jueves, 4 de octubre de 2012

Mercedes Pinto, un espíritu luchador

por Melchor Padilla

El año 2009 la celebración del Día de las Letras Canarias rindió homenaje en todas las islas a la figura de una mujer que, como ocurre con tantos otros personajes importantes de nuestra tierra, es una total desconocida para la mayor parte de los canarios. No es otra que la tinerfeña Mercedes Pinto, nacida en La Laguna en 1883 y fallecida en México en 1976.

Dentro de los actos de esta conmemoración queremos destaca el celebrado el 17 de abril en el Centro de Educación a Distancia de Santa Cruz de Tenerife, centro que lleva desde diciembre de 2008 el nombre de la escritora. El acto consistió en el descubrimiento de una placa conmemorativa, el pase del documental Mercedes Pinto, la poetisa canaria del realizador David Baute y una posterior mesa redonda en la que intervinieron, aparte del director del corto, el periodista y guionista Daniel Millet y la catedrática de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria Alicia Llarena, autora del libro Yo soy la novela, un estudio en profundidad de la biografía y la obra de Mercedes Pinto.

Pero, ¿quién fue esta mujer para hacerse merecedora de todos estos homenajes? Mercedes Pinto, desconocida casi absolutamente en España es, sin embargo, enormemente valorada en los países americanos en los que desarrolló su labor de conferenciante, poetisa y novelista. En Uruguay, Cuba, México y Chile es recordada todavía por su enorme labor cultural. Hija del intelectual tinerfeño Francisco Pinto de la Rosa, destacó desde su infancia por su creatividad literaria, lo que la llevó a ser conocida en las islas como La poetisa canaria. En 1909 contrajo matrimonio con Juan de Foronda, lo que producirá un cambio radical en su vida. Aquejado de paranoia celotípica somete a su esposa a un sinnúmero de vejaciones hasta que en 1919 fue ingresado en un centro de salud de Madrid. Las relaciones con su marido marcarán de forma significativa sus planteamientos vitales, que reflejará en su obra literaria posterior.

En 1923 se produjo un hecho que la obligará a exiliarse de España. Fue invitada a impartir una conferencia en la Universidad Central de Madrid, donde desarrolló su célebre disertación El divorcio como medida higiénica. Corrían los tiempos de la dictadura del general Primo de Rivera y la reacción de éste no se hizo esperar: la convocó a su despacho y la obligó a retractarse. Al negarse Mercedes a hacerlo, el dictador la desterró a la que era entonces la colonia española de Guinea Ecuatorial. Antes de cumplir la orden de destierro, logró escapar a Uruguay junto con su abogado y segundo marido Rubén Rojo.


A partir de ese momento desplegará una intensísima labor cultural que la llevará a dar conferencias en muchos lugares del continente americano. En Uruguay creó, además, la Casa del Estudiante para la promoción de la cultura de las clases populares. Allí tuvo como invitados a escritores de la talla de Rabindranat Tagore, Luigi Pirandello o Alfonsina Storni. En su estancia en Chile conoció al gran poeta Pablo Neruda, que le dedicó un poema que hoy figura en su epitafio de Ciudad de México. En estos versos, la describe perfectamente en cuatro palabras: "Enérgicamente sola, urgentemente viva". En Uruguay publica su novela Él, en la que refleja su experiencia matrimonial con Juan de Foronda.

Después de una estancia en Cuba se trasladó, tras la muerte de su marido, a México. Allí desarrolló una ingente tarea cultural en la línea que había mantenido toda su vida: la defensa de los derechos de las mujeres, de la clase trabajadora y la modernización de la educación.


Sus hijos Pituka de Foronda, Rubén y Gustavo Rojo se convirtieron en figuras del mundo teatral y cinematográfico mexicano, manteniendo ella misma contactos con el mundo del cine que se plasmaron en 1953 en una adaptación de su novela Él, llevada a la pantalla por Luis Buñuel. Ese mismo año visitó nuestra isla invitada por el poeta Carlos Pinto Grote, entonces director del Círculo de Bellas Artes, para dar una conferencia en esa institución santacrucera.

