sucedieran. Ese discurso siempre bienintencionado sucumbe a poco que se analicen las referencias en cuestión y cualquier explicación vinculada a esos inocentes preceptos del pasado, por diáfanos que parezcan, se desvanece. En la propia Gesta del 25 de Julio todas aquellas aseveraciones que sigan teniendo en cuenta aspectos como la suma de los cañones o de los soldados de ambos bandos en una contienda; o la presencia de este o de aquel personaje en un determinado enclave, por muy prestigioso que sea su historial, para justificar un hecho o sacar una conclusión definitiva de algún aspecto de ese episodio histórico, están destinadas a ofrecer una visión sesgada, casi diríamos idílica, del objeto de estudio.

Este alegato introductorio cobra especial significado cuando la difusión del relato histórico creado afecta a la memoria exacta de unos hechos, de unos personajes, de una efemérides en suma, provocando contrasentidos en el discurso del pasado, incompatibilidad de registros en el manejo de las fuentes documentales e incluso celebración de homenajes que no se ajustan a la realidad acontecida.

Cuando aquella mujer “agreste” de San Andrés, aún hoy anónima, despertó a la guarnición de Paso Alto en la madrugada del 22 de julio de 1797 para que esta diese la alerta y se disparasen los primeros cañonazos que avisaron a la guarnición de Santa Cruz de Tenerife a fin de que acudiese a sus puestos, parecía haber quedado claro y documentado el orden de prelación en este preciso episodio. Últimamente se nos viene ofreciendo una versión distinta, que otorga al atalayero Domingo Izquierdo ese aviso, y aún en días anteriores al inicio del asalto, lo que desvirtúa la rigurosa narrativa documental y añade un componente de confusión que es necesario analizar y desmontar.

La diferencia entre ver el enemigo y dar la alarma

El principal obstáculo subyace en la distinción, absolutamente trascendental, de separar, por un lado, el hecho de quién fue el primero en divisar la escuadra británica frente a las costas de Tenerife y por otro lado, en otro ámbito distinto, quién dio la alarma en la propia localidad de Santa Cruz de Tenerife. En este sentido ya el coronel Francisco Lanuza Cano fue taxativo en su magna obra editada en 1955:

El primero que vio a la escuadra inglesa el día 22 de julio fue el vigía de Anaga, llamado Domingo Izquierdo, quien siguiendo las instrucciones que el general Gutiérrez tenía dadas, a la una y media redactó un parte que llegó a manos del comandante general a las siete y media, escasas, de la mañana.[i]

Es patente que la primera cuestión está resuelta y que Domingo Izquierdo fue el atalayero que contempló el paso de los navíos por las costas de Anaga, pero en la propia nota Lanuza Cano nos ofrece indirectamente la respuesta al segundo interrogante al citar la hora en la que el vigía redactó el oficio de aviso y cuándo llegó ese mensaje a manos del comandante general. Leamos el parte original a que alude Lanuza en su obra:

S.E. me manda diga a Vm. queda enterado de su parte dado a la 1 ½ que se acaba de recibir a las 7 ½ escasas y encarga a Vm. continúe con la mayor vigilancia, dando parte por escrito con claridad cuando ocurra novedad de alguna atención y que al anochecer le despache Vm. una exacta relación de cuanto haya ocurrido y observado durante el día con expresión de las embarcaciones que quedaron a la vista y sus rumbos, no omitiendo hacer las señales establecidas y participando también todas las noticias que pueda Vm. adquirir de las atalayas de la parte del norte. Dios guarde a Vm. muchos años. Santa Cruz, 22 de julio de 1797. Juan Creagh.[ii]

En las fuentes documentales que existen sobre la Gesta existe unanimidad en cuanto a que la alarma que se dio en Santa Cruz de Tenerife ocurrió al amanecer, cuando despuntaban las primeras luces del día, entre las cinco y seis de la mañana,[iii] y nunca tan tarde como a las siete y media, hora en que se atestigua que llegó el parte de Domingo Izquierdo a manos de Gutiérrez. A la vista de los registros documentales que tenemos parece obvio que el aviso dictado por el atalayero sobre el paso de embarcaciones hacia la rada santacrucera llegó tarde, podría hablarse de “papel mojado”, cuando ya los británicos se retiraban en sus columnas de barcas tras su fallido primer intento de desembarco hacia Valleseco y Paso Alto.

Ahondando más en este asunto, la diferencia horaria entre la redacción del parte de aviso dictado por Domingo Izquierdo, a la una y media de la madrugada, y la llegada de ese importante mensaje a Santa Cruz de Tenerife seis horas más tarde tiene su explicación cuando certifiquemos que el atalayero estaba apostado en la atalaya de Igueste de San Andrés y que esas seis horas fueron las que tardó el mensajero en recorrer la distancia entre ambos puntos (bien vía interna, a través de La Laguna, o por la costa, aprovechando la bajamar como hiciera aquella “agreste” vendedora) para llevar el parte escrito a manos del comandante general en el puerto santacrucero.

Uno de los hechos que más nos llamaba la atención en este apartado era la temprana referencia de la 1,30 de la madrugada ofrecida por Domingo Izquierdo para divisar el paso de las embarcaciones británicas pero todo se amortigua, se explica por sí solo casi, cuando leemos en el diario del capitán inglés Thomas Moutray Waller que “a las 11  [de la noche] doblamos la punta NE de la isla”[iv] (siempre con las diferencias horarias entendibles de un lado y otro). Solo así puede comprenderse que el atalayero pudiese visualizar desde su puesto en las estribaciones de Anaga el aparejo y velamen desplegado de dichas fragatas pasando a una distancia no muy alejada de la costa.

Reiteramos que no hay mención para esta madrugada del día 22 de julio a ninguna hoguera ni a avisos con faroles en ninguna de las crónicas pese a lo vistoso y lógico de esas medidas,[v] y asimismo deben desecharse los relatos actuales que hablan de mensajes de alarma por esta vigía avisando de la presencia de la escuadra inglesa en días anteriores (como el día 19 de julio) porque esas afirmaciones van en contra de la veracidad histórica. A falta de otros referentes documentales queda atestiguado, por tanto, que la alarma fue dada por aquella anónima mujer de San Andrés, quien en su trasiego hacia el puerto divisó la enorme cantidad de lanchones que se aproximaban a tierra, apresurándose para alertar a los centinelas de Paso Alto.

