lunes, 12 de mayo de 2014

Un Corpus lagunero señalado

por Melchor Padilla


El día 29 de mayo de 1929 el periódico tinerfeño La Gaceta de Tenerife anunciaba en una gacetilla los actos programados para el día siguiente, festividad del Corpus Christi, en San Cristóbal de La Laguna. Entre estos, pues la fiesta tenía mucha más importancia en aquellos tiempos que ahora, se incluían no sólo actos religiosos sino también otros mas profanos como una luchada en la que se enfrentaban un combinado de Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura y otro de Tenerife, conciertos de música en la plaza de la Catedral y la calle de la Carrera e, incluso, un baile nocturno organizado por el Ateneo en el Teatro Leal. Pero el eje central de la celebración del día era la procesión. Decía La Gaceta: "A las seis de la tarde saldrá procesionalmente de la Catedral el Santísimo Sacramento recorriendo las calles de Obispo Rey Redondo (la Carrera), Nava y Grimón (del Agua), San Agustín y Ascanio y Nieves, que estarán cubiertas por un tapiz de flores naturales, confeccionándose distintas alfombras que llamarán poderosamente la atención." Como era tradicional estaba previsto que acudieran todas las autoridades gubernativas y que fuera como escolta una batería del Batallón de Artillería de Montaña cuyo cuartel estaba en la plaza del Cristo.

Durante todo el día fue numerosa la afluencia de forasteros que recorrieron las calles de la ciudad de Aguere admirando las numerosas alfombras que, como sigue ocurriendo hoy, cubrían las calles por las que iba a pasar la procesión; pero entre ellos había uno que hizo que ese día del Corpus de 1929 quedara para siempre en nuestra memoria visual. 

Nos referimos al fotógrafo Wilhelm Tobien. Poco sabemos de su biografía, únicamente que era alemán, que falleció en 1946 y que recorrió en los años 20 y 30 del pasado siglo muchos países de Europa  -Austria, Suecia, Alemania, Bulgaria, Rumanía, Italia y las islas Azores, Madeira y Canarias- haciendo fotografías que iba publicando en distintos números de The National Geographic Magazine. De su paso por las islas tenemos constancia por las imágenes que tomó durante su estancia aquí en Tenerife, La Palma y Gran Canaria en el año 29 y sabemos por la prensa de la época que viajó desde Tenerife a Gran Canaria entre los días 10 y 12 de junio de ese año. De esos días son las imágenes tomadas por él en esa isla. Asimismo, viajó a La Palma, pero donde obtuvo el mayor número de fotografías fue en Tenerife. Contamos con abundantes imágenes de algunos rincones del valle de La Orotava y Puerto de la Cruz. En la Villa fotografió también imágenes de las alfombras de Corpus. 

Es importante señalar que las fotografías de Tobien no son coloreadas a mano sino que están tomadas utilizando las placas autocromas o la autocromía, una de las primeras técnicas de fotografía en color que se conocen. Fue un procedimiento fotográfico en color patentado en el año 1903 por los hermanos Lumiére y comercializado en 1907 y resultó ser el único procedimiento en color disponible hasta el año 1935. Las que aquí vamos a comentar se publicaron en el número de mayo de 1930 de la citada revista.

Estas son algunas de las imágenes que nos han quedado de aquel día:


Algunos de los Hermanos de la Escuelas Cristianas posan ante su alfombra acompañados de un grupo de niños justo enfrente del Colegio Nava-La Salle en la calle de la Carrera.


Vemos a un grupo de personas delante de la puerta de la Casa del Corregidor, cuya piedra aparece pintada de gris. En la acera unas regaderas para mojar las flores para mantenerlas frescas y darles más peso y que así no las arrastre el viento. Al fondo, la plaza del Adelantado y un coche que enfila la calle del Agua.



Un orgulloso artista se deja retratar ante su obra en la calle de San Agustín, ya cerca de la esquina con Viana. Como siempre en las fotografías de aquella época, un grupo de curiosos se une a la escena.


Alfombras y pasillos de flores ante la iglesia del Hospital de Dolores en la calle de San Agustín. Algunos curiosos y paseantes, entre ellos unos marineros.


Tres soldados francos de servicio, seguramente artilleros del batallón del cuartel de la plaza del Cristo tan ligado a la historia de La Laguna, posan con sus uniformes de paseo ante la puerta de la iglesia del Hospital de Dolores.


No puedo precisar con certeza dónde está obtenida esta imagen pero me inclino a pensar que es delante de la iglesia de San Agustín, en la calle del mismo nombre.


En la última de las imágenes, en esta ocasión en blanco y negro, aparece un grupo de jóvenes laguneras elaborando una alfombra en la esquina de la calle de la Carrera con Ascanio y Nieves. Arriba a la izquierda los jardines de la plaza de la Concepción.