Otro aspecto de su vida fue su actuación en defensa de los judíos durante la II Guerra Mundial. Este hecho hizo que, con carácter póstumo, la comunidad judía de México le dedicara un bosque de 2.000 árboles en Israel, honor que comparte con personalidades como Churchill, Kennedy o Einstein.

Mercedes Pinto falleció en Ciudad de México a los 93 años y sus restos reposan en la tumba familiar del Panteón Jardín de Ciudad de México. Es un ejemplo más del olvido y el abandono al que hemos sometido en nuestras islas a personalidades relevantes del mundo de la cultura y las artes. Este silencio espeso impuesto durante la dictadura franquista se empieza a romper poco a poco y es nuestra obligación recuperar la memoria de aquellos canarios que han contribuido a mejorar el mundo que habitamos. Entre ellos destaca la figura de Mercedes Pinto, cuya vida novelesca hemos querido dar a conocer para que la recordemos como ella quería: como un espíritu luchador.

martes, 2 de octubre de 2012

Los otros Tenerife

por Melchor Padilla

Como saben ustedes, hace unos años el lema de nuestro gobierno era "Canarias, una tierra única". Es posible que lo sea, pero en el caso de Tenerife no tanto. ¿Por qué decimos esto? Pues porque no hay un único Tenerife, hay muchos más. Un somero repaso a la geografía del planeta nos permite ver topónimos como el nuestro en muchos lugares distintos de la Tierra. Hay hoteles en Singapur y Carolina del Norte que se llaman igual que nuestra isla y hay una granja de Cornualles, en el Reino Unido que, no sabemos por qué razón, se llama también Teneriffe.


El ejemplo más conocido, pues ha sido reflejado en muchas ocasiones por la prensa, es el municipio colombiano de Tenerife en el Departamento de Magdalena, de 24.000 habitantes, que en otros tiempos tuvo una gran relevancia en el comercio que navegaba por el río del mismo nombre, pero que en la actualidad está entre los municipios más pobres de Colombia. Fue fundado por el capitán Francisco Henríquez en 1543, que le puso el nombre de Tenerife en honor a los Fernández de Lugo, conquistadores de La Palma y Tenerife y también de la región de Santa Marta en Colombia. Esta ciudad aparece citada en un par de ocasiones en la novela El amor en tiempos del cólera de Gabriel García Márquez.

Si buscamos en la Red utilizando la antigua forma de escribir en inglés el nombre de nuestra isla, Teneriffe, encontraremos algunos ejemplos curiosos. Adentrándonos en el mar de las Antillas hallamos en la isla de Barbados otra referencia como las que estamos señalando: en su costa oriental encontramos el nombre de Pico Teneriffe.

Es un cabo rocoso, que no llega a 100 metros de altitud, que recibe su nombre, al parecer, del hecho de que Tenerife es la primera tierra al oriente de Barbados, según los habitantes del lugar.


Mucho más lejos, en el otro extremo del mundo, en la ciudad de Brisbane (en el territorio de Queensland en Australia), encontramos un pequeño barrio de unos 4.500 habitantes que, pese a las peticiones de sus residentes, no tiene categoría administrativa propia. Recibe también el nombre de Teneriffe.

Fue denominado así en recuerdo de la isla y de su pico, el Teide, por el especulador James Gibbon, y en el pasado se caracterizó por la existencia de varios almacenes de lana en la zona. Estos almacenes fueron reconvertidos hace unos años en edificios de apartamentos dando lugar a una zona residencial con gran número de servicios, entre los que destacan los restaurantes.

Nos desplazamos hasta el estado de Washington, en la costa oeste de Estados Unidos, y allí nos encontramos, a poca distancia de la ciudad de Seattle, una montaña conocida como Mount Teneriffe, de unos 1.500 metros de altitud.

Pero el planeta se hace pequeño para nuestra isla. Soñemos en salir al espacio y dirijámonos a la Luna. Allí también, en la parte central del Mare Imbrium, en el hemisferio norte de nuestro satélite, podemos ver una serie de montes de una altura máxima de 1.500 metros que se denominan, cómo no, Montes Teneriffe, bautizados así en memoria de Piazzi Smyth, el primer astrónomo que observó el Universo desde las cumbres de la isla.