El atalayero Domingo Izquierdo en Igueste de San Andrés

Siguiendo la verificación del discurso expositivo nuestro siguiente paso se centra, en primer lugar, en corroborar dónde estaba apostado el atalayero Domingo Izquierdo. Las referencias iniciales vienen reseñadas por el alcalde real Domingo Vicente Marrero en su relación sobre los hechos de aquella Gesta:

No habiendo puesto al propósito en este pueblo para reconocer nuestro horizonte por la parte del norte, por lo cual se entraban los enemigos sin ser vistos sino cuando ya los teníamos encima y no daban tiempo a preparar las cosas como era preciso, teniendo a la misma parte del norte una montaña llamada (en blanco) que domina todo el horizonte del sur y norte, dispuso S.E. el poner en ella una vigía, para lo cual se destinó al piloto Domingo Palmas, pagándole 20 pesos mensuales y dándole todas las tierras que quisiese cultivar en aquella inmediación, fabricando una corta casita y fijando dos palos donde con las banderas del plan que se le dio avisa de los buques que recalan por el norte o por el sur, distinguiendo el número y si son mercantes o de guerra, y como la citada montaña queda muy retirada de esta plaza y muy elevada, por lo que [en] muchas ocasiones solo con el anteojo se divisan las señales, se determinó que por los vecinos de San Andrés se hiciese todos los días la atalaya encima de su risco, donde se fijó un palo para que el atalayero, luego que viese la señal de la vigía, subiese la bandera blanca para llamar la atención a la plaza viesen cuántos son los buques que hace la dicha vigía.[vi]

En primer lugar debemos identificar a ese Domingo Palmas con nuestro Domingo Izquierdo. El apodo “Palma” o “Palmas” era un apelativo familiar que ya aparece consignado entre los testigos del casamiento de sus padres -Domingo Martín Palma-, y esa costumbre de la utilización de motes no debemos olvidar que era y es muy usual.

Entramos ahora en uno de los aspectos más controvertidos hasta la fecha, que no es otro que conocer el emplazamiento y presencia de nuestro personaje en una determinada atalaya de la comarca de Anaga -cuyo nombre deja en blanco, por desconocimiento, el reseñado alcalde Marrero-. Acerca de la vigilancia costera por el sistema de atalayas en Tenerife durante el Antiguo Régimen, cuyo estudio exhaustivo sigue sin llevarse a efecto, solo se conocen aspectos puntuales en base a la documentación que se custodia en los archivos insulares. Con la declaración de la guerra entre España e Inglaterra, que se publicó en las Islas a comienzos de octubre de 1796, el comandante general Gutiérrez dictó que “rápidamente [se] organicen vigías en los puntos más dominantes de todas las islas”,[vii] siguiendo para ello los preceptos fijados “en el plan general de 3 de julio de 1793”.[viii] Para la comarca de Anaga, que es la que nos interesa ahora, se registran tres entornos o enclaves atalayeros activos en 1797:

[1] La montaña de Tafada, en el costado noreste del macizo de Anaga, próxima a la localidad de Chamorga. Esta atalaya, vinculada siempre a vigías residentes en el pago de Las Palmas de Anaga –como fue el caso de Francisco Oliva y José Perera (1780),[ix] Diego Marrero, o de Francisco Rivero, José de Sosa y Francisco Perera (1788)-, [x] estaba activa en 1797 y prueba de ello la tenemos en el escrito de reclamación presentado por el atalayero Mateo de Sosa, que solicitaba el cobro, en octubre de aquel mismo año, de su trabajo de vigilancia en aquel emplazamiento hasta la fecha.[xi] A fuerza de ser sinceros, hemos de dejar constancia de cómo, en un primer momento, pensamos que Domingo Izquierdo estuvo apostado en esta citada atalaya de la montaña de Tafada, movidos particularmente por la existencia en dicho lugar de unos muros y restos de viviendas de una planta que nos recordaban a esa “casita” mandada a construir por Gutiérrez para el atalayero, pero por un lado, la certificación de que esas pequeñas casas ya vienen señaladas en los papeles de la familia Ossuna como depósitos fabricados desde antiguo en aquella comarca para almacén de granos,[xii] así como por saber nosotros después que el vigía Mateo de Sosa ocupaba aquella vigía, todo ello nos reconvino de nuestras primeras impresiones. 

[2] La “Atalaya de Anaga”, también conocida como de “Punta de Anaga”, ubicada en La Robada (Igueste de San Andrés), que en algunos documentos se identifica, por su cercanía, como el Roque de Antequera. A pesar de que el nombre utilizado para referirse a esta vigía nos puede llevar a confusión y hacernos pensar en las localidades de Roque Bermejo y Punta Anaga actuales, su ubicación exacta descansa, por un lado, en los mapas efectuados en 1771 por Ruiz Zermeño o en 1779 por Tomás López, que ubican certeramente esta atalaya sobre “el roquete de Anaga” (hoy Roquete, emplazado bajo el risco donde se alza el Semáforo);[xiii] y por otro lado, y no menos importante, en las explicaciones ofrecidas por el alcalde Domingo Vicente Marrero, quien nos apuntaba en su extracto inicial que San Andrés iba a repetir las señales de esta atalaya porque “queda muy retirada de esta plaza y muy elevada, por lo que [en] muchas ocasiones solo con el anteojo se divisan las señales”. Estas palabras de Marrero desechan cualquier otra posibilidad de ubicación de esta atalaya de “Punta de Anaga” en otro punto más alejado o incluso en Tafada, sencillamente porque la zona del Roquete, en Igueste, junto con la aledaña playa y Roque de Antequera son los últimos repechos del macizo anaguense que pueden divisarse desde el puerto santacrucero. Ya la documentación de mediados del siglo XIX continuaría refiriéndose a esta “casa del vigía de Anaga” en su ubicación de Igueste, con variados ejemplos como cuando se ocuparon las autoridades militares en la “reparación de la bandera de la casa del vigía de Anaga”, en septiembre de 1849.[xiv]

Es curioso que ya el nombre de Antequera se usara expresamente para referirse a esa atalaya en una carta del comandante general Miguel López Fernández de Heredia dirigida al Cabildo de la isla el 5 de diciembre de 1770, misiva en la cual le otorga mucho valor a la calidad de los avisos remitidos a la plaza desde este enclave y recomienda “que en aquel paraje se hiciese una caseta cuanto fuese bastante al fin de ponerlos a cubierto [a los vigías]”.[xv] Como prueba complementaria podríamos añadir que en el año 1788 estaban destinados allí, por turnos, Salvador García, Luis Rodríguez, José Matías y Juan Rodríguez,[xvi] quienes junto a Matías Álvarez o Nicolás Albertos, entre otros, eran vecinos de Igueste de San Andrés y vigías de la cercana “Atalaya de Anaga”.