En suma, un Corpus Christi lagunero igual a tantos otros que se han celebrado en la ciudad de La Laguna desde tiempo inmemorial pero que en esta ocasión permanece en nuestra memoria gracias a las imágenes que nos legó Wilhelm Tobien.

NOTA: Las imágenes que se incluyen han sido obtenidas de la red para ilustrar un artículo que, como todos los de este blog, tiene un carácter cultural y educativo y está escrito sin ánimo de lucro alguno.



lunes, 14 de abril de 2014

Depósitos y torreones

por Charo Borges



Desde muy niña, he visto en Santa Cruz unas construcciones muy peculiares que, de siempre, han acaparado mi atención. En casa, oía que los llamaban torreones de la luz, a unos, y depósitos del agua, a los otros. Hoy, continúan ahí. Testigos mudos e inamovibles que han visto cómo han ido transformándose sus alrededores y, a ellos, se les ha ido perdonando la vida. Si esa vida fuera animada, seguro que estarían pensando que si siguen en el mismo sitio y sin grandes cambios, es porque aún son necesarios a la ciudad. Y no se equivocarían. Incluso, a los depósitos de agua en particular, se les adecenta y embellece cada cierto tiempo, con una campaña de mantenimiento encomiable, por parte de la empresa que gestiona los asuntos del líquido elemento. Seguramente, como parte de su compromiso legal con la institución pública que dirige esta ciudad. 


Menos cuidadas aparecen las tres antiguas estaciones transformadoras, que permitieron los inicios de la iluminación de la capital, y que aún se conservan. Según los anales, fueron construidas en la década de los años 20 del pasado siglo, y solían encargarse a prestigiosos arquitectos de la época, siendo el técnico municipal, D. Antonio Pintor y Ocete, el responsable de estos "torreones de la luz", que muestran características del estilo ecléctico imperante en aquellos años. Dos de ellos siguen teniendo vida activa gestionada por la compañía Unelco-Endesa, mientras que el otro sólo sobrevive al paso de los años. Están situados con bastante proximidad, unos de otros. En sentido descendente, la primera de estas viejas estaciones está en la calle Horacio Nelson, en el cruce de esta vía con la del Perdón (antigua General Goded) y el Camino Oliver. 

La siguiente tiene difícil localización, porque se encuentra en el interior de los jardines del Parque García Sanabria. Concretamente, en los aledaños a José Naveiras o de Los Campos, muy cerca del acceso a este recinto, desde esta calle y su confluencia con la de Méndez Núñez. El tercero y último está en la vía ascendente de la Rambla 25 de Julio, frente al antiguo edificio de la Escuela de Comercio, hoy, sede de la escuela de Empresa y Turismo. Además de estas estaciones en forma de torres, se conservan otras dos, en la Cruz del Señor y en Ofra, que no responden, en absoluto, a este diseño, aunque pertenecen a la misma época que las anteriores. La primera es de estilo puramente racionalista y fue diseñada y construida por el arquitecto José Blasco, de cuyo proyecto no se llevó a cabo el edificio anexo que él concibió. Se encuentra en la esquina formada por la Avenida de Ángel Romero, con la calle José Turina. Hoy aparece rodeada de un muro que impide apreciar, por completo, su calidad. Tanto ésta como la de Ofra, pasan desapercibidas, porque están integradas en el mosaico de edificaciones de esas amplias zonas de la ciudad y no están debidamente mantenidas, ofreciendo un aspecto poco deseable, para su indudable valor histórico-industrial. 

Los depósitos de agua potable, más fáciles de localizar en nuestra ciudad, son el de la Plaza de Toros y el de Salamanca. El primero ocupa una buena superficie rectangular limitada por la calle Comandante Sánchez Pinto y la zona de aparcamientos de la calle Horacio Nelson. Tiene una magnífica visibilidad, dado que es una construcción exenta, sin ninguna otra edificación adosada a ella. Hubo un tiempo en el que su aspecto fue bastante lamentable y se temió por su paralización e, incluso, desaparición, pero el crecimiento demográfico imparable y el sentido común de alguna autoridad, han hecho que se la regenerara y recuperara con todo su esplendor. Fue diseñado por Antonio Pintor y Ocete en 1915 y reformado en 1928, a manera de fortaleza de aspecto austero y rudo. Es un recinto totalmente cerrado que presenta en algunas de sus fachadas motivos ornamentales relacionados con la estética masónica. 



