lunes, 15 de julio de 2013

Un paseo por San Juan de la Rambla

por Melchor Padilla


Más allá del farallón rocoso de Tigaiga, una vez abandonado el Valle de la Orotava, entramos en San Juan de La Rambla. En su término municipal hay varios núcleos de población que se distribuyen en dos zonas bien delimitadas por la orografía: una parte alta donde están los barrios de San José o Los Quevedos y una zona costera donde se encuentran Las Aguas y el casco histórico que da nombre al municipio.

En este último lugar, a la sombra del risco del Masapé, en un rectángulo formado por las calles de Antonio Oramas, La Ladera, avenida de José Antonio y la plaza de la iglesia de San Juan Bautista encontramos uno de los conjuntos patrimoniales más hermosos de la isla de Tenerife. En sus calles, apacibles y tranquilas, podemos contemplar las viejas casonas de grandes familias rambleras como la de los Oramas Quevedo, la de los López Oramas, la de Pérez Montañés o la de Castro. El casco histórico de la villa fue declarado Bien de Interés Cultural, con categoría de conjunto histórico, en 1993. Fuera de esta zona son de gran interés el cementerio, El Calvario o la Ermita de la Cruz.

Tras la conquista de la isla se repartieron las tierras entre los conquistadores, otorgándose algunas a aborígenes grancanarios que habían participado a favor de los castellanos. La fundación de la Villa de San Juan de la Rambla se atribuye al portugués Martín Rodríguez, que mandó levantar en 1530 la ermita de San Juan del Malpaís, actual iglesia de San Juan Bautista. Desde el primer momento destacó el cultivo de la vid que producía, según autores de la época, el mejor malvasía de la isla. Un rasgo a señalar es la importancia que tuvo desde el siglo XVII la emigración hacia América, donde según el profesor Manuel Hernández "gana su subsistencia una parte considerable de sus vecinos y donde su élite local adquiere los caudales necesarios para consolidarse". En 1779, el 41% de los varones mayores de 16 años del casco estaba en América.

En la calle de la Alhóndiga, en la pared lateral de la casa parroquial, podemos distinguir un letrero de caligrafía antigua que nos sirve de recordatorio de una de las catástrofes naturales más importantes de la historia de la isla. El día 7 de noviembre de 1826 cayó sobre Tenerife una enorme tromba de agua que ocasionó un total de 243 victimas mortales. Aunque los municipios más castigados fueron La Orotava (104 muertos) y La Guancha (52), también se vio afectada la villa de San Juan de la Rambla.
El cura beneficiado de la iglesia del Realejo Alto, don Antonio Santiago Barrios cuenta que "este pueblo fue uno de los que más sufrieron en el aluvión de la noche del siete al ocho de noviembre. Antes de esta desgraciada noche era este pueblo, aunque pequeño, muy hermoso, y sus habitantes se habían esmerado en su aseo y presentaba un golpe de vista muy agradable; tenía un puente regular a la entrada de la plaza de la parroquia, por la parte del naciente de ésta; sus calles estaban muy bien empedradas, y todo él. El aspecto público estaba con el mayor aseo; mas, la noche del aluvión quedó todo arrasado como así su Ayuntamiento".


En la actualidad el casco histórico de San Juan de la Rambla sufre los problemas inherentes a la conservación de los bienes patrimoniales. Algunas de las casas muestran señales inequívocas de abandono y el sempiterno cableado aéreo de telefonía y electricidad afea rincones que serían muy hermosos. Además, sorprende encontrar en el viario local nombres pertenecientes al pasado franquista. No nos parece de recibo que aún hoy en día aparezcan calles dedicadas a José Antonio o Calvo Sotelo.

No obstante, quizá el golpe más grave que ha recibido el casco histórico en los últimos años ha sido el traslado de la sede del Ayuntamiento hacia el barrio de San José. Al margen de aspectos políticos o administrativos, desde el punto de vista de la conservación del patrimonio desposeer a los centros históricos de las ciudades o pueblos de cualquiera de sus funciones (políticas, administrativas o comerciales) no ayuda en absoluto a su conservación, pues se vacían de contenido y se sitúan en mayor riesgo de deterioro y abandono.
Durante el mandato de la alcaldesa Fidela Velázquez se consiguió que el CICOP (Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio) ubicara su sede física del norte de la isla en San Juan de la Rambla lo que sin duda permitirá promocionar, restaurar y cuidar su centro histórico para convertirlo en referencia nacional de patrimonio.