Como pueden ver, existen no uno sino muchos Tenerife repartidos por ahí.

Termino con una sugerencia a las autoridades insulares: ¿Por qué no se pone en algún lugar de la isla un poste indicador de las distancias entre nuestro Tenerife y sus homónimos?

ACTUALIZACIÓN

Una vez publicado este artículo, dos amables  lectores nos hicieron llegar más referencias acerca del nombre de Tenerife en otros lugares del mundo.

La primera de ellas se refiere a Mount Teneriffe, cerca de la población de Euroa en el estado de Victoria, en Australia.


La segunda es el Cerro Tenerife, cerca de Puerto Natales, en la Patagonia Chilena, que fue bautizado así debido a la región de procedencia de los primeros colonos españoles.




miércoles, 26 de septiembre de 2012

Las casas terreras de Santa Cruz

Hoy presentamos en nuestra sección de "Artistas invitados" un artículo de Charo Borges Velázquez que en el tiempo de su colaboración en el digital Loquepasaentenerife.com dejó una interesantísima muestra de su preocupación por los temas de nuestro patrimonio cultural y medioambiental. Dichos artículos pueden ser leídos en su blog Paseando por la ciudad. Hoy, pues, les ofrecemos un pormenorizado e interesante trabajo sobre las que fueron las viviendas más humildes de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife: las casas terreras.


Esta crónica no pretende hacer un estudio histórico de esta modalidad de vivienda tan frecuente en nuestras islas. Nada más lejos. Lo que me lleva a emprenderla es la curiosidad de haber comprobado, desde hace mucho tiempo, la lenta desaparición o la transformación de muchas de ellas, en el ámbito capitalino, y el deseo de dar a conocer una buena muestra de las que siguen existiendo en distintos puntos del mismo. En definitiva, centrarme en su estética, estado de conservación y lugar de ubicación.

Aunque haga unas brevísimas referencias a su historia, - inevitables, por otra parte -, sólo me mueve el gusto por hacerles partícipes de la admiración que siempre he sentido por estos otrora humildes inmuebles y, en esta época de colmenas y rascacielos de última generación, objeto de deseo de muchos que, cuando lo consiguen, hacen de ellas verdaderas joyas para vivir de un modo más humano. Hechas, pues, las procedentes aclaraciones iniciales, permítanme meterme, de lleno, en harina.

Estas peculiares edificaciones de un solo piso, junto con las cuevas, las chozas y las viviendas de alto y bajo, constituyen las cuatro estructuras habitables más frecuentes en el ámbito rural canario. Pero, a pesar de su origen, con el paso del tiempose fueron integrando en núcleos poblacionales más cercanos a las costas del Archipiélago y se convirtieron en el modesto domicilio familiar de muchos pescadores y trabajadores de los muelles. Este fenómeno se dio en casi todos los litorales isleños y Santa Cruz de Tenerife no iba a ser una excepción. El siglo XIX y los principios del XX son los testigos de la construcción de estas estructuras cúbicas o prismáticas,erigidas sobre un solar de forma rectangular o cuadrada, aunque algún investigador las data en siglos anteriores.

Hoy, con un trabajo de campo sustentado en la ayuda inestimable de una pequeña cámara digital, he podido descubrir en torno a unas trescientas viviendas de aquellos tiempos, en los lugares más dispares y distantes posible. Muchas, magníficamente conservadas en sus rasgos más característicos y, otras, con pequeñas y grandes variantes sujetas, probablemente, al gusto y capacidad adquisitiva de sus propietarios. Unas cuantas, se venden. Otras, están deshabitadas y, a lo mejor, en espera de algún proceso judicial que impide su venta o su derrumbamiento para edificar, en el mismo sitio, una mole de varios pisos. Esta finalidad o la conversión en vivienda de alto y bajo son las causas más frecuentes de la desaparición de muchas de ellas, a medida que la ciudad va creciendo. También me lleva este trabajo gráfico a encuadrar, en dos grandes grupos, el tipo de casa terrera que aún pervive por estos lares. Uno es el de la inmensa mayoría: construidas a ras de las aceras y con su fachada arrancando directamente de éstas. El otro, lo constituye una minoría: las que cuentan con un pequeño jardín entre la acera y la propia fachada e, incluso, algunas con dos o tres escalones para acceder, desde ese jardín, a la entrada de la vivienda. Éstas últimas están localizadas en un único lugar del territorio capitalino.