El otro depósito emblemático, y anterior al de Horacio Nelson pues el Catálogo de Protección del PGO de Santa Cruz de 2012 data su construcción en el segundo tercio del siglo XIX, es el de Salamanca, llamado así porque su solar se ubica en el límite del barrio del mismo nombre y el del Uruguay, estando su entrada en la calle de Febles Campos. Al contrario que el de la Plaza de Toros, colinda con el Colegio público Salamanca (antiguo José Antonio) y una antigua guardería infantil, gestionada con fondos públicos, y hoy cerrada. Hasta hace unos pocos meses, era imposible saber sus características desde fuera, porque una gran portada metálica y sin huecos, impedía ver su interior. Recientemente, esa portada fue sustituida por una cancela mucho más ligera y abierta y que deja ver un pequeño sector del interior de la instalación. Como la de Horacio Nelson, también dejaba ver un deterioro exterior deplorable, pero se ha subsanado al mismo tiempo que se sustituyó la portada de acceso. 



También en otros lugares de la ciudad, podemos apreciar, con relativa facilidad, depósitos de construcción posterior y de menor interés arquitectónico, como puede ser el de Tío Pino, entre la calle del mismo nombre y la de Pedro José de Mendizábal, en la urbanización Tristán, o también el de la zona de Ofra, en la esquina correspondiente a las calles Nicolás González Sopranis y José Víctor Domínguez, en la trasera de los jardines de la clínica San Juan de Dios. 

Sirvan las muestras de hoy como ejemplo de la arquitectura industrial que se hizo, en esta capital, en la primera parte del siglo XX y que, por fortuna, aún perviven y cohabitan con otras mucho más modernas, pero quizá también más anodinas y de menor interés, desde el punto de vista estrictamente estético, y que es el que siempre mueve a quien esto les cuenta.

NOTA: Pueden leer otros artículos de la autora en su blog Paseando por mi ciudad


lunes, 31 de marzo de 2014

Un artista anglo-canario: Rodrigo Moynihan de la Puerta

por Melchor Padilla

No es infrecuente que en estas islas desconozcamos muchos aspectos de nuestra historia. Esto es consecuencia, por una parte, del aislamiento y el marasmo cultural que creó el régimen franquista y, por otra, de la falta de interés de nuestros gobernantes en los aspectos culturales no relacionados con lo que se ha denominado cultura popular. Todo ello provoca que artistas o intelectuales canarios sean prácticamente desconocidos en la tierra que los vio nacer.

Este es el caso que hoy nos ocupa. Rodrigo Herbert James Moynihan de la Puerta nació en Santa Cruz de Tenerife el 17 de octubre de 1910. Su padre era el británico de origen irlandés Herbert James Moynihan, al que encontramos en 1908 asumiendo la representación para Tenerife de la casa inglesa Dan Wuille & Co. Esta empresa era propietaria de fincas, tanques y galerías de agua y almacenes de empaquetado de frutos, que exportaba al Reino Unido, en varios municipios de la isla, sobre todo en Candelaria. Tenía su sede social en el número 33 de la calle de La Marina de la capital insular. Dan Wuille era, asimismo, fundador de una empresa que, desde su sede en Covent Garden (Londres) actuaba como importadora y distribuidora de frutas y otros productos de las islas. Tenían , además, otra sucursal en Las Palmas, así como una casa mercantil en Liverpool.

Su madre era la tinerfeña María de la Puerta y Guillén que pertenecía a una de las más conocidas familias de Santa Cruz. Era nieta de Juan de la Puerta Canseco (1827-1902), leonés natural de Valencia de Don Juan, quien durante muchos años fue un referente pedagógico e intelectual fundamental en la vida de la capital tinerfeña, pues fue maestro de la gran mayoría de los santacruceros que destacaron intelectualmente en las dos últimas décadas del siglo XIX. Fundó y dirigió las revistas "El Instructor", dedicada a los niños, y "El Auxiliar", también enfocado a la instrucción primaria. Fue autor de varios libros, entre los que destaca "Descripción geográfica de las Islas Canarias". La ciudad de Santa Cruz le dedicó tras su fallecimiento una céntrica e importante calle.

Rodrigo Moynihan recibió su nombre de su abuelo materno, Rodrigo de la Puerta y Vila (1853-1931) Maestro también, ejerció en Tenerife y Gran Canaria hasta que pasó a ocupar por oposición el puesto de inspector de Primera Enseñanza de Canarias. Destaca también por su interesante labor como fotógrafo que, pese a ser secundaria a su trabajo docente, lo llevó a colaborar en varias revistas locales, y participó en varias exposiciones de fotografía. Sus imágenes ilustraron el libro de su padre que citamos más arriba. Casado con la también maestra, natural de Gáldar, Francisca Guillén, el matrimonio tuvo dos hijas: la mayor Laura, reconocida maestra que llegó a ser Directora y profesora de la Escuela Normal Superior de Maestras de La Laguna y María, madre de nuestro artista.