[3] San Andrés. Estamos obligados a incluir esta tercera atalaya, aunque no fuese tal, ya que su actividad está certificada, entre otras fuentes documentales, por el propio alcalde Marrero cuando menciona que este enclave atalayero de San Andrés tenía la capacidad de “repetición” de las señales de la otra vigía, mucho más alejada de Santa Cruz de Tenerife.

Revisando, por tanto, estos tres emplazamientos de vigilancia, es la propia documentación que se custodia en el Archivo Municipal de La Laguna y en el Archivo Militar Intermedio de Canarias la que nos avala que la atalaya donde estuvo Domingo Izquierdo era la conocida como “Punta de Anaga”. Es tremendamente revelador el testimonio escrito del propio personaje, firmado en “Anaga” el 17 de junio de 1799 y dirigido a sus jefes en Santa Cruz de Tenerife:



El piloto encargado en la descubierta de embarcaciones en la vigía de Anaga da parte al Excmo. Sr comandante general como se halla en este desierto sin tener alimentos y por causa de que el mayordomo de propios del Muy Ilustre Ayuntamiento de esta isla no ha querido pagar el sueldo que tiene devengado del mes de mayo [...][xvii].

Las circunstancias de su presencia en la atalaya de Igueste vienen reiteradas en sendos oficios al comandante general José Perlasca, con fechas 6 y 21 de noviembre de 1799, siendo el primero de estos de un interés especial al incluir una “relación que me ha pasado el vigía de la atalaya de Anaga Domingo Izquierdo de los efectos que necesita para el uso de las funciones a que está constituido. [...]”.[xviii] El listado es el que sigue:



60 brazas de liña para drizas.
50 brazas de cabo para viradores.
10 libras de sebo.
Dos docenas de velas para el farol de las novedades de la noche.
Dos motones para los viradores engasados y su gancho.
Tres botijas [de] alquitrán.

La construcción de una casa

En nuestro cometido por aseverar al máximo la realidad histórica de este atalayero y sus circunstancias, regresando de nuevo al extracto del alcalde Marrero donde nos contaba que a Domingo Izquierdo se le dieron tierras en aquel enclave, “fabricando una corta casita”, podemos afirmar que nuestras pesquisas han dado fruto. Hemos tenido la fortuna de localizar no solo las cuentas de fábrica de ese pequeño inmueble, que pasamos a transcribir por su indudable interés, sino quién financiaría ese proyecto. El documento titulado “Cálculo prudencial del coste que puede tener la casa que se proyecta para la atalaya de Naga [sic por Anaga] por disposición del Excmo. Sr. Comandante General”, firmado por el ingeniero Ramón de la Rocha el 12 de febrero de 1797, nos especifica los detalles constructivos de aquella “casita” entregada a Domingo Izquierdo:[xix]

Excavaciones.
51 varas cúbicas de excavación para cimientos a tres reales vellón, 153 reales vellón.
Albañilería.
79 varas cúbicas, un pie y seis pulgadas de mampostería de piedra y barro, a 20 reales vellón son 1.590 reales de vellón.
75 esquinas a 2 reales vellón, 130 reales.
2.500 tejas a 12 pesos [el] millar puestos en obra son 450 reales.
40 fanegas de cal a 4 reales de plata son 300 reales.
Carpintería
21 gibrones a 4 reales plata son 157 reales, 17 mrs.
2 docenas de tijeras a 40 reales vellón puestas en obra importan 80 reales.
5 dichas de aforro a id. 200 reales.
18 tablas de sollar para puertas, ventanas, etc. a 3 pesos [la] docena, son 67 reales, 17 mrs.
24 vidrios para las ventanas, a reales plata, puestos en obra, 45 reales.
24 jornales de carpintero, a 5 reales plata, 225 reales.
Clavazón y herraje, 120 reales.
Herramientas y demás útiles, 300 reales.
Lanchas para conducir los materiales, 200 reales.
Suma total, 4.018 reales.

Por un lado, llama la atención la temprana fecha de construcción de esta pequeña vivienda, a mediados de febrero de 1797, lo que no hace más que corroborar las dotes previsoras y los esfuerzos de estrategia defensiva desplegados por el comandante general Antonio Gutiérrez. Otra característica que nos ayuda muchísimo en la identificación de este pequeño inmueble con la atalaya de Igueste de San Andrés es que, si bien no se corresponde obviamente con la edificación de sillería, con bóveda de cañón y contrafuertes que se puede contemplar hoy en aquel paraje de La Robada, ya que estas cuentas delatan una vivienda con tejas, techo de vigas de madera y ventanas con cristales, sorprende muchísimo que la superficie tanto de este proyecto constructivo de vivienda como el inmueble que sigue en pie sean muy parecidos (aprox. 36/40 metros cuadrados). Es muy posible, por tanto, que se reformase aquella primera “casita”, de tejas y sencilla fábrica en un inicio, en el pequeño reducto que hoy se contempla. En este sentido podría entenderse, por ejemplo, que tanto el 5 de noviembre de 1797 como el 10 de marzo de 1799 se pidiesen reparos para la casita de “la vigía de la Punta de Anaga”, quejas que se repiten a Carlos Luján en 30 de octubre de 1809, a Ramón Carvajal el 8 de agosto de 1810 cuando ya se habían “rendido” las vigas del techo; y por último, a Rodríguez de la Buria el 26 de julio de 1813.


El establecimiento efectivo de esta vigía pronto comenzó a dar sus primeros frutos, y así hemos podido encontrar cómo el 21 de abril de 1797 “según el parte que ha dado la vigía de Anaga se hallan a la vista algunas embarcaciones bastantemente sospechosas” o cómo el 12 de mayo de aquel mismo año “las distintas señales que ha hecho hoy el vigía de Anaga indican avistarse diez embarcaciones, [de ellas] cinco de guerra”.[xx] Respecto a la financiación de este proyecto de “casita” y su atalayero asociado sabemos que fue Su Majestad Carlos IV quien asumió al año siguiente los costes del mismo, dejando al Cabildo el salario del vigía. El documento en cuestión dice:

Habiendo hecho presente al Rey lo que ha expuesto el comandante general de Canarias [...] sobre el pago de la atalaya y sueldo del atalayero del puesto de Anaga, se ha servido S.M. resolver que el coste de la casita se pague de su Real Erario, y el sueldo del atalayero del fondo de propios, y para que tenga cumplimiento comunico con esta fecha las órdenes correspondientes a Tesorería General y al Consejo de Castilla, y lo aviso a V.E. para su noticia[...]. Madrid, 2 de enero de 1798. Álvarez. Señores de la Real Junta de Fortificaciones de Canarias.