Sin embargo, todas muestran elementos muy parecidos en su frente y en su interior. En el paramento frontal, lo frecuente es que tengan una, dos o tres ventanas repartidas a los lados de la puerta, siendo todos estos huecos, rectangulares y amplios. Por lo general, tanto unas como otra, están enmarcadas, en su lado superior y en la parte más alta de los laterales, con adornosque, justo en la mitad, muestran interesantes salientes inspirados, a veces, en los capiteles de las columnas griegas y romanas clásicas, aunque la mayoría es de formas más libres y sencillas a base de elementos florales y curvilíneos. Sobre estos huecos suelen ofrecer una cornisa que recorre la fachada a todo lo ancho, y también con variados aspectos. Por encima de este saliente aparece el muro que la cierra y que se corresponde con el antepecho de la amplia azotea que ocupa toda la zona superior de la casa. Ese muro presenta diversas respuestas: desde artísticas balaustradas a todo lo ancho, pasando por las que se alternan con paramento cerrado, hasta los que son sólo una sencilla pared corrida. Las más antiguas suelen ser las más modestas, presentando sólo la puerta y una ventana, y sin ninguna clase de aditamento ornamental. Algunas están deshabitadas y en espera de su derribo para edificar una mole de varios pisos

El apartado del color también ofrece una enorme variedad: desde los sobrios tonos armoniosos y apastelados hasta los contrastes atrevidos y muy vivos. Las puertas suelen ser de madera y, en las casas más cuidadas, con cuarterones y barnizadas o pintadas, a juego, con los matices de la fachada; en la carpintería de las ventanas, se aplica el mismo criterio. Hoy, muchas han sido sustituidas por las más prácticas y duraderas de metal coloreado. Nuestro clima templado propicia, sobre todo en verano, la existencia de la polilla en la mayoría de las maderas y esto hace que terminen picándose y haya que suplirlas por nuevos materiales. La distribución interior responde, asimismo, a un esquema básico que se repite: un largo pasillo que se inicia en la puerta de entrada a la casa y que acaba en un generoso patio que ocupa todo el fondo o queda en un lateral de la edificación. A ese pasillo se abren las distintas estancias que están ventiladas e iluminadas gracias al tragaluz que se corresponde con la superficie del patio. Una escalera que parte de ese mismo espacio permite el acceso a la azotea. Normalmente, el tragaluz aparece cubierto con algún material transparente o traslúcido para evitar la entrada de lluvia en la vivienda y facilitar la iluminación natural.

Para completar esta información, paso a pormenorizar los núcleos donde he encontrado un mayor número de ellas o dónde se ubican algunos ejemplares dignos de reseñar por su peculiaridad. Por lógica, dada su condición de ser marinero y pescador, en el barrio de San Andrés existe una variada muestra de estas antiguas viviendas, aunque pocas están habitadas. Podemos encuadrarlas en el nivel de las más modestas, por sus rasgos definitorios, aunque muchas aportaron la singularidad de estar rematadas por tejados y no por azoteas.

El dibujo a pluma que forma parte de las imágenes, realizado por D. Manuel Sánchez, ilustre acuarelista lagunero, en los primeros años 60, da fe de esta particularidad y, hoy, aún se conserva alguna. Otra característica actual es que algunas aparecen pintadas en blanco con franjas azul celeste, colores muy propios de lugares junto al mar. En aquel otro barrio que también tuvo sabor a sal y olor a yodo marino, El Toscal, la calle de Santiago nos ofrece la conocida Ciudadela, con modestas casas con puerta y una única ventana, bien conservadas, de poca altura, con una techumbre corrida que las cubre a todas, y pintadas con vivos colores contrastados. La mayoría está deshabitada y el conjunto ha sido declarado Bien de Interés Cultural (BIC) por el ayuntamiento capitalino. También los pasajes de Pisaca y de Ravina muestran ejemplares muy cuidados y que siguen siendo vivienda de muchos de sus vecinos. 