María de la Puerta Guillén, nació en 1890 y siguió también la trayectoria familiar dedicándose a la enseñanza como maestra. Llegó a abrir una escuela en enero de 1910 de 1ª y 2ª enseñanza en Santa Cruz para que pudieran cursar estudios las aspirantes a maestras elementales y superiores. En marzo de ese mismo año contrajo matrimonio con H.J. Moynihan, fruto del cual fue nuestro artista. Tras unos años más de estancia en Tenerife, en 1918 la familia se trasladó por motivos laborales primero a Londres y, más tarde, a Madison en Wisconsin (EE.UU.) donde Rodrigo Moynihan hizo sus estudios secundarios. Tras una estancia en Roma comienza a interesarse por la pintura y permanece entre 1928 y 1931 realizando estudios artísticos en la Slade School of Fine Art de Londres.

A principios de la década de 1930 participó, junto con otros pintores, en la formación del grupo ‘Objetive’ por lo que se le considera uno de los pioneros de la pintura abstracta inglesa.Con el desarrollo del realismo social, a finales de 1930, Moynihan abandonó la abstracción y desde 1937 se asoció estrechamente con la Escuela de Euston Road.


Tras el estallido de la II Guerra Mundial, Moynihan fue movilizado, sirviendo en la Royal Artillery y más tarde, tras una herida, fue nombrado miembro del Comité Asesor de Artistas de Guerra. De su obra de este periodo se hizo muy famoso el retrato de la soldado Clarke, miembro del Servicio Auxiliar Territorial (ATS) femenino. Entre 1948 y1957 ejerció como profesor de pintura en el Royal College of Art de Londres, lo que acrecentó su fama e hizo que recibiera importantes encargos de retratos de lo más granado de la sociedad inglesa. Incluso pintó para la Casa Real un retrato de la por entonces todavía princesa Isabel.

Pese al éxito adquirido, en 1957 abandonó el Royal College of Art y la Royal Academy of Arts para la que había sido elegido, trasladándose a vivir a Francia. Tras retornar a otra etapa abstracta, a partir de 1970 se especializó en naturalezas muertas y volvió al retrato realizando en esta época los de la primera ministro Margaret Thatcher o del pintor Francis Bacon. Obra suya está expuesta en museos tan importantes como The Tate Gallery, Robert Miller Gallery o National Portrait Gallery. Un excelente resumen de su obra puede contemplarse en esta página de la BBC. Moynihan se casó en 1931 con la artista Elinor Bellingham-Smith con quien tuvo un hijo, John Moynihan. Tras divorciarse en 1960, se casó con otra artista Anne Dunn con la que tuvo un segundo hijo Daniel "Danny" Moynihan.

Rodrigo Moynihan de la Puerta falleció el 6 de noviembre de 1990. Nuestra sociedad, tan acostumbrada a llevar a cabo homenajes públicos a personas de dudoso mérito que ven su nombre en calles y plazas, ¿no debería dedicar una calle en Santa Cruz a la memoria de este hijo suyo que goza de reconocimiento mundial?





jueves, 27 de febrero de 2014

Castillos de Lanzarote: San Gabriel

por Agustín Pallarés Padilla


Este castillo nació como consecuencia del ataque a la isla perpetrado por el pirata argelino Dogalí en 1571. A raíz de este aciago suceso fue enviado a Lanzarote por la Real Audiencia de Canarias el arquitecto militar Gaspar de Salcedo con objeto de planificar un fuerte que defendiera el Puerto del Arrecife, que era cómo se llamaba entonces a la actual capital de la isla. 

La nueva fortaleza se construyó entre 1572 y 1576 sobre la parte más elevada del islote entonces llamado de Fuera, que a partir de ese momento cambió su denominación por la de El Islote del Castillo. En esta primera fase la fortaleza se redujo a un edificio de planta cuadrada de poco más de 11 m de lado, con un baluarte en cada esquina de los denominados en punta de diamante. Su estructura exterior se hizo a base de mampostería y cantos labrados, con la plaza de armas o azotea rodeada de un muro o parapeto muy bajo, de apenas tres pies de altura, en tanto que la distribución interior de los diferentes compartimentos era de madera. El acceso a la fortaleza desde tierra firme se efectuaba en aquellos primeros años tomando en primer término el muellito que la enlazaba con el Islote de Tierra, que era el que sirve de apoyo en la actualidad al Puente de las Bolas, en tanto que la distancia de unos 100 m que hay entre este islotillo y el del castillo, había que salvarla a pie cuando aquel tramo quedaba en seco por la bajada de las mareas, o valiéndose de un bote cuando las aguas lo cubrían.

En 1586 se produce la invasión del pirata argelino Morato Arráez. Si bien el desembarco de las tropas la realizó por Los Ancones, a unos 9 Km al N de Arrecife, pocas horas después Morato ocupó el referido puerto, apoderándose fácilmente de su fortaleza. Durante el asalto a que fue sometido este enclave marítimo los atacantes mataron a un artillero y capturaron a otras once personas que se hallaban en el interior del castillo, sometiendo a continuación el edificio al fuego hasta calcinar todas sus estructuras interiores de madera.