La metodología de señales

Tal y como apuntamos inicialmente, y a tenor siempre de la documentación y crónicas que nos han llegado, la comunicación entre las atalayas, y entre estas y Santa Cruz de Tenerife solo era efectiva a la luz del día y mediante el uso de un sistema estandarizado de señales.[xxi] De hecho, la presencia de la figura de un “sobreguarda” en 1788, Francisco de Sosa, nos induce a pensar en esa persona como encargada de esta “conectividad” y enlace entre las atalayas, aunque sin detallarse su rol.  Aunque suene factible la utilización de faroles nocturnos y hogueras no hemos encontrado rastro de su uso en 1797 sino más bien todo lo contrario: la espera a la llegada de la luz diurna para efectuar las señales con velamen y banderas, o el envío de escritos pormenorizados sobre la situación. De los primeros tenemos noticia cuando las crónicas nos hablan para el día 24 de julio cómo la atalaya anunciaba la presencia de varios navíos por el norte y otros tantos por el sur, y solo se unía al resto de la escuadra el “Leander”.[xxii] Del segundo de los medios comentados, los partes escritos, podría afirmarse que era el método principal de aviso y prueba de ello lo tenemos no solo en cómo Domingo Izquierdo escribe su comunicado en la madrugada del 22 de julio a Gutiérrez, en lugar de proceder a la señalética entre atalayas, sino en la existencia de un comandante de la guardia en el castillo de San Cristóbal, Andrés Agustín de Torres Perdomo, que redacta por escrito sus notificaciones de vigía de la escuadra en el horizonte del puerto al propio general.[xxiii] No basta ir muy lejos para saber que el propio Izquierdo recibió órdenes de Gutiérrez de “dar parte por escrito” en la minuta antes señalada. En este sentido apuntan también hechos como la orden que se hubo de dar en la mañana del 25 de julio de 1797 al castillo de San Andrés para que cesase su fuego artillero sobre la flota inglesa una vez firmada la capitulación (hecho que obviamente se desconocía en aquella localidad). En lugar de la lógica señal entre vigías a través de los códigos de aviso se envió a caballo a Diego de Guezala para que llevase esa orden a San Andrés.

¿Quién fue Domingo Izquierdo?

Domingo Izquierdo García era natural de la propia localidad de Santa Cruz de Tenerife, donde nació el 4 de agosto de 1759, recibiendo las aguas bautismales en la iglesia parroquial –entonces única- de Nuestra Señora de la Concepción al día siguiente. Sus padres fueron el carpintero Antonio Francisco Izquierdo Rodríguez –nacido en La Laguna- y María Magdalena de la Cruz Simón -natural de Santa Cruz de Tenerife-, que habían contraído matrimonio en aquella misma iglesia el 4 de octubre de 1756.


Como relatamos anteriormente, Domingo Izquierdo no era atalayero de profesión sino piloto naval, para cuya formación debió pasar a tierras peninsulares. Contrajo esponsales con la santacrucera Isabel Rodríguez Rodríguez -nacida en 1764 e hija, a su vez, de José Rodríguez y de Francisca Rodríguez, asimismo naturales de este puerto-, que falleció en esta ciudad el 13 de enero de 1804.[xxiv] En el padrón de feligreses de 1797 figuraba la pareja residiendo en la calle San Felipe Nery, del barrio del Toscal, justo al lado de las viviendas de sus padres y de sus hermanas Tomasa -entonces ya viuda y con cinco hijos- y María Atanasia, desposada con Antonio José Pérez Alemán –de oficio “navegante”-.[xxv]

Por ahora no hemos podido conocer la fecha de defunción de Domingo Izquierdo, que debió acaecer entre finales del año 1799 y 1804, año este en el que moriría su esposa viuda en Santa Cruz de Tenerife. Un primer rastreo de los registros parroquiales de entierro tanto de esta localidad como de La Laguna y Taganana no nos ha permitido dar con su partida lo que nos hace suponer que su fallecimiento pudo haberse dado fuera de la isla, existiendo eso sí la posibilidad de que muriese en la población costera de San Andrés, cuyos libros sufragáneos son de imposible consulta por deterioro irreversible.

Conclusión

Domingo Izquierdo fue uno de los desconocidos pilotos, como Nicolás Franco, Nicolás de Herrera, José García o Diego Costa, que separados de sus oficios marítimos, quisieron colaborar en las tareas defensivas. Si bien estos últimos cuatro destacaron por implementar el uso de cañones de campaña (los célebres “violentos” de entonces), para lo cual fueron adiestrados por los oficiales de artillería, Domingo Izquierdo fue requerido para ofrecer sus servicios como experto conocedor de embarcaciones para la avanzadilla vigía en las estribaciones de Anaga. Su mensaje en las primeras horas de la madrugada, debido a la lejanía del enclave y la lentitud del procedimiento de aviso, no sirvió al efecto de alertar las tropas en Santa Cruz de Tenerife pero sí nos reafirma, no obstante, la preocupación por parte del general Antonio Gutiérrez en la búsqueda de un sistema de vigilancia efectivo, colocando un especialista en un punto clave de la estrategia defensiva insular. Queda mucho por dilucidar en este episodio, por revisar y analizar con otras miradas, otras técnicas y procesos, todo en ese eterno regreso al pasado que nos permita conocer mucho mejor nuestro patrimonio presente y futuro. Ya Serra Ràfols lo adelantaba en 1952: “Es probable que en un principio se exagerase la importancia de lo individual, de lo personal, en el devenir histórico, porque la Historia fue equivalente a la vida de los héroes”. Toca el turno de revisar el contexto, las razones, los espacios, para obtener una lectura más verídica y sincera de un episodio relevante de nuestro pasado e idiosincrasia.