Por contra, en la de Tribulaciones se mantiene en pie en torno a una decena, tapiadas y en un estado deplorable, la mayoría.En ella, desemboca el Callejón del Señor de las Tribulaciones, que alberga otra de las ciudadelas de El Toscal, aunque su aspecto dista mucho de la de Santiago. Todas ellas constituyen el conjunto más genuino y antiguo de la capital. A medida que se asciende por la ciudad, la situación observada en El Toscal se advierte en las que se van descubriendo, aunque sean posteriores a las de aquel barrio. De Este a Oeste y de Norte a Sur, podemos sorprendernos con la presencia de muchas casas terreras en el mismo margen de una misma vía o alternadas entre construcciones de mayor altura. Estas comprobaciones llevan a concluir que aquel primer asentamiento en las inmediaciones marinas dio lugar a una expansión por todo el espacio urbanita, que hizo que se convirtiera en el inmueble más solicitado de aquellos 50 o 60 primeros años del siglo XX. 

Los documentos gráficos que existen sobre cómo era esta capital, entonces, son una prueba inequívoca de su abundante presencia en las calles y barrios de la época, y como imagen muy significativa, la de la Rambla de Pulido, en su confluencia con la Plaza de La Paz, captada en 1924. En El barrio de Salamanca, en calles como Isla de La Gomera o Prosperidad, se observan las más auténticas y mejor conservadas de aquellas cuyas fachadas parten directamente de las aceras. Llama la atención, en la segunda de las reseñadas, la existencia del Pasaje de Agulo, muy diferente a los que posee el barrio de El Toscal. En las de Manuel Verdugo, Obispo Pérez Cáceres o Veremundo Perera están las más interesantes del barrio del Urugüay, con sólo siete calles que le hacen ser el más pequeño y uno de los más antiguos rincones del municipio capitalino. Su rasgo distintivo, - y que las hace únicas -, son los cuidados jardines que las anteceden. Más arriba, en el barrio de El Perú, en las empinadísimas calles de Juan Rumeu García y Rafael Arocha Guillama, descubrimos seis o siete de modestas facturas.

Ya cerca de la Vuelta de los Pájaros, aparece un curioso reducto en la calle Francisco Pizarro, donde todas sus viviendas lo son, aunque alguna de construcción más tardía. Otra zona más alejada, la constituye Vistabella que, en sus calles Asiria y Beril, conserva cinco casas al más puro estilo de las del barrio de Salamanca, aunque alguna en estado semirruinoso. Mención aparte queremos hacer a otra suerte de casas terreras existentes en el barrio de La Salud Bajo. Fueron edificadas en torno a los años 60, en calles que, en su mayoría, desembocan en la Avenida de Venezuela, eje principal a partir del cual se fue construyendo el que, a mediados de los 70, sería el distrito más poblado de esta capital. Son viviendas de menor altura y con puertas y ventanas bastante más pequeñas que las de sus hermanas mayores y elementos decorativos más geométricos.

Desconozco si el Ayuntamiento de Santa Cruz posee algún censo y normativa sobre este tipo de construcciones y, si no los tiene, sería una buena referencia, para hacerlo, lo que dice el lúcido historiador lagunero, D. Álvaro Santana Acuña, en una entrevista publicada en el digital loquepasaetenerife.com, con respecto a las terreras de la vecina ciudad de La Laguna, que "Respetando al máximo su arquitectura única, las casas terreras deshabitadas o en ruinas pueden ser transformadas en salas de estudio, salones de gimnasia, un Museo de la casa terrera, puntos de cercanía de la biblioteca municipal, locales de usos múltiples para el disfrute de vecinos y asociaciones. Sería una inversión menos costosa que la restauración de un palacio y, sobre todo, más útil para la vida diaria de los ciudadanos." 

