domingo, 24 de agosto de 2014

Los taros, una joya de nuestro patrimonio etnográfico

por Arminda Arteta Viotti

La autora de este artículo es Licenciada en Historia del Arte, realizó estudios de doctorado centrados en el arte canario contemporáneo y, más específicamente, en el escultor Pancho Lasso, al que ha dedicado algunos artículos de investigación. Sus trabajos como documentalista en la Memoria Digital de Lanzarote y como guía, tanto de senderismo interpretado como de la obra pública de César Manrique, le han permitido profundizar en el patrimonio histórico, cultural y artístico de Lanzarote. Asimismo, ha sido tutora de Arte Antiguo en el Centro Asociado de la U.N.E.D. de Lanzarote. Mantiene un magnífico blog dedicado a la defensa del patrimonio histórico y cultural de su isla Lanzarote Inédita. Es un honor para mí recibirla en estas páginas.


Taro en las inmediaciones del Volcán de La Corona. Fotografía tomada de pixcelarte.com

En nuestros paseos por los siempre sorprendentes campos de Lanzarote a menudo nos vemos recompensados con la visión de unas estructuras de piedras de un fuerte carácter megalítico. En ocasiones pasan desapercibidas y sólo se hacen visibles cuando pasamos junto a ellas, pues se encuentran absolutamente mimetizadas con el lugar donde se erigen.

Hablamos de los "taros", "refugios" o "chozas", términos con frecuencia empleados como sinónimos para designar uno de los elementos más característicos y bellos de nuestro patrimonio etnográfico. Se trata de estructuras de piedra, normalmente seca,  sin argamasa de ningún tipo (aunque algunas, las más desarrolladas, tienen barro y paja en su interior), de planta circular o cuadrangular,  que se encuentran en zonas agrícolas o ganaderas. Pueden hallarse exentas, como un pequeño edificio, o bien adosadas a una pared, o incluso insertas en las paredes que delimitan los terrenos, para así no perder espacio de suelo productivo. 

Taro o choza adosada a los abrigos de los frutales en la Vega Grande de Ye

Sus techos, la mayor parte de las veces, están formados por aproximación de hiladas, en lo que se conoce como "falsa cúpula" o "falsa bóveda", sobre las que, en ocasiones, se colocan piedras de pequeño tamaño. Su entrada es siempre pequeña, para proteger contra las inclemencias del tiempo, y evitar el acceso a los animales. La "puerta" suele presentar una estructura adintelada, con una laja de grandes dimensiones como elemento horizontal, existiendo algún caso de acceso con forma de arco.  

Taro de cubierta cónica en las inmediaciones del volcán de La Corona.  
"El que es amañao hace una choza con su cucurucho"
(palabras de Dorina Torres, vecina de Máguez, recogida en el libro 
"La cultura del agua"). Fotografía de Alexis Arteta

 Las funciones de estas construcciones entre los agricultores y pastores eran múltiples: 

a) Por un lado, servían de protección contra el sol, el viento, la lluvia o el granizo. En el caso de los agricultores, si la finca estaba lejos de sus casas y las labores tomaban mucho tiempo, podían pasar la noche en ellos.

b) Por otro lado, ejercían funciones de almacenamiento de los aperos de labranza y la cosecha que se iba recogiendo, así como de los alimentos y el agua llevados para sobrellevar la dura jornada de trabajo.

c) Este tipo de estructuras también han sido utilizadas, desde tiempos remotos, como torres de vigilancia, como es el caso del "taro" que se encuentra en las faldas del Volcán de La Corona, en el barrio de El Tefío, en Ye, cuya finalidad era evitar que el ganado se metiera en las fincas.  

Taro con función de vigilancia en Ye
 d) Por último, otra acepción de la palabra "taro" es aquella que hace referencia a las construcciones anexas o cercanas a las viviendas que eran usadas a modo de neveras, para secar los quesos o el pescado, o bien para almacenar cereales.

POSIBLE HERENCIA PREHISPÁNICA

Para algunos historiadores, como el arqueólogo José de León, el sistema constructivo que presentan los taros podría ser una clara herencia de los majos, población existente antes de la Conquista. La falta de madera en la isla habría determinado la necesidad de realizar cerramientos con piedras, y, para ello, la forma más sencilla es la aproximación de hiladas hasta generar una falsa bóveda o falsa cúpula. Sencilla, en el sentido de ofrecer una solución con los materiales existentes, pero muy compleja en su ejecución. No obstante, los majos alcanzaron un gran dominio de esta técnica con la elaboración de las "casas hondas", viviendas semienterradas de planta circular, de una o varias estancias, que sobresalían únicamente unos 80 ó 100 cm por encima del suelo para buscar protección frente a los vientos y la humedad.  
Reconstrucción de una casa honda según Santiago Alemán

Este sistema constructivo se habría heredado para la realización de los taros (o chozas) y también para los techos de los aljibes, especialmente los más antiguos.  
Aljibe del antiguo pueblo de Santa Margarita (Guatiza)