[i] Lanuza Cano, F. [1955]. Ataque y derrota de Horacio Nelson en Santa Cruz de Tenerife. Madrid. p. 135.
[ii]  Lanuza Cano. op. cit., p. 417. doc. LXXII. Existe copia mecanografiada de este documento en el Archivo Militar Intermedio de Canarias (en adelante, AMIC), sin haber noticias sobre el original.
[iii] El alcalde real Domingo Vicente Marrero o Francisco Tolosa apuntan más concretamente a “las cuatro de la mañana”, aunque deberíamos aplicar la diferencia horaria entre aquel entonces y nuestro ahora. (Véase Fuentes documentales del 25 de Julio de 1797).
[iv] Addenda a la fuentes documentales del 25 de julio de 1797. Santa Cruz de Tenerife, 2008. p. 148.
[v] En este sentido debe constatarse que en el mapa del comandante de ingenieros José Ruiz Zermeño se señalaba, para 1771, que “en el monte de Igueste, donde el atalayero señala con fuegos las embarcaciones que se avistan”. Ojalá apareciera prueba del uso de este tipo de señales en 1797 pero no se ha dado aún el caso.
[vi] Marrero, Fuentes documentales del 25 de Julio de 1797. Es interesante la diferenciación que hace el autor entre vigía y atalaya, terminología que bien merece un estudio exhaustivo en otro lugar.
[vii] Lanuza Cano, op. cit. p. 79.
[viii] Véanse las cartas inéditas de Antonio Gutiérrez al conde de Sietefuentes [31 de enero de 1797], o al coronel Antonio de Franchi [12 de mayo de 1797], ambas en AMIC.
[ix] Archivo Municipal de La Laguna (en adelante, AMLL), sec.1ª, sign. A-XV.21. La documentación de atalayas de este Archivo ya ha sido dada a conocer por José Manuel Hernández Hernández en el correspondiente apartado de su artículo “Antiguo Régimen. Siglos XVI, XVII y XVIII”, en Historia general de la comarca de Anaga. (Coord., Ulises Martín Hernández) Santa Cruz de Tenerife: Ediciones Idea, 2006. pp. 194-200.
[x] AMLL, sec.1ª, sign. A-XV.22.
[xi] AMLL: sec.1ª, A-XV-26.
[xii] Hernández Hernández, J.M. Cartas de medianeros de Tenerife (1769-1893). Academia Canaria de la Lengua, 2003. La medición del área de esas construcciones de Tafada arroja una superficie de aprox. 91 metros cuadrados, lejos de los 36 que parece haber tenido la “casita” propuesta, como veremos posteriormente.
[xiii] Aarón Rodríguez: “Los ojos de la isla” –Microhistorias de Tenerife-, en www.atlanticohoy.com. Quiero expresar mi agradecimiento al autor por el recorte del mapa de Tenerife de Tomás López en el que aparecen los topónimos de las atalayas. 
[xiv] AMIC, caja 3.466 sign 35. Otro documento cita asimismo a otro atalayero vecino de Igueste, Andrés Perdomo (marzo de 1856).
[xv] AMLL, sec.1ª, sign. A-XV.20.
[xvi] AMLL, sec.1ª, sign. A-XV.22.
[xvii] AMLL, sec.1ª, A-XV,28. Citado en Hernández Hernández (2006), art. cit., p. 199.
[xviii] AMLL, sec.1ª, A-XV,29. Citado en Hernández Hernández (2006), art. cit., p. 196.
[xix] AMIC, caja 3.502 exp. 43.
[xx] Ambos comunicados fueron remitidos por Antonio Gutiérrez al conde de Sietefuentes. AMIC.
[xxi] Plan de señales para la atalaya de La Isleta, Las Palmas de Gran Canaria (año 1805). AMIC.
[xxii] En la relación de Marrero especifica en este sentido que “a las 9½ hizo la vigía seña de un buque de guerra y a las diez se avistó un navío de 50 que luego se unió con los otros”. Esa escasa media hora entre el aviso y la contemplación de la embarcación desde Santa Cruz de Tenerife solo se explica si el alcalde se refiere a señales hechas desde un cercano punto de atalaya.
[xxiii] Lanuza Cano. Doc. CXXI, p. 517. Hay incontables ejemplos de partes escritos, como es el caso del que dice “la vigía de Tacoronte me da parte de avistarse en aquel mar dos embarcaciones corriendo hacia la punta de Anaga” (aviso del conde de Sietefuentes a Gutiérrez, de 3 de junio de 1797, AMIC).
[xxiv] Archivo Histórico Diocesano de Tenerife. Iglesia de San Francisco. Santa Cruz de Tenerife. Lib.I de entierros, f. 9v.
[xxv] Esta última pareja es la que subsiste en este conjunto de viviendas en los registros del padrón elaborado en 1818 en Santa Cruz de Tenerife.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Agustín Delgado: un guanche en la conquista de América.

por Melchor Padilla



Lo que Delgado hizo, por entero
no puede recitar la pluma mía,
pues cierto me parece que no miento
si digo que haría más que ciento.
Juan de Castellanos

En el descubrimiento y posterior colonización de América, las Islas Canarias tuvieron un papel fundamental. Su situación geográfica las convirtió desde el principio en escala obligada para las distintas expediciones que cruzaron el Atlántico a partir de finales del siglo XV. Aquí podían proveerse no solo de agua y suministros sino también de tripulantes para las naves y gente de armas para la conquista. Sirva como ejemplo la expedición de Magallanes de la que celebramos este año el quinto centenario y su recalada en Tenerife, donde se proveyó de bastimentos, brea y también embarcó a algunos miembros para la tripulación de las distintas naos. Como afirma Pérez Vidal  La mayor parte de (…) canarios que en la primera mitad del siglo XVI pasó al Nuevo Mundo debió de estar integrada por marineros y soldados, gente esforzada de lucha y conquista.Uno de estos esforzados soldados fue, sin duda, Agustín Delgado del que Cioranescu nos dice que“es uno de los pocos conquistadores que han merecido solo elogios e inspirado respeto, dejando tras de sí, en la tradición histórica, una imagen decididamente positiva” 

Los autores no se ponen de acuerdo acerca de sus orígenes. Analola Borges afirma que “de su vida en el archipiélago no tenemos noticias” pero cita a Millares Torres para afirmar que sería hijo de Inés González y, por lo tanto, nieto de Pedro Maninidra, uno de los guayres o capitanes de Telde y hermano del guanarteme de Gáldar Tenesor Semidán.

Indígenas grancanarios segun Torriani (1588)

Es posible, no obstante, que la línea de ascendientes de nuestro personaje sea algo más compleja pues sería descendiente, también según Cioranescu, de Bentaguayre, guanarteme de Telde. Su hija, bautizada como Catalina, fue madre de Juan Delgado quien formó parte de la fuerza de canarios que intervino en la conquista de la isla de Tenerife quedándose a vivir allí. Casado con María Fernández recibió datas de tierra. A su muerte en 1501, el Adelantado concede, por méritos de su padre, tierras en Taoro a un hijo suyo Agustín Delgado quien contraería matrimonio con Inés González Maninidra, descendiente de Soront Semidan, padre de Tenesor Semidan (Fernando Guanarteme) y de Pedro Maninidra de quien sería nieta pues su padre Miguel González, otro indígena grancanario, casó con Inés Maninidra, hija de aquel. 

Nacido en Tenerife era, pues, descendiente de lo que podemos considerar la nobleza indígena grancanaria que, tras la conquista de la isla por los castellanos, intervino de forma decisiva en las conquistas de La Palma y Tenerife formando parte de las tropas del Adelantado Alonso Fernández de Lugo.