En su visita a la isla en 1591 Torriani describe al castillo y deja instrucciones escritas para su reconstrucción y mejora, tal como puede verse en su citada obra. Pero lo cierto es que estos proyectos del ingeniero italiano no se llevaron nunca a efecto, continuando la fortaleza fuera de servicio, en estado ruinoso, hasta 1666, año en el que fue reconstruido el castillo, practicándosele una amplia y profunda reforma que lo dejó en condiciones normales de operatividad. Consistieron dichas obras en construir las paredes de distribución de las habitaciones de obra de fábrica, en tanto que los techos se hicieron en bóveda a base de cantos labrados al efecto. También se elevaron las cortinas o paredes exteriores aumentando con ello la altura de los parapetos, se enlosó la plataforma o azotea, se construyó una escalera interior para subir a la misma y se dotó de un aljibe, una mazmorra y unas garitas. Fue, por cierto, a partir de este año cuando se comenzó a denominar a la fortaleza, que hasta entonces había sido conocida como el Castillo del Arrecife, con el nombre de San Gabriel, según se cree en honor de don Gabriel Lasso de la Vega, Capitán General de las islas en aquellas fechas, bajo cuya égida se llevó a efecto la reconstrucción.

Setenta y seis años después, en 1742, fue sometido de nuevo el castillo a importantes obras de reforma que modificaron sustancialmente su fisonomía exterior, pues se le unieron los baluartes de las esquinas con un grueso muro corrido, rellenándose con escombros y arena el corredor que había quedado entre ambas paredes, con lo que el edificio adquirió mayor volumen y la superficie de la plaza de armas o azotea quedó notablemente ampliada, obras que fueron proyectadas y dirigidas por el ingeniero Antonio Riviere.

La primera acción militar importante en que el castillo se vio involucrado después de esta reforma fue en 1762. En ese año dos buques corsarios ingleses de alto bordo, el Lord Anson y el Hawke, atacaron el Puerto del Arrecife echando en tierra unos cien hombres. El castillo fue silenciado con las primeras andanadas de los cañones de las poderosas naves. No obstante éste logró poner al poco su artillería en servicio acosando a los marinos ingleses apenas desembarcados, pero de nuevo la superioridad cañonera de los buques corsarios dejó fuera de operatividad al castillo. Luego, al intentar desembarcar el comandante del Lord Anson por sus proximidades en una chalupa, fue muerto por un disparo de fusil hecho desde tierra por el teniente coronel Carlos Monfort, que se había ocultado detrás de una peña próxima al castillo, lo que provocó la retirada definitiva de los corsarios. Cuenta a este respecto el historiador canario José Agustín Ávarez Rijo como hecho anecdótico que el hijo de aquél, Mateo Monfort, administrador de tabacos de la isla, guardaba con orgullo, como una reliquia, el fusil con el que el padre había logrado tal proeza.

En 1810 se vio esta fortaleza implicada en la llamada ‘Guerra Chiquita’, que consistió en un amotinamiento popular que intentó impedir la toma de posesión del coronel Bartolomé Lorenzo Guerra como gobernador de la isla en sustitución del que ocupaba el puesto interinamente el capitán José Feo de Armas al haber sido nombrado el primero para el cargo por la Junta Central del Reino creada durante la Guerra de la Independencia. Durante esta sonada revuelta social un cañonazo disparado desde este castillo, en el que se había refugiado Lorenzo Guerra, mató a uno de los insurgentes.

A finales de ese siglo, concretamente el 27 de febrero de 1895, fue declarado por real orden inútil el castillo en su función militar, dados los avances conseguidos por estas fechas en el campo de la artillería que lo hacían prácticamente ineficaz para tal cometido.En 1972 se inaugura este castillo como museo arqueológico previa compra al Ejército por el Ayuntamiento de Arrecife. Un año después se realizan en el edificio varias modificaciones con vistas a ampliar su capacidad interior, tales como el vaciado del relleno de escombros que se le había puesto entre las paredes exteriores primitivas y el muro corrido que se le hizo en 1742 por fuera de aquéllas. Como consecuencia de ello hubo que enlosarle la azotea, acondicionándosele además la explanada exterior delantera.


Últimamente, hace apenas un par de años, fue sometido el edificio a determinadas reformas de nuevo, cometiéndose, al igual que había ocurrido con el castillo de Guanapay en 1981, errores estéticos garrafales, al menos en lo que a las terrazas que lo circundan se refiere, ya que han sido cubiertas con baldosas modernas de superficie lustrosa que nada tienen que ver con las toscas baldosas propias de las pasadas épocas de funcionalidad militar del castillo, siendo además dotadas de pasamanos de acero inoxidable, material asimismo desconocido en aquellos pretéritos tiempos, sin que nadie, ni ninguna entidad oficial haya opuesto el menor reparo.