Pese a todos los problemas señalados, pasear lentamente por sus calles silenciosas, saludando a los pocos vecinos que se nos cruzan y respirando un aire que parece detenido en el tiempo, convierten a este rincón en uno de los más hermosos de Tenerife.

lunes, 8 de julio de 2013

Las ruinas del Balneario

por Charo Borges


Cuando una pasa, casi a diario y a lo largo de los últimos años, por delante de lo que queda de las fachadas del antiguo Balneario de Santa Cruz y de la Residencia de Educación y Descanso José Miguel Delgado Rizo, no le queda otro remedio que asociarlas a una época estupenda de su infancia y juventud.

Cuando una pasa por lo que queda de la zona posterior de ambos edificios, de manera extraordinaria y para sacar fotos de las mismas, no le queda otro remedio que sentir mucha tristeza y desolación ante el espectáculo sobrecogedor al que se ha dejado que llegue una de las joyas del ocio de gentes canarias, peninsulares e internacionales.

Lo descubrí hace un par de meses y la visión de aquellas ruinas me encogió el corazón y me impactó desagradablemente. Me costó asimilar lo que estaba viendo, porque nunca pensé que aquel emblemático Balneario al que a diario acudíamos cientos de usuarios de la época, para pasar una jornada de feliz asueto, estuviera en un estado de abandono y ruina tan deplorable. En aquella ocasión, no pude sacar fotos y, con la decisión firme de hacerlas públicas, volví hace pocos días para tomarlas.

En una y otra ocasión, me resultó muy extraño ver lo que queda de todo aquel recinto, engullido y rodeado por el asfalto, por los vehículos que circulan por la Vía de Servicio del Puerto y por una gasolinera y sus instalaciones accesorias. Me faltaba algo fundamental en mis recuerdos, necesitaba rescatar la visión del Balneario y su Residencia con su playa de callaos y el mar batiendo suavemente contra ellos. Por contra, me pareció estar contemplando una maqueta gigante, con signos similares a los de un bombardeo, en medio de un paisaje deshumanizado y tecnificado.

Ese mar que echo en falta fue empujado, hacia afuera, a la fuerza. Alejado todo lo que se consideró necesario, con la ayuda de toneladas y toneladas de relleno, hormigón y asfalto, para construir la enorme explanada que, desde los primeros 90, ocupa la prolongación del puerto de la capital y llega hasta la dársena pesquera que finaliza muy cerca de San Andrés. Una explanada llena de pilas amontonadas de contenedores, además de algunas edificaciones portuarias y que, entre todos, han fabricado un auténtico muro que no permite, siquiera, la vista de ese mar empujado. Hecho este prólogo de nostalgias y sensaciones, pasemos a justificar, con datos, lo que para algunos puede resultar una exageración: que la Residencia y el Balneario fueron una de las joyas del ocio local, peninsular e internacional, teniendo como referente su primera década de existencia.

Entre Julio y Septiembre, de los años 50, una media de 700 personas distribuidas en turnos de diez o quince días, disfrutaban de alojamiento y pensión completa en las instalaciones de aquella residencia modélica, a la orilla del mar. Los precios eran muy asequibles, para los trabajadores de entonces. En los turnos familiares, cada componente pagaba diez pesetas por día, y en los individuales, quince. La capacidad de la Residencia era de algo más de un centenar de plazas individuales y en torno a las noventa familiares. La vida allí era de total libertad, respetándose los horarios para las comidas y para el cierre de la instalación, que era a la una de la madrugada. En las tardes-noches, se celebraban juegos, concursos y bailes, para chicos y mayores y, cada turno, disfrutaba de dos excursiones a distintos puntos de la isla. El tiempo de estancia se clausuraba con una animada fiesta protagonizada por los propios residentes y en la que se hacía entrega de regalos y diplomas a los que habían participado en las distintas actividades celebradas. El uso de las instalaciones del Balneario era independiente y, si se accedía a él, la entrada les costaba la mitad que a los no residentes.