TAROS DESTACADOS

Ya decíamos al comienzo que, agudizando la vista, es posible encontrar múltiples taros o chozas "decorando" los campos conejeros. No obstante, el topónimo "taro", por cierto, de origen prehispánico según los estudiosos, se ha mantenido en algunas zonas de la isla, destacando dos: el taro de Testeyna y el de Tahíche. a) El taro de Testeyna
Testeyna era una antigua aldea (posiblemente existente desde época aborigen, a juzgar por su topónimo), que quedó enterrada por la lava y las arenas de las erupciones de Timanfaya. Se encontraría en las inmediaciones de la montaña de su mismo nombre. Los caprichos de la naturaleza hicieron que una de sus construcciones sobreviviese al volcán para presentarse ante nosotros como testimonio de la antigua aldea: un taro, que hoy da nombre a la zona.  
Taro de Testeyna

Se trata de un inmueble de planta circular y techumbre abovedada, por aproximación de hiladas, que en la actualidad se presenta semienterrado, si bien, a juzgar por las excavaciones realizadas en el 2001 por el quipo de José de León, no fue así en su origen. Además de su incalculable valor arqueológico, presenta otro interés añadido: según una documentación encontrada por el investigador Jaime Gil, el taro, junto al conjunto de casas que había en la zona, habrían pertenecido a los abuelos del célebre escritor ilustrado José Clavijo y Fajardo, cuya vida, además, inspiró al mismísimo Göethe.
 b) El taro de Tahíche
En medio de las coladas volcánicas que, emitidas por el volcán de las Nueces, llegan hasta Arrecife, se encuentra, en el pueblo de Tahíche, un taro que hoy se encuentra semiderruido.  

Taro de Tahíche. Reproducido en el libro "Lanzarote. Arquitectura inédita"
 Es bien sabido que Manrique, tras regresar de Nueva York e instalarse en Lanzarote, escogió como terreno para su construir su casa precisamente una parte de ese "volcán" (como llamamos en Lanzarote a las coladas), en el cual se encontraban cinco burbujas que posteriormente se transformarían en su vivienda y, desde 1992, sede de su Fundación. En honor al taro que se encontraban en sus inmediaciones, denominó a su casa "Taro de Tahíche", pues para el artista esa construcción presentaba los mismos valores de refugio y cobijo que él deseaba dar a su hogar.  

Taro en Tinache. Fotografía tomada del libro "Tinajo, el lenguaje de la tierra"


Taro en el jable de Mala

Taro adosado a un muro en La Cerca (Guinate)
 El progresivo abandono de los campos ha hecho que los taros, refugios o chozas hayan ido perdiendo su uso, mostrándose hoy como un testimonio de incalculable valor etnográfico que debemos proteger y mantener vivo.  

FUENTES:

- FARRAY BARRETO, José y MONTELONGO FRANQUIZ, Antonio J.: "Refugios agrícolas, torres de vigilancia y taros en Lanzarote," en X Jornadas de Estudios sobre Lanzarote y Fuerteventura. Tomo II, Cabildo Insular de Lanzarote y Cabildo Insular de Fuerteventura, Arrecife, 2004.
- VV.AA:: La cultura del agua en Lanzarote, Cabildo Insular de Lanzarote, 2006.
- DE LEÓN HERNÁNDEZ, José: Lanzarote bajo el volcán, Cabildo Insular de Lanzarote, Arrecife, 2008.
- GIL LEÓN, Javier, MORENO MEDINA, Claudio y MARTÍN CABRERA, Nicolás: Tinajo, el lenguaje de la tierra, Aderlan, Ayto. de Tinajo, Cabildo de Lanzarote, 2008.
- MANRIQUE, César: Lanzarote. Arquitectura inédita, Cabildo Insular, 1988.
- ALEMÁN, Santiago: Tesoros de la isla, Cabildo de Lanzarote, 2000.
- PERERA BETANCORT, Francisca: Arquitectura tradicional y elementos asociados de Lanzarote, Aderlan, 2009.

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viernes, 11 de julio de 2014

La Romería de San Benito: manifestación popular del folclore canario. (y II)

por Carlos García

Elementos folklóricos tradicionales de La Laguna.-  A la fiesta se le agregan, con el transcurso del tiempo, una serie de elementos festi­vos que van acorde con el sentimiento popular de una comunidad que se encuentra celebrando algo. Estos elementos folklóricos son, por decirlo de algún modo, tí­picamente laguneros, apareciendo en la romería desde sus comienzos más primitivos. Uno de ellos, y casi identificativos de la romería lagunera, es la presencia de los “barcos”. Los barcos laguneros o como también se les identifica en algún momento,”barcos de San Diego”, son una de las reliquias folklóricas de las que se enaltece la romería de San Benito. La procedencia histórica de estos barcos de tierra adentro no está del todo aclarada, pero la teoría de más vigencia propone que provienen de residuos, de restos de antiguas representaciones teatra­les de origen eucarístico de ciertos Autos Sacramentales que, desde el siglo XVII y XVIII, se celebraban en La Laguna. Estos elementos con el tiempo se separan de su entronque primitivo y entonces pierden su valor específico, entrando a formar parte de una transculturación que lleva posteriormente a engaño.