Hago mías sus sensatas palabras y espero que algún día y antes de que desaparezcan las que aún tenemos en esta otra población del área metropolitana, alguna corporación municipal tenga la cordura y sensibilidad suficientes como para poner en marcha ideas que permitan conservar, a pesar del paso de los años, estos trocitos de la historia más sencilla y doméstica de esta capital. Sería un buen legado para los que vienen detrás.

















lunes, 24 de septiembre de 2012

Los viejos molinos de viento

por Melchor Padilla




En 2010, el Cabildo Insular de Tenerife cocluyó las tareas de la  restauración del viejo molino de viento situado en Barranco Grande, del que sólo quedaban unos restos calcinados. Esta rehabilitación ha resultado muy polémica, pues los vecinos han mostrado su descontento a que no se reconstruyera en su totalidad. Era uno de los típicos molinos canarios de mampostería con forma de cono truncado, con una cubierta cónica que podía girar mediante un timón para orientar las aspas según soplara el viento. 



Para hacernos una idea de cómo fue en su época de esplendor tenemos que fijarnos en otro molino cercano situado en Cuevas Blancas, que ha sobrevivido en mejores condiciones gracias al cuidado de sus propietarios: no obstante, aunque fue restaurado en 1974, fue posteriormente abandonado, por lo que ha perdido parte de las aspas. En la declaración como Bien de Interés Cultural (BIC) se describe su interior como un cilindro de 4 metros de diámetro y de una altura aproximada de 10 metros dividido en tres plantas con puertas de acceso en planta baja y primera planta. 

La planta baja o cabuco;estaba a nivel del terreno, servía de almacén y a veces de dormitorio del molinero. La subida a la primera planta se realizaba por una escalera exterior de doble acceso que se adaptaba a la forma troncocónica. Su anchura solía ser de un metro aproximadamente. En esta primera planta había un banco en el que los clientes esperaban la salida del gofio, que ellos mismos recogían en la boca de la tolva o cambal. En la tercera planta, comunicada por una escalera de madera interior, se encontraba la maquinaria del molino, en la que trabajaba el molinero.

El tercero de los molinos se encuentra en Llano del Moro y todavía conserva parte del enfoscado que revestía tanto el interior como el exterior del edificio, aunque ha perdido la techumbre y es utilizado en la actualidad como trastero o basurero. En la fachada se abren una puerta de acceso en el piso inferior y una ventana alta en el segundo piso, ambas con dintel y jambas en madera.

La preocupación por el estado de los molinos no es nueva. Ya en 1964, el profesor Serra Rafols de la Universidad de La Laguna fijó su vista sobre las ya por entonces ruinosas construcciones y afirmó que "si aquí hubiese una sombra de organización turística (…) esos pobres molinos de viento que aún se mantienen en pie serían cuidadosamente reparados, sus aspas dotadas de las telas que un tiempo hicieron de ellos blancas y gigantescas flores, y así, repuestos sus mecanismos, un encargado los haría girar al viento del futuro". Nuestros molinos forman parte del grupo que el etnólogo Caro Baroja describió como molino mediterráneo, por encontrarse ampliamente difundido por todo ese espacio geográfico. 

Según el investigador alemán Fritz Krüger, los molinos canarios, junto con los del sur de Francia, pertenecerían en su mayoría al segundo de los tres tipos de molinos de viento mediterráneos, caracterizado por tener cuatro aspas rectangulares compuestas cada una por una vara central, dos laterales paralelas a aquélla, ocho o más travesaños y velas rectangulares. 

Ligados desde la conquista a la cultura del cereal, permitieron durante siglos, junto a los molinos de agua, la molienda del cereal para la obtención de harinas y, sobre todo, de gofio. Formaron parte de nuestro paisaje y todavía en nuestros días perduran topónimos que nos recuerdan su existencia. En muchos pueblos de la isla y del resto del archipiélago no es raro encontrar una calle o un lugar que los rememore. En la misma ciudad de Santa Cruz, la calle de los Molinos nos señala la existencia de algunos ejemplares en la capital de la isla.