El período veraniego estaba reservado para los trabajadores sindicados que, con o sin familia, residían en nuestras islas, pero, por parte de los responsables de la Organización Sindical de la que dependía la Residencia, se hacían gestiones y se fijaban directrices, para organizar turnos con productores agropecuarios procedentes de la península, Norte de África y resto del extranjero, con intercambio de los trabajadores nacionales y los del país que nos visitaba. La presencia de estos últimos se estrenó con la estancia de veinticuatro ingleses, a los que se llevó a visitar lo más representativo de la isla, comenzando con el Teide y todo el entorno de Las Cañadas. El personal que sacaba adelante las prestaciones del establecimiento público, estaba formado por diecisiete empleados: el director, dos auxiliares dedicados a la administración y la intendencia, un cocinero, tres ayudantes, un pinche, un camarero, un portero y siete encargadas de la limpieza. Tanto la Residencia como el Balneario contaban con un Patronato cada uno y, ambos, por medio de sus representantes sindicales, llevaban a la Organización las sugerencias y deseos de los usuarios de las citadas dependencias.

Hoy, más que sugerirles un paseo por lo que queda de ellas, he querido traerles un poco de su función cotidiana. Mi intención última es que sirva de homenaje a todos los que aprendimos a nadar en aquel entrañable rincón, a los que fueron grandes nadadores de los equipos que allí se formaban y entrenaban, y a quienes tuvieron el placer y la fortuna de vivir días magníficos en aquella instalación modélica y avanzada. Ninguna de estas virtudes impidió que la ambición desmedida de unos pocos, sobre el bien común de muchísimos, y el afán megalómano de unos políticos insensibles e insaciables, acabara con aquel reducto de indudable valor social, por encima de ningún otro. Para quienes deseen conocer datos precisos de la historia y los avatares de estas tristemente desaparecidas instalaciones, les facilito unos cuantos enlaces con distintos medios de comunicación locales, que, con frecuencia, han abordado y abordan un tema tan ligado al devenir de esta capital:

EL DÍA, 29 de agosto de 2011

20 MINUTOS, 13 de mayo de 2008

EL DÍA, 2 de abril de 2012 

DIARIO DE AVISOS, 28 dea gosto de 2012

EL DÍA, 31 de julio de 2003

LA OPINIÓN, 7 de septiembre de 2009

EL DÍA, 5 de abril de 2011

NOTA: Pueden leer otros artículos de Charo Borges sobre nuestro patrimonio en su blog Paseando por mi ciudad 

lunes, 1 de julio de 2013

Caminos reales de Tenerife

por Melchor Padilla


En La Ladera de Güímar un sendero ancho empedrado y flanqueado por muros de piedra seca sube serpenteando hasta lo alto. A sus pies un letrero señala su nombre: Camino Real. Es un nombre que se repite con mucha frecuencia en la toponimia, no sólo de nuestras islas sino también de la península Ibérica y de muchas zonas del antiguo imperio colonial americano, por lo que lo hallamos presente en todos los territorios que estuvieron bajo la autoridad de la monarquía hispánica.

Damos el nombre de caminos reales a las vías de comunicación terrestre cuya propiedad y jurisdicción pertenecían a la corona. Tenían como fin el permitir el traslado de personas y mercancías entre los distintos lugares de la isla y su apertura y mantenimiento se encomendaron al Cabildo, que en sus ordenanzas establecía que los caminos reales debían tener un ancho de una soga toledana, es decir unos siete metros, estar vallados y debían salvar los desniveles en zigzag para hacer más fácil el desplazamiento por la abrupta orografía de la isla. En La Laguna todavía existe una calle que se denomina Camino Vallado, resto del antiguo camino hacia La Esperanza, hoy cortado por la pista del aeropuerto.

Pero no todos los caminos poseían estas características; algunos eran simplemente caminos de herradura de un ancho que no llegaba a los dos metros pero que permitía el paso de las reatas de bestias de carga que eran, en su mayoría, las encargadas de realizar el transporte de las mercancías. En Las Peñuelas, en Tegueste, queda un resto de este camino de herradura que, tras salir de La Laguna por Las Gavias, bajaba por la ladera norte de la Mesa Mota hasta Tejina y que era conocido como ‘Camino de los Tejineros’.