En cuanto concierne a la construcción de su anexo el Puente de las Bolas, hay que decir antes de nada que en absoluto intervino en la misma Leonardo Torriani como empecinadamente se ha venido sosteniendo hasta ahora, ignorándose quién o quiénes lo hicieron. No obstante, dada la fecha en que se construyó, en los mismos años que el castillo de San José, o sea la década de los setenta del siglo XVIII, parece de lógica elemental suponer que lo fueran algunos o alguno de los técnicos que construyeron este último fuerte.Con anterioridad el puente consistía en unos simples tablones sueltos tendidos sobre el paso abierto en el camino o adarve que aún enlaza tierra firme con el puente actual, que podían por lo tanto quitarse a voluntad para permitir el paso de las embarcaciones arboladas que tenían que pasar al Charco de Juan Rejón o viceversa.

domingo, 9 de febrero de 2014

¿Cómo destruir la historia de Canarias?: elitismo y disneyficación»

por Álvaro Santana Acuña

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?
En los libros constan los nombres de reyes.
¿Llevaron los reyes los bloques de piedra a cuestas?
(Bertolt Brecht, 1935)

Canarias y su historia van camino de convertirse, si nadie lo evita, en un parque temático. En el futuro los canarios visitaremos los monumentos heredados del pasado como quien en Disneyland se pasea por un reino postizo y especioso de cartón piedra. La creciente «Disneyficación» de nuestro pasado y entorno cotidiano está íntimamente conectada con la manera despersonalizada, incoherente y elitista en que entendemos y custodiamos el patrimonio histórico. Para una gran parte de la opinión pública e instituciones políticas, sólo han de ser protegidos los monumentos más famosos y singulares (palacios, iglesias, conventos, casas solariegas, etc.), lo que además facilita su explotación como lucrativas atracciones turístico-culturales. Aunque no cuestiono su grado de protección y valor histórico, estos monumentos representan exclusivamente a una minoría; mientras continúa la ignominia y desaparición de los más representativos (la casa terrera urbana, la vivienda unifamiliar rural, etc.). En efecto; quien haya visitado un parque temático de Disney habrá recorrido, por ejemplo, el lujoso palacio de la Bella Durmiente. Pero nunca habrá explorado el interior de las humildes casas de los campesinos del reino. Sencillamente porque no existen.

De modo similar, la «Disneyficación» del pasado canario amenaza con confundir la historia de ciudades, pueblos, yacimientos arqueológicos y espacios naturales con la historia de una minoría dueña de suntuosos palacios e iglesias. Los monumentos de esa minoría constituirán los únicos reclamos turísticos de un parque temático de islas de cartón piedra, flotando en un océano gobernado por las mareas de un desarrollismo trasnochado y elitista. En realidad, este desarrollismo (que dice buscar la conservación de nuestro pasado) protege obstinadamente el palacio de la Bella Durmiente, mientras destruye sistemáticamente las casas de los campesinos del reino y en su lugar construye una autopista, aparcamientos y varios restaurantes para facilitar a los turistas canarios y foráneos la cómoda visita del palacio y el resto del parque temático.

Mi diagnóstico, quizás, le parezca al lector exagerado e incluso caricaturesco. Sin embargo, los casos que refiero a continuación evidencian (1) que la protección del patrimonio histórico canario está gobernada por una concepción profundamente elitista de nuestro pasado y (2) que las instituciones políticas (tanto a escala regional como insular y local) encargadas de la conservación y defensa patrimonial se han convertido, deliberada o accidentalmente, en el brazo ejecutor de esa concepción elitista que va camino de transformar el patrimonio regional en un parque temático de cuento de hadas.

Comencemos por un caso desafortunado. En 2006, un incendio destruyó la Casa Salazar en La Laguna, sede del Obispado de Tenerife. El transcurrir lánguido e inexorable del tiempo acomodó en el seno de la opinión pública la tesis del «desgraciado accidente». Por lo tanto, no ha de sorprendernos que al día de hoy el casco histórico de La Laguna, declarado por la UNESCO Bien Cultural-Patrimonio de la Humanidad hace ya más de once años, continúe careciendo de un plan específicamente diseñado para la prevención, detección y extinción de incendios. Como expliqué con mayor detalle a raíz del incendio, esta carencia resulta aún más alarmante dado que el Ayuntamiento prosigue, impasible, su proyecto de peatonalización del centro histórico, mientras que más del 80 por ciento de las edificaciones que lo componen no disponen de las más mínimas medidas anti-incendios. Los adoquines no se queman, las casas sí.