Pero es en La Laguna donde el nombre de la plaza del Llano de los Molinos, en el barrio de San Honorato, es el testimonio de que allí llegó a haber hasta once molinos alineados. En el grabado de la ciudad realizado por Goupil hacia 1840 , aparecen en todo su esplendor "aquellos once gigantes de piedra, enhiestos y alineados como centuriones a lo largo del Llano", como escribió el periodista tinerfeño Leoncio Rodríguez en una de sus Estampas tinerfeñas. No es difícil imaginar el espectáculo visual y sonoro de aquellas aspas girando al viento y el ruido de la maquinaria y las ruedas al moler el grano.
Los cambios tecnológicos y la especulación urbanística fueron acabando lentamente con nuestros viejos molinos. Sustituidos primero por las molinas o molinetas de madera, que ofrecían mejores condiciones de trabajo a los molineros, y más tarde por la energía eléctrica, fueron desapareciendo de nuestro paisaje. En otras islas del archipiélago se ha ido acometiendo la restauración de algunos, como el de Mogán en Gran Canaria (el más grande de las islas), el de Antigua en Fuerteventura (en la actualidad centro de artesanía) o el de Tefía, entre otros.

La restauración de todos estos bienes de nuestra cultura popular sería una buena noticia en el desolador panorama de la conservación de nuestro patrimonio, pues nuestros molinos, según el mismo Leoncio Rodríguez, "bien merecen que se les dedique un recuerdo como a tantas otras cosas gratas y amables de la tierra que se han ido y no volverán".



NOTA. La imagen que encabeza este artículo corresponde al molino de Cuevas Blancas. Fue obtenida por mi antiguo alumno Javier Ramos quien amablemente me autoriza a utilizarla por lo que le doy las gracias.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Tenerife surrealista

por Melchor Padilla

En 1935, Tenerife se convirtió en el centro de todo el panorama artístico mundial. Ese año la isla acogió la Segunda Exposición Surrealista, una muestra cultural internacional que reunió en las estancias del desaparecido Ateneo de Santa Cruz obras de Picasso, Dalí, Arp, De Chirico, Max Ernst, Magritte, Tanguy y Óscar Domínguez


En el año 1935 tuvo lugar en nuestra isla un acontecimiento cultural de magnitud mundial. Entre los días 11 y 24 de mayo abrió sus puertas en el desaparecido Ateneo de Santa Cruz la Segunda Exposición Surrealista. En ella figuraban algunos artistas que hoy forman parte de la primera línea de la historia del Arte. En la sala del edificio de la Plaza de la Candelaria colgaron sus óleos Picasso, Dalí, Arp, De Chirico, Max Ernst, Magritte, Tanguy y Óscar Domínguez. También se pudo contemplar la obra de Duchamp, Man Ray o Dora Maar.

André Breton, iniciador y principal teórico del movimiento, definió el Surrealismo como un puro automatismo que permitía la verdadera expresión de la mente humana. Se trataba pues de que la razón no influyera en la creación, para lo que se recurría a juegos o actividades casi hipnóticas. Hay que tener en cuenta que el movimiento surrealista se desarrolló en un momento histórico, el segundo cuarto del siglo XX, en el que había un gran interés por el conocimiento de la psicología humana gracias a las teorías sobre el subconsciente de Sigmund Freud. Los surrealistas plasmaron en sus obras un universo onírico, inquietante y sensual, terrible y obsesivo.

Para entender el desarrollo de la exposición de 1935 es necesario tener en cuenta la fundación en Santa Cruz de la revista Gaceta de Arte por el crítico Eduardo Westerdahl, al que acompañaron en la aventura escritores como Domingo Pérez Minik, Pedro García Cabrera, Domingo López Torres, Agustín Espinosa y Emeterio Gutiérrez Albelo. Esta revista se decantó desde sus inicios por la defensa de las vanguardias arquitectónicas y artísticas europeas, no cesando su actividad hasta junio de 1936, pues vio interrumpida su trayectoria por el golpe de estado franquista.