Algunos de estos caminos tuvieron su origen en los antiguos caminos de los pobladores indígenas de la isla y por ello todavía se puede encontrar en algunos municipios de Tenerife como Tacoronte, La Matanza, Santa Úrsula o La Orotava el topónimo de Camino de los Guanches. No obstante, a partir de la conquista se desarrolló un programa de creación de vías que se adaptó a las necesidades agrícolas, ganaderas y mercantiles de los conquistadores y a su cultura material. En una fecha tan temprana como 1509 el camino real del norte llegaba hasta Daute, tras pasar por Tacoronte y la Orotava. De esta vía nos quedan todavía los nombres de Camino de la Villa en La Laguna y de Calle Real de la Orotava en La Matanza.


Más tardaron en abrirse los caminos hacia el sur, pues a principios del XVI sólo llegaban hasta Güímar, ampliándose las rutas en la segunda mitad del siglo, tras la colonización de Adeje y Vilaflor y los primeros asentamientos de Granadilla y Arico. Tras enlazar, ya a finales del siglo XVII, con Daute por el sur se creó un anillo de caminos que bordeaba la isla.

Pero también existieron caminos que cruzaban la isla de banda a banda. Los más importantes fueron el que conducía de La Orotava a Candelaria, muy importante dada la devoción mariana en la isla, y el Camino Real de Chasna, que unía La Orotava con el sur de la isla a través de dos ramales, que iban uno a Granadilla y el otro a Vilaflor a través de Las Cañadas. El tristemente desaparecido estudioso Raúl Melo nos dejó escrita una relación detallada de los caminos reales de la isla y sus referencias documentales. Esta red de caminos subsistió hasta bien entrado el siglo XIX y tenemos constancia de que en 1845 un grupo de presidiarios realizó trabajos de mantenimiento en el camino real de Güímar, pero la creación de un sistema de carreteras desde esos años hasta la mitad del siglo XX acabó con muchas de esas vías, ya por superposición de las nuevas o por el corte de algunos tramos.

Pero ¿queda algo de aquellos caminos en la actualidad? El auge que han alcanzado en los últimos años las actividades en la naturaleza ha revalorizado de manera significativa deportes como el senderismo en el que estos caminos vuelven a tener una gran importancia, lo que todavía hoy nos permite encontrar restos de los antiguos caminos reales de la isla en la red de senderos que recorren lugares tan diversos como el de San Marcos-Arenas Negras en Icod, el de Las Aguas-El Rosario en San Juan de La Rambla, el de Ruigómez-Las Manchas-Arguayo de El Tanque y Santiago del Teide, en el Camino Real de Fasnia o en Las Vueltas de Taganana en Anaga.

Señala J.J. Cano que “Estos caminos tradicionales: caminos reales, caminos de herradura y caminos vecinales, entre otros, han sido hasta fechas recientes, un recurso patrimonial, turístico y económico, desatendido y en algunos casos, un recurso desaparecido o destruido.” Se hace preciso, pues, poner en valor el paisaje a través de las actividades de senderismo recuperando para ello el patrimonio histórico y cultural que suponen estas vías.

Parece que en este caso las distintas administraciones están siendo conscientes de ello y se está llevando una importante puesta en uso de los viejos caminos reales de la isla.

lunes, 24 de junio de 2013

La Casa del Barco de La Verdellada

por Melchor Padilla

Buscando información gráfica en la red nos hemos encontrado casualmente con una antigua postal de un fotógrafo sin identificar que, posiblemente entre 1895 y 1900, plasmó con su cámara una escena que titula 'Tenerife. El barco; capricho campestre'. En ella podemos contemplar una casa tradicional canaria y, tras ella, un árbol de cierto porte sobre el cual aparece el esqueleto de un barco velero con dos mástiles y un bauprés. Desde este barco una pareja de jóvenes mira hacia la cámara. ¿En qué parte de la isla está tomada esa fotografía?