Como es de sobra conocido, la legislación vigente obliga a hoteles, residencias y museos a contar con eficaces sistemas contraincendios. Pese a su alto valor histórico-artístico, la experiencia de otros desafortunados incendios en La Laguna y en el Archipiélago y, sobre todo, el conocimiento de cuán inflamables son los materiales de las edificaciones históricas canarias, la Casa Salazar carecía, insisto, de un sistema autónomo de extinción con aspersores de agua, como el que tiene una moderna biblioteca o un archivo histórico. La actual inacción institucional y mayoritaria dejadez ciudadana permiten que incendios de estas características puedan repetirse tanto en La Laguna como en cualquier otra isla.

Sin embargo, el incendio afectó a un inmueble protegido por la concepción elitista del patrimonio, lo cual suscitó – aunque tímida y esporádicamente – serias dudas sobre la calidad de la protección del patrimonio regional. Al contrario de lo que las instituciones políticas nos hacen creer, por activa y por pasiva, el gran problema a afrontar no es la falta de fondos económicos, sino la pervivencia de esa concepción elitista de la historia canaria, lo que se traduce en la conservación prioritaria del patrimonio más célebre y monumental. Así, en las ciudades históricas de Canarias, se continúa preservando, celebrando y, cuando se queman, llorando los grandes y singulares monumentos, mientras que la casa terrera urbana (es decir, el tipo de vivienda más representativa) es víctima de la desidia ciudadana y el genocidio institucional. En vez de diseñar soluciones creativas para convivir armónicamente con nuestro patrimonio, se destruye todo aquél que parece insignificante debido a su aparente falta de monumentalidad y valor histórico.


Se pregona que con mantener las fachadas de las casas antiguas preservamos su historia. Este «lifting» del pasado es un error fatal. En primer lugar, porque no existe una política patrimonial que verdaderamente proteja la armonía arquitectónica y urbanística de los conjuntos históricos, sino sólo los monumentos singulares. Y, en segundo lugar, porque la organización del espacio dentro de las viviendas no es eterna. Por ejemplo, no es igual la manera de disponer las habitaciones en una casa del siglo XVI, que en una del siglo XIX o en una de 2011. Esta organización tampoco es igual dentro de una casa terrera que lo era en el interior de la Casa Salazar. Y aunque esto parezca evidente, en los cascos más históricos de Canarias (los que han de dar el mejor ejemplo) sigue reinando despóticamente la política de mantener las fachadas de los edificios que no son grandes monumentos y derribar sus espacios interiores o, simplemente, demolerlos en su totalidad. Ahora bien, ¿qué se gana con mantener una fachada del siglo XVIII que esconde un interior del siglo XXI? Una ciudad a la Disneyland. Esta falsificación del patrimonio que impone la concepción elitista supone, en realidad (queramos admitirlo o no), destruir la historia del Archipiélago. Porque, al fin y al cabo, qué tipo de historia preservamos en nuestras calles para transmitir a las futuras generaciones y mostrar a los turistas que nos visitan: ¿la de la mayoría de la población o la de una poderosa minoría?

Si trasladamos el análisis de las ciudades al campo, la situación se torna aún más desesperada. En las llanuras de Lanzarote y Fuerteventura, los valles y terrazas de La Gomera y El Hierro y en las medianías de Gran Canaria, Tenerife y La Palma, la arquitectura rural tradicional agoniza. Aquí también la concepción elitista reina despóticamente. Impone la conservación y protección de las grandes casonas, mientras que las viviendas más pequeñas (que nos enseñan una simbiosis única en el mundo entre el ser humano y una naturaleza extinta de Europa hace millones de años, como la laurisilva) desaparecen una tras otra como afectadas por una peste. Con el desagraciado añadido del turismo rural, que en los últimos años ha desatado la moda homicida de adaptar casas rurales a las comodidades de un hotel del siglo XXI en medio del monte.

El elitismo afecta también al patrimonio menos visible: los documentos históricos. No me refiero a la situación (muy positiva, dicho sea de paso, tras años de penuria) de los archivos provinciales y diocesanos de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, ni los municipales como el de La Laguna. Por el contrario, me refiero al deplorable estado de los archivos históricos de pequeños municipios, instituciones culturales, empresas privadas y familias. Y a cuya salvación y protección los profesionales de los archivos arriba citados y un puñado de historiadores heroicos han dedicado cientos de horas anónimas desinteresadamente, las cuales ni han sido remuneradas por las instituciones políticas, ni tampoco agradecidas públicamente por los medios de comunicación y la sociedad canaria.

Quizás, la circunstancia más paradójica sea el surgimiento de un discurso nacionalista en las últimas décadas, mientras, que a lo largo y ancho del Archipiélago, los yacimientos arqueológicos de nuestros proclamados antepasados son continuamente expoliados. ¿Por qué? Porque, de nuevo, sólo se protegen determinados yacimientos: los más singulares. El caso más reciente es el de la Cueva Pintada de Gáldar. Tras ser reabierta al público después de años de abandono social y desidia institucional, la Cueva ha sido bautizada como la «Capilla Sixtina» de Canarias. Sin embargo, uno de los yacimientos al aire libre de grabados rupestres más importantes de España y Europa, El Julan en El Hierro, es repetidamente expoliado pese a la denuncia de numerosos herreños que se topan con la sordera institucional.