No obstante, esta exposición no habría sido posible sin la colaboración del pintor tinerfeño Óscar Domínguez, quien puso en contacto a los tinerfeños con los líderes del surrealismo francés. El 4 de mayo de 1935 llegaron a Tenerife, en el vapor noruego San Carlos, el papa del movimiento surrealista André Breton, su esposa Jacqueline y el poeta Benjamin Péret. No pudo desplazarse a la isla el poeta Paul Eluard, pues se encontraba enfermo. Cuenta Pérez Minik que, para hacerlos venir, Westerdahl, Agustín Espinosa y él mismo tuvieron que firmar una letra por unas 4.000 pesetas de aquella época, que no terminaron de pagar hasta diez años después pues, pese a las promesas del Cabildo Insular, no obtuvieron ninguna subvención pública.

La prensa local se hizo eco inmediato del acontecimiento. La Prensa afirmaba el 7 de mayo que "la exposición de pintura moderna que hemos venido anunciando (…) constituye una de las manifestaciones más importantes de arte actual que se han verificado en España". El diario La Tarde, que comentaba el día 11 de mayo la inauguración de la exposición, afirmaba que su "trascendencia marca una fecha histórica en el movimiento de las ideas artísticas de nuestra isla".

Pero no toda la prensa tinerfeña se mostró tan partidaria de la exposición, pues el periódico católico conservador Gaceta de Tenerife desarrolló una intensa campaña en contra de esta actividad cultural. Llegó a afirmar en un artículo escrito por una supuesta dama de Santa Cruz, Pura Realidad, que "varios enfermos con imaginación ya en el último grado se dieron cita para saber quién pintaba más disparates". Las obras fueron puestas a la venta, pero no hubo nadie interesado en adquirirlas.

Durante su estancia en la isla se desarrolló un programa de conferencias entre las que destacó la de André Breton en el Círculo de Amistad XIV de Abril del Puerto de la Cruz, en la que intervinieron también Agustín Espinosa y Pedro García Cabrera. El día 24 de mayo –tres días después de lo previsto- se clausuró la exposición y el día 27 regresaron los visitantes a París en un buque platanero.

El día 2 de junio estaba prevista la proyección en el Cine Numancia de la película La Edad de Oro de Luis Buñuel, uno de los ejemplos más representativos del surrealismo cinematográfico. Los organizadores de la exposición habían puesto sus esperanzas en recuperar el dinero invertido en la misma con el pase de esta película, pero la campaña desarrollada en su contra por el ya citado diario católico conservador -la tildaban de pornográfica, inmoral y anticlerical- hizo que el Gobernador Civil prohibiera su exhibición.

Como resultado de esta Segunda Exposición Surrealista se redactó el número 2 del Bulletin International de Surréalisme en el que se incluye el Manifiesto Surrealista firmado por Breton, Agustín Espinosa, Domingo López Torres, Benjamin Péret, Pedro García Cabrera, Eduardo Westerdahl y Domingo Pérez Minik. André Bretón dejó constancia de su presencia en Tenerife en su obra El castillo estrellado. Como afirma el escritor colombiano Rafael H. Moreno-Durán, la exposición "significó el reconocimiento de un grupo de artistas y poetas que, a espaldas de los cánones estéticos del centralismo peninsular, se habían comprometido (…) con una sensibilidad afín a sus inquietudes (…), convirtiendo así la insularidad en universalidad".

El golpe de estado franquista y la brutal represión subsiguiente truncaron radicalmente el desarrollo de este pujante movimiento cultural en la isla. Los miembros de Gaceta de Arte fueron represaliados en mayor o menor medida. Pérez Minik fue detenido en Fyffes; Agustín Espinosa fue separado de su cátedra de instituto; Pedro García Cabrera (preso en los barcos prisión) logró huir de Villa Cisneros; y Domingo López Torres fue arrojado al mar enfundado en un saco cuando tenía 29 años.

Todos ellos gozan hoy de reconocimiento internacional.

NOTA: Pueden hallar más información acerca de este acontecimiento aquí.