Hay evidencias de que Delgado participó en una expedición a la costa de África en 1527 en busca de esclavos y botín, capitaneada por el segundo adelantado Pedro Fernández de Lugo. Antes de partir hizo testamento a favor de su hijo Juan y de otro por nacer que recibiría el nombre de Miguel. En 1531, y al parecer como parte de los preparativos para su viaje a América, vendió algunas tierras en La Matanza de Acentejo.
 
Tenemos noticias de su papel en la conquista de lo que hoy es el oriente venezolano gracias a la obra Elegía de Varones Ilustres de Indias escrita por el explorador, militar, cronista y sacerdote español Juan de Castellanos y publicada en 1589. Esta extensa composición poética relata con minuciosidad la colonización del Caribe y los territorios que actualmente forman las repúblicas de Colombia y Venezuela. En ella glosa las figuras de algunos de los conquistadores que participaron en la conquista y entre ellos destaca la figura de Agustín Delgado, cuyas acciones son objeto de alabanza. La profesora Analola Borges publicó, con motivo del homenaje rendido a don Elías Serra por la Universidad de La Laguna en 1970, un estudio pormenorizado de las citas referidas a Delgado en la obra de Castellanos.
Según Cioranescu, y en contra de lo que se pensaba, no debió de embarcar con la flota de Ordaz al paso de esta por Tenerife sino que lo hizo con la de Diego de Silva y los cien hombres reclutados en las islas por Alonso de Herrera. En América participó en la exploración del Orinoco junto a Ordaz que lo nombró capitán de Paria. Junto con Sedeño pasó a la conquista de la isla de Trinidad. 

Vista parcial de El Morro de Lechería.
El sucesor de Ordaz, Jerónimo de Ortal, lo nombró general de las tropas confiándole la defensa de la costa venezolana de Maracapana donde contribuyó a fundar la población de San Miguel de Neverí que tuvo casi un carácter simbólico pues fue abandonada prontamente debido a las disensiones internas y a los problemas con los indios. Ocupa en la actualidad su lugar la localidad turística de Lechería en el estado Anzoátegui.

Aliado con uno de los caciques de la zona le ayudó a vencer a sus enemigos pero cuando regresaba al campamento de Ortal para preparar una expedición en busca de las riquezas del río Meta, fue retado por un indio que le lanzó una flecha emponzoñada de cuya herida falleció a las pocas horas en el año 1536. Este descendiente de aborígenes canarios no mereció más que elogios del poeta Castellanos quien refiriéndose a Delgado no duda en afirmar
“en quien podré deziros que cabía / urbanidad, valor y valentía.”

BIBLIOGRAFÍA
BORGES, Analola. Semblanza del general Agustín Delgado, héroe de la conquista indiana. En Homenaje a Elías Serra Rafols. ULL. 1970.
CASTELLANOS, Juan de. Elegía de Varones Ilustres de Indias. Madrid. 1589. 
CIORANESCU, Alejandro. Diccionario Biográfico de Canarios Americanos. Santa Cruz de Tenerife. 1992.
MILLARES TORRES, Agustín. Historia General de las Islas Canarias. Las Palmas de Gran Canaria, 1893.
PÉREZ VIDAL, José. Aportación de Canarias a la población de América. Su influencia en la lengua y en la poesía tradicional. Anuario de Estudios Atlánticos, nº 1. 1955.

martes, 12 de noviembre de 2019

El "Pendón de la Conquista" de Tenerife

por José Manuel Erbez


En el Salón de Plenos del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna  se conserva una de las piezas vexilológicas más importantes de la Historia de Canarias. Se trata de un lienzo al que tradicionalmente se ha venido a denominar como "Pendón de la Conquista de Tenerife", aunque tal denominación, como veremos, no responde en absoluto a la auténtica naturaleza de este objeto. Pero precisamente ese nombre ha sido la causa de que el mismo haya sido objeto de una agria polémica.

"Pendón de la Conquista"
Para comenzar, vamos a hacer un recorrido por los testimonios que nos transmiten las fuentes históricas acerca de pendones y otras enseñas que pudieran tener algo que ver con el objeto que nos ocupa.

Entre finales de 1495 y mediados del año siguiente se culmina la conquista de Tenerife por las tropas castellanas al mando del Adelantado Alonso Fernández de Lugo, considerándose tradicionalmente el 27 de julio de 1496, día de San Cristóbal, como la fecha oficial de finalización de la conquista. Sin embargo, no se conservan testimonios contemporáneos que hagan referencia al uso de algún pendón o estandarte en concreto durante la campaña militar.

Pero sabemos que en 1505, en la Proclamación de Juana como Reina de Castilla, Alonso Fernández de Lugo mandó sacar de la iglesia de la Concepción un pendón que tenía castillos, leones y una granada; es decir, se trataría del pendón real que solía usarse en las proclamaciones reales, sin que pueda saberse con certeza si estuvo presente en la Conquista o si fue confeccionado después de su finalización.

El 23 de marzo de 1510 la Reina Juana concedió al Concejo de La Laguna "armas para que pusiese en sello y pendón", aunque no existe constancia de si efectivamente llegó a ponerse el escudo en algún pendón o bandera, si exceptuamos la bandera del Regimiento de Milicias Provinciales de La Laguna que se conserva en el Museo Histórico Militar de Canarias de Santa Cruz de Tenerife, donde dicho escudo remata los brazos de la Cruz de Borgoña.
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En 1561, entre las enseñas que recibe el Alférez Mayor Francisco de Valcárcel, figura el "estandarte real", de tafetán rojo y punta larga, que tenía de una parte la imagen de Ntra. Sra. de Candelaria y de la otra las armas reales. También recibió el guión real, con las armas de Castilla bordadas en oro, plata y seda, con guarnición amarilla; este último escudo podría ser el que aparece en la esquina del "Pendón de la Conquista", como veremos más adelante.