No acaba aquí el problema del elitismo. Para quienes lo desconozcan, la Cueva Pintada de Gáldar era parte de un sofisticado hábitat protourbano, y no un centro público de ocio de los aborígenes. La Cueva pudo servir de vivienda a poderosos miembros de la nobleza aborigen y/o como santuario sagrado. De hecho, como es bien conocido, Gáldar fue la sede de los Guanartemes y su corte. Al igual que la visita de la Capilla Sixtina en Roma estuvo exclusivamente reservada durante siglos al Papa, la curia vaticana e ilustres personalidades, la contemplación de los motivos geométricos parietales de la «Capilla Sixtina canaria» hubo de limitarse a una reducida elite aborigen. Por lo tanto, ¿cómo hoy puede considerarse a la Cueva Pintada un símbolo de identidad de todos los canarios cuando no lo fue para los de la prehistoria?

Concluiré con otros dos casos que revelan el modo contradictorio e inmaduro en que es tratado nuestro patrimonio. Hace casi ochenta años fue demolido el Castillo de San Cristóbal en Santa Cruz de Tenerife. El Castillo ocupaba gran parte del espacio que hoy es conocido como la Plaza de España. Se decidió demolerlo porque era un adefesio ciclópeo que asfixiaba el desarrollo urbanístico y el progreso de Santa Cruz. Pero el siglo XXI nos ha devuelto al muerto. Removiendo en su tumba en 2006, las obras de reforma de la Plaza de España descubrieron accidentalmente parte de los cimientos del Castillo. La inmediata reacción político-institucional fue congratularse de haber encontrado restos del muerto y además pedir su incorporación necrófila al proyecto de reforma de la Plaza. He aquí como el adefesio ciclópeo pasó ochenta años más tarde a convertirse en necrofilia político-artística: la celebración gloriosa de nuestro pasado en ruinas.

Hoy, con los mismos argumentos empleados para legitimar la desaparición del Castillo de San Cristóbal, se aplaude la decisión de demoler (parcialmente) otro «adefesio» urbanístico de Santa Cruz: la Plaza de toros. Brevemente, se trata de un ejemplo muy importante de la arquitectura historicista canaria de inicios del siglo XX. Además, es el único coso taurino que queda en el Archipiélago. Su ocaso significará el triunfo del desarrollismo urbanístico que no sabe, ni quiere convivir armónicamente con el pasado, sino sólo destruirlo.

El aplaudido apuntillamiento de la Plaza de toros constituye otra muestra evidente de elitismo patrimonial. En efecto, se continúa solicitando la rehabilitación de la logia masónica de Santa Cruz. La logia, que fue construida también a inicios del siglo XX, funcionó como un centro de reunión privada y exclusiva de los masones. Dicho de otro modo. Su importancia histórica e impacto en la vida cotidiana de la ciudad ha sido mucho menor que el de la Plaza de toros. Esto no significa que la logia no deba ser rehabilitada con urgencia. Al contrario, mi objetivo es preguntar qué valor tiene para Santa Cruz y Canarias la Plaza de toros; un edificio abierto al público y por cuyas gradas pasaron varias generaciones de ciudadanos y que, hasta los años ochenta del siglo XX, fue el centro neurálgico de los actos del Carnaval. ¿Será posible que el elitismo y la «Disneyficación» nos hagan estar tan ciegos y ser tan desagradecidos con nuestra historia y patrimonio?

Hasta que los canarios de a pie no entiendan que la conservación de un suntuoso palacio o una mansión señorial es igual de importante que la protección de las casas más pequeñas y menos monumentales que conforman la mayoría absoluta en los cascos históricos canarios y también en el medio rural, su patrimonio les seguirá siendo extranjero a ellos mismos; como si no les perteneciera. De la sociedad canaria depende, por tanto, acabar con el analfabetismo respecto a su historia favorecido desde las instituciones políticas por la concepción elitista que gobierna la preservación del patrimonio. La alternativa que defiendo consiste en apreciar y salvaguardar juiciosamente el patrimonio como una muestra representativa de nuestro pasado, convivir con él en armonía, enriquecerlo con nuestras propias aportaciones y transmitirlo con orgullo al futuro. La otra alternativa, un tumor cancerígeno por extirpar que le ha salido al Archipiélago, se resume en permitir a las instituciones políticas que prosigan con su elitista protección del patrimonio. Así, el tumor se transformará, finalmente, en el ansiado parque temático: Disneycanarioland.

Álvaro Santana es Historiador y Sociólogo. Universidad de Harvard.