Un elemento del paisaje nos revela el secreto, pues a la izquierda de la imagen aparece la estampa inconfundible de la montaña de San Roque, vista desde la zona que hoy ocupa el lagunero barrio de La Verdellada. Con estos datos nos atrevemos a asegurar que estamos contemplando una de las imágenes más antiguas de la que hoy es conocida como la Casa del Barco. En las imágenes de esta casa en la actualidad podemos ver el mismo árbol, un alcornoque, que sostuvo en tiempos el velero, aunque la montaña ya no se divisa con claridad debido a la construcción de un edificio en las últimas décadas.


La Casa del Barco, cuyos orígenes algunos sitúan en el siglo XVI, fue el núcleo fundacional de lo que hoy es el barrio de La Verdellada, cuyo nombre procede, al parecer, de la uva verdello que se cultivaba en la zona. Se trataba de una casa rural con un aljibe que permitía el regadío de los cultivos de la finca. Ese aljibe existe aún hoy en día y sobre él aparece el que quizá sea el último molino de viento de este tipo de Tenerife.

Estos molinos, llamados de tipo americano, fueron producidos masivamente en Estados Unidos desde finales del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial. Al finalizar el siglo XIX sólo la compañía Aermotor produjo más de ochocientos mil molinos de viento. La tecnología del molino americano se difundió en todo el mundo durante la última década del siglo XIX y se producían, bajo licencia o con diseños similares, en muchos países. La implantación de la electricidad hizo que fueran desapareciendo paulatinamente de nuestro paisaje, aunque todavía es posible ver alguno funcionando en la isla de Fuerteventura.

En la época en que se hizo la fotografía la casa fue dedicada a merendero, que contaba como principal atractivo con el barco sobre el árbol en el que se podían degustar las viandas y bebidas del establecimiento. En una imagen aérea de 1961, vemos la casa y la finca con una era, hoy desaparecida, lo que prueba la importancia del cultivo de cereales en la zona. El plano del barrio apenas se está empezando a configurar en esa época, pues solo existe la manzana entre la avenida de La Salle, el Camino Real y la calle Francisco Afonso Carrillo. Por encima, unas pocas casas dispersas que no llegan hasta la actual calle Domingo Pérez Minik. Esta imagen nos da, pues, una idea de lo que fue esta zona de La Laguna antes del gran desarrollo poblacional de los años 60 y 70.

La Casa del Barco fue salvada de su demolición gracias a la acción de los vecinos de la Verdellada que ven en ella todo un símbolo de su barrio. En el año 2009, el ayuntamiento se comprometió a restaurar la casa y convertirla en un centro de carácter sociocultural, pero hasta el momento no se han iniciado los trabajos.

POST SCRIPTUM

Un buen amigo, Carlos Filpes, nos envía algunas imágenes de la Casa del Barco. Fueron tomadas por el fotógrafo aficionado Pedro de Marinas Pérez de Évora a principios de siglo. Gracias por tu atención, Carlos.




lunes, 17 de junio de 2013

El Torreón de Ventoso: un mirador sobre el mar

por Melchor Padilla


En 1821 Alfred Diston, un comerciante inglés afincado en el Puerto de la Cruz, pintó dos pequeñas acuarelas que tituló “Vista desde la ventana de mi cuarto” en las que representó dos vistas panorámicas de la ciudad en aquel tiempo. En una de ellas vemos levantarse, sobre el fondo del Teide y los farallones de Tigaiga, una esbelta torre. No es otra que la que hoy conocemos con el nombre de Torreón de Ventoso, que es un edificio ligado al pasado mercantil de esta ciudad del norte tinerfeño.

La casa o palacete de Ventoso presenta la típica fachada de tres plantas, con distribución regular de vanos asimétricos y balcón cubierto central. Posee, asimismo, uno de los elementos más característicos de la vivienda levantada en un lugar portuario: el mirador. Desde él , pieza lógica en una población de importante tráfico comercial, se garantizaba la contemplación total de la bahía portuense. Este tipo de construcción, el mirador, se halla presente en diferentes poblaciones costeras de la isla donde el comercio naval ha tenido una importancia muy grande. Su función era servir de atalaya a sus propietarios para conocer el movimiento portuario, ya que los primeros en llegar al muelle tenían preferencia a la hora de hacer las transacciones comerciales con los navíos que arribaban al puerto. Hay miradores, por ejemplo, en la Casa de Carta de Santa Cruz o en la de Ponte en Garachico y, aunque no siempre adoptan la misma forma, tienen en común el estar ubicados en lugares marcadamente prominentes y con una visión despejada en todas direcciones. El caso que nos atañe tiene la torre más alta de este tipo en la isla.