En 1569 se documenta la procesión del Pendón Real en la festividad del 27 de julio:

“… Dixeron: qe. Porque. N. S. fué servido qe. el día de la festividad de Sn. Cristóbal fuese ganada esta Ysla pr los cristianos conquistadores a los naturales infieles de ella, e reducida al conocimiento del verdadero Dios; en reconocimiento, se ha acostumbrado qe. el Alferes general de esta Ysla saque dicho día el Pendón real e vaya con él en la procesión y porque. ha habido algunas diferencias entre los Beneficiados sobre de cual Iglesia ha de salir, y pa. evitar dichas discusiones, se ha acordado qe. dicho Pendón no vaya a la procesión, sino que se saque dicho día, pr la tarde, de las Casas del Ayuntamiento y traiga pr. la ciudad con decente autoridad, y vayan a las casas del Alférez gral, después de medio día, la Justicia y Regto., y le lleven a las casas del Cabo. y allí reciba dicho Pendón de mano del Gobernador e recibido, salgan de las casas del Ayunto. y se pongan todos a caballo con toda la gente principal e Caballería de la Ciudad, e vayan con la orden y delante vayan las trompetas y atabales, luego los alguaciles, y tras de ellos toda la caballería y después los capitulares, qe. no fuesen regidores, e luego siga el Cabildo, contando desde el Personero y Alcalde mayor e luego los Escribanos, e luego los Jurados e detrás de ellos los Regidores pr. su antigüedad e a la postre, dicho Alferes mayor con el Pendón real, al cual lleven en el medio, el Gobernador e Regidor dcano y delante, del Pendón real, vayan dos Reyes de Armas con sus cotas y mazas, y de esta manera pr. su orden, vayan primero a la Ermita de San Cristóbal y hagan allí oración, y luego paseen por las calles principales de la ciudad, y vayan a las casas del Cabildo, donde dicho Pendón se ponga a una ventana, qe. salga sobre la plaza, y los caballeros se regocijen en dicha plaza, jugando cañas y otros géneros de regocijos”1

A partir de ahí parece existir un largo silencio en la documentación. La primera vez que encontramos la mención de un vexilo en relación con la conquista de la isla es en 1760, en las Memorias de Lope Antonio de la Guerra y Peña2, quien, al referirse a la celebración por el Ayuntamiento de la festividad del 27 de julio, dice: Házela [la fiesta] alternativamente en las dos Iglesias parroquiales [...] i lleva el Alférez Mayor el Real Estandarte, que se levantó en la conquista. Esta misma idea es luego recogida por José de Viera y Clavijo en sus "Noticias de la historia general de las Islas de Canaria"3 (publicada entre 1772 y 1783). Tras describir la rendición de los jefes guanches dice: Concluida la solemne Misa [...] se entonó el Te Deum. Y tomando Don Alonso Fernandez de Lugo el Real Estandarte de la Conquista, le tremoló, diciendo por tres veces en voz alta: TENERIFE POR LOS CATHOLICOS REYES DE CASTILLA Y DE LEON. Y más adelante indica en nota: Esta memoria se repite anualmente el 27. de Julio, en cuyo dia celebra la Ciudad de la Laguna á su Patrono titular San Christoval, saliendo en cuerpo á una de sus Parroquias, y llevando el Alferez Mayor el Real Pendon que sirvió durante la Conquista de Tenerife.

De este texto se deduce que el Adelantado simbolizó el final de la conquista -con el sometimiento de los aborígenes- mediante el tremolado del Real Estandarte, una práctica común en la época, y que dicho estandarte era sacado en procesión cada 27 de julio para conmemorar aquel evento. Sin embargo, nada nos dice del aspecto que tendría aquella enseña. En cualquier caso, parece evidente que en el siglo XVIII estaba más o menos arraigada la idea de que el estandarte o pendón real conservado en el Ayuntamiento (cualquiera que fuera su aspecto) era el mismo que encabezó la conquista.

La costumbre de sacar el pendón en procesión debió mantenerse durante el siglo XIX, ya que el 10 de febrero de 1909 se le concedieron honores de infante, y el 17 de julio de 1913 el Alcalde de La Laguna comunicó al Capitán General de Canarias que se había decidido sacarlo en procesión, información esta que puede significar la reanudación de esta costumbre quizás interrumpida durante algún tiempo por razones que desconocemos. Algunos años después, el 2 de agosto de 1920, el Ayuntamiento de La Laguna institucionalizó la procesión del Pendón, alegando que venía haciéndose de forma tradicional. Lo curioso es que este acontecimiento siguió desarrollándose incluso durante la II República, hasta el punto de que el 20 de septiembre de 1931 el Ministro de la Guerra, Manuel Azaña, autorizó honores militares.

Durante los años del franquismo no parece haber novedades sobre este asunto, pero con la llegada de la democracia sale a la luz un independentismo hasta entonces clandestino y que en gran medida encuentra su justificación histórica en la reivindicación de los aborígenes como los auténticos antepasados del pueblo canario actual. Según esa visión, los canarios no deben celebrar la conquista, ya que ello supone celebrar su propia derrota, y por tanto los elementos asociados a la conquista, como el pendón, son símbolos de sometimiento y opresión.

A lo largo de los años noventa se fueron haciendo frecuentes los actos de protesta contra el pendón por parte de grupos independentistas, normalmente con escasa participación pero con bastante repercusión mediática. Aunque las protestas iban dirigidas contra el acto en su conjunto, se manifestaban gráficamente en el rechazo al pendón como símbolo de la conquista. Esto se manifestaba gráficamente en unos dibujos que mostraban una representación convencional de un pendón (sin ningún parecido con el real) bajo una señal de prohibición.

El 29 de julio de 2003, a raíz de unos incidentes especialmente sonados, con intervención policial saldada con varias detenciones, se creó una “Comisión para el estudio del papel protocolario e institucional del Pendón de la Conquista”. En junio de 2004 la comisión presentó su dictamen, en el que recomendaba que dejara de ser sacado en procesión el 27 de julio, dado que no tenía nada que ver con la Conquista. Recomendaba que, en su lugar, se sacara "el escudo", lo que en la práctica significa la bandera. Esta recomendación fue aprobada por el Pleno el 8 de julio de 2004. La decisión no satisfizo ni a los independentistas, ya que de todas formas se siguió celebrando la Conquista, ni a otros ciudadanos, que constituyeron una asociación para la defensa del patrimonio y promovieron la declaración del Pendón como Bien de Interés Cultural por parte del Cabildo Insular, objetivo que consiguieron el 25 de mayo. 


El 13 de julio de 2006 el PP (que apoyaba mediante un pacto de gobierno a Coalición Canaria) presentó una moción en el Ayuntamiento para que el Pendón volviera a salir, con el argumento de que al no ser de época de la Conquista no era un símbolo de la misma; la moción fue aprobada y aquel año salió, pero al año siguiente (23 de julio de 2007) Coalición Canaria (ahora con mayoría absoluta) presentó una contramoción y volvió a quedarse sin salir el 27 de julio. A partir de entonces, el pendón sólo sale el 14 de septiembre, en la procesión del Cristo de La Laguna, como símbolo de la vinculación de la Monarquía con la hermandad encargada de la custodia de esta imagen. Además, durante los días alrededor de esa fecha, en que se celebran las fiestas locales, varios rincones de la ciudad son engalanados con banderas municipales  En cambio, el 27 de julio ya no sale ni el pendón ni el escudo ni la bandera, quedando los actos en un breve desfile de los miembros del ayuntamiento desde las casas consistoriales hasta la iglesia del Convento de las Catalinas, donde se celebra una misa.

Hasta aquí los hechos vinculados con el pendón y su polémica. Pasaremos ahora a describirlo.

Se trata de un paño de damasco de seda natural, rojo, decorado con flores de loto, de aprox. 1,55 x 2,54 m. Fue restaurado en 1982. En el centro lleva un escudo bordado con las armas reales, entre las que figura el escusón de Portugal, lo que nos permite datarlo entre 1580, fecha de la incorporación a la Corona española de Portugal, y 1684, en que desaparece el escusón de las armas reales (quizá un poco más tarde, por el retraso en la llegada de noticias a Canarias) El conjunto va rematado por corona real cerrada de cinco medios arcos (modelo bastante frecuente en época de los Austrias) y rodeado por el collar del Toisón de Oro.

Escudo central y reconstrucción aproximada.

Por otra parte, en la esquina superior derecha figura otro escudo donde aparecen los cuarteles de Castilla, Nápoles, Aragón y León. Esta disposición, no muy frecuente, corresponde a las armas de Fernando el Católico como Rey de Nápoles, lo que permite datarlo entre 1504 (cuando recibió dicho reino por su matrimonio con Germana de Foix) y 1516, fecha de su muerte. Por lo tanto, ninguno de los dos escudos se corresponde con la época de la conquista de Tenerife.


Escudo de la esquina y reconstrucción.
De este análisis se concluye que ni la pieza en su conjunto ni ninguna de sus partes datan de época de la conquista de Tenerife por Castilla. Sin embargo, es evidente que los escudos que en ella se muestran tienen una considerable antigüedad, y probablemente pertenecieron a sendos pendones reales, las insignias que en el Antiguo Régimen representaban la autoridad del Monarca sobre sus territorios y sus súbditos. Por tanto, el pendón conservado en el Ayuntamiento de La Laguna es una pieza de incalculable valor histórico, símbolo de la vinculación de Tenerife a la Monarquía española, con lo que ello pueda tener de positivo o negativo para cada cual.

Para finalizar, digamos algo más con respecto al escudo de La Laguna, ya que, como hemos visto, en su momento se planteó como una especie de alternativa al Pendón. Como se ha dicho más arriba, el 23 de marzo de 1510 la Reina Juana concedió al Concejo de La Laguna "armas para que pusiese en sello y pendón":

... e por la presente vos doy por armas el angel San Miguel armado con una lana e una vandera en la una mano e un escudo en la otra e debaxo puesta una breña de que sale del alto della unas llamas de fuego que se nombra teydan e un león a la una parte de dicha breña e un castillo a la otra e debaxo de dicha breña la dicha ysla de thenerifee en campo verde a la mar alderredor e todo ello puesto en un escudo en campo amarillo con unas letras amarillas por la orla en campo colorado que dize Michael arcangel beni ym adjutorium populo Dei thenerifee me fecit, segund va pintado en esta mi carta en memoria de que la dicha ysla de thenerifee se ganó día de San Miguel por el dicho Adelantado...


Al respecto, es curioso leer lo que dice el dictamen de 2004:


Es precisamente en este escudo, donde se encuentra no solo el primer signo de identidad de La Laguna, sino incluso donde se encuentra representada la nueva concepción de ciudad criolla y mestiza que caracterizará a las futuras fundaciones españolas. Junto a los emblemas de Castilla y León, a cuyo reinado se incorporan las Islas Canarias, se encuentran representadas las culturas Guanche y Castellana por medio de dos símbolos religiosos como son el Teide, denominado Echeyde por los guanches, que no solo era la morada de un espíritu maligno al que denominaban Guayota, sino que además era su montaña sagrada que tenía la función de sostener el mundo superior (el cielo) y el inferior (la tierra), y por otro lado, en la esquina superior izquierda se encuentra San Miguel Arcángel.
Por lo tanto, el escudo de La Laguna debe ser entendido como el símbolo que representa en la isla de Tenerife el mestizaje de dos pueblos y dos culturas, la guanche y la castellana, tal como se puso de manifiesto desde el mismo momento de la fundación de la Villa.

Sin embargo, la interpretación que hacen algunos historiadores, como Miguel Ángel Martín Sánchez5, es que la presencia de San Miguel pretende identificar la victoria de Alonso Fernández de Lugo sobre los guanches con la del Arcángel sobre las fuerzas del Mal. De ninguna manera se trata de poner en pie de igualdad dos culturas, la guanche y la castellana, sino que la segunda es "el pueblo de Dios", como claramente indica el lema de la bordura: MICHAEL ARCANGELE VENI IN ADJUTORIUM POPULO DEI THENERIFE ME FECIT [Miguel Arcángel ven en ayuda del pueblo de Dios, Tenerife me hizo6]

Por lo tanto, por muy buena voluntad que queramos echarle, no hay más remedio que reconocer que el escudo de San Cristóbal de La Laguna (y de la isla de Tenerife, ya que el mismo, con ligeras variaciones, es usado por el Cabildo Insular) simboliza la victoria de un pueblo, el castellano, sobre otro, el guanche, con lo que ello llevó aparejado de desaparición violenta de una cultura y su sustitución por otra. Pero este hecho puede ser entendido en la actualidad como una catástrofe de la que lamentarse y exigir venganza en forma de independencia, o como un acontecimiento histórico irreversible que, a pesar de todos los aspectos negativos que pueda contener, significó el nacimiento de la sociedad y la cultura canarias tal como hoy la conocemos.

Notas:

1.     Libro de Actas Capitulares del Cabildo. Oficio Primero, Libro 12, folio 129. (1563-1570) -Sesión de 23 de Julio de 1569- (Archivo Municipal de La Laguna)
2.     GUERRA Y PEÑA, Lope Antonio de la. Memorias: Tenerife en la segunda mitad del siglo XVIII. Las Palmas de Gran Canaria: Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, 2002
3.     VIERA Y CLAVIJO, Joseph de. Noticias de la historia general de las Islas de Canaria. Santa Cruz de Tenerife: Idea, 2004
4.     Real Cédula conservada en el Archivo Municipal de La Laguna
  1. MARTÍN SÁNCHEZ, M.A. La imagen de San Miguel en el escudo heráldico de La Laguna: un programa político ilustrado en sentido cristiano. Cuadernos de Arte e Iconografía. Tomo IV, nº 8, 1991
  2. La inscripción del escudo corrige los errores ortográficos contenidos en el documento original. Por otra parte, parece que Thenerife me Fecit sería el lema o divisa del Adelantado Alonso Fernández de Lugo, al que, efectivamente, Tenerife le "hizo" un hombre poderoso.