Este emblemático edificio portuense se construyó a principios del siglo XVIII y sus primeros propietarios fueron el capitán Juan de Arbelo y su esposa Catalina Pérez de los Ángeles. En 1730 los herederos alquilan el palacete al irlandés, natural de Waterford, Bernard White, que tenía un negocio de exportación de vinos e importación de cereales, granos y maderas desde las Islas Británicas y Estados Unidos. Bernard White, cuyo apellido españolizó en Blanco, mandó construir en 1750 el torreón. De base cuadrada, consta de sótano, cinco pisos y azotea. Se accede a la torre por una escalera de madera techada exterior que lleva a la altura la segunda planta. Los vanos de las ventanas son de guillotina y están situados en los cuatro siguientes pisos. En el último piso los cuatro balcones no son del mismo tamaño, pues el que mira al mar tiene mayor dimensión.

Tras la ruina de los Blanco, a finales del siglo XVIII, la casa fue vendida a una familia mercantil de origen gallego, los Ventoso, que acabaron dando nombre al edificio. En 1910, los herederos alquilan la casa, que será utilizada sucesivamente como grupo escolar, gallera para las peleas de gallos, lugar de ensayos de la banda municipal de música y, parte de ella, como ciudadela. Tras el incendio que sufrió en abril de 1925 el ayuntamiento del Puerto de la Cruz, es trasladado a la casa Ventoso. En 1936, tras el comienzo de la guerra civil, sirvió de acuartelamiento militar durante unos cinco años.

En 1950, por iniciativa del sacerdote padre Flores Ghöbbe, el edificio pasa a manos de la Iglesia para albergar en ella la casa de los muchachos Pío XII. Siete años más tarde se inaugura como colegio regentado por los Padres Agustinos y como tal funciona durante casi cuarenta años hasta su cierre definitivo en 1995.

En abril de1988 se incoa el expediente de declaración de Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento Histórico para el torreón. Han pasado ya veinticuatro años y sigue sin resolverse dicho expediente, pues todavía en enero de 2011, el cabildo de Tenerife publicaba un anuncio relativo a la apertura del trámite de audiencia en el expediente de declaración de BIC ya que la resolución de 1988 no establecía la delimitación gráfica y escrita ni la justificación de la delimitación y la descripción del edificio en cuestión. El cabildo trataba en estos anuncios de localizar a los propietarios de las fincas urbanas afectadas porque, al parecer, no habían tenido éxito los intentos anteriores de localización de los mismos.

En 1997, el torreón fue objeto de restauración por parte del Cabildo y en 2000, siendo alcalde Salvador García, el ayuntamiento y el obispado firmaron un convenio quinquenal renovable que posibilitaría la apertura al público del edificio. Se estudiaba también la posibilidad de compra por parte del ayuntamiento portuense de la finca para crear un complejo cultural, histórico y turístico. El 31 de julio de 2006 la Corporación, presidida por Marcos Brito, acordó pagar al Obispado un alquiler de 1.500 euros mensuales por el conjunto de Ventoso hasta tanto se pudiera ejecutar la compraventa acordada. Durante el mandato de la alcaldesa Lola Padrón se consiguió del Ministerio de Cultura la financiación para la restauración del conjunto arquitectónico del palacete y el torreón.

En nuestros días, todavía no se ha conseguido destinar el edificio a ninguno de los objetivos que se pretendían. El Torreón de Ventoso es un ejemplo más del difícil entramado que se crea en nuestra isla con la declaración de los bienes patrimoniales. Parece que la desidia de algunas autoridades unida a ciertos intereses particulares impiden, como en otros muchos casos el disfrute por parte de los ciudadanos de la isla y de los numerosos visitantes de un monumento tan señalado como este.