Hay una referencia de un Auto Sacramental celebrado en la ciudad de Aguere en 1699 en honor de la Virgen de los Remedios, pa­trona de la ciudad, en la que, para divertimento del pueblo, se represen­taron autos sacramentales, haciéndose dos navíos sobre carretas y un castillo entre los que se producía una batalla de tipo alegórico.  El castillo se colocó, según versión de Rodríguez Moure, en la esquina que da a la calle de

Sobre la “cama” de la carreta, a la que se le quitan las estacas, se hace una especie de barco, cuyo casco construyen de un ripiado formando rejas y de él nacen las arboladuras, vergas, jar­cias, velas, gallardetes y banderolas. Tiran del barco una pareja de bueyes escogida para el caso. Es el mismo tipo de representación teatral que se mantiene hoy día en Santa Cruz de La Palma en sus fiestas lustrales, con la batalla entre el castillo y la nave, o las de las libreas que se representan en Valle Guerra y en otros lugares. De aquel auto deriva, al parecer, el nacimiento de nuestros populares barcos laguneros, pues finalizada aquella representación sacramental, estos barcos acompañaron a la imagen de la Virgen de los Remedios, a modo de procesión a su iglesia. Desde éste momento la costumbre de utilizar a los barcos en las procesiones y en las fiestas arraigó en el pueblo y comenzaron a ser frecuentes en éste tipo de manifestaciones.

Luego de las procesiones religiosas, los barcos vuelven, a los días siguientes a la fiesta, para ejecutar las carreras que el público sigue con interés. Puesto el barco en el lugar conveniente    ­el mozo que se coloca delante del yugo pone su mano sobre aquel   en­pu­ñando en la otra la “ahijada”, y a una voz, rejoneados los bue­yes, parten a la carrera. Otra versión diferente es la que propugna la aparición de los barcos como promesa realizada en el pueblo de Tegueste a su patrón San Marcos, allá por 1582 en que se produjo una terrible epidemia de peste, en plena época de Corpus lagunero, tras desembarcar en Santa Cruz unos tapices traídos de Levante. Esta promesa surge en pago de no haber permitido el contagio del pueblo. No obstante me inclino personalmente por la primera versión del origen de los barcos.

Referencias como la de Juan Primo de la Guerra en su Diario de 1808 nos confirman la presencia de éstos navíos en las fiestas:”...éste se forma con algunos maderos ligeros sobre una carreta tirada por bueyes, llevando dentro algunas muchachas que canta­ban...”.  “...en la víspera, por la noche hubo fuegos, entremeses y navíos, todo conforme al gusto de las fiestas que se hacen en los campos...” Otra es la del licenciado Pereyra Pacheco que nos informa sobre 1854, “que en la festividad de Ntra. Sra. de los Remedios u­na de las dos principales de Tegueste, con la de San Marcos, desta­ca la antiquísima costumbre de correr la víspera en la tarde y el día por la mañana, ­ concluida la procesión, unos barcos que figura, tirados por bue­yes, que forman el embeleso y reunión de estas gentes, y que si se quitaran cesaría sin duda la concurrencia de ésta fiesta”. Y bien dice el autor cuando refiere la costumbre de co­rrer, porque tras las procesiones, se realizaban carreras de bar­cos, con el afán de conocer que yunta era la más fuerte y rápida, en­tronque sin duda con el arrastre de ganado que hoy ha vuelto a ponerse de moda, en franca recuperación de una tradición abandonada. Estas carreras de barcos hace ya muchos años que no se realizan en la romería. 
Pasemos ahora a otra de las reliquias folklóricas que perduran en la romería de San Benito, una de las más coloristas, no exclusiva de la comarca lagunera, pero que desde luego sí que nace de los pagos y lugares del contorno como es “el baile de las cintas de San Diego”.

El baile de las cintas está bastante extendido por la geogra­fía de Tenerife, conservándose buenos ejemplos en la zona de Güi­mar, Candelaria, y en la zona de Valle Guerra, Guamasa y La Laguna. Otro baile emparentado con aquel es el que se puede ver en la zona norte de la isla que es la Danzade las varas o de las Vegas que utiliza varas o palos en vez de cintas. Del mismo modo en Guamasa se entrecruzan estos palos adornados de flores, y en otros lugares se cambian por arcos. Las danzas son un elemento imprescindible en la celebración de cualquier fiesta y ésta aparición en nuestra romería no iba a ser una excepción. La procedencia del baile de las cintas hay que buscarla en las costumbres de las sociedades primitivas de bailar en torno a un árbol sagrado o en torno a una figura o símbolo divino. La dendrola­tría es la costumbre de adorar a una divinidad en forma de árbol o de piedra (monolito), y esta danza viene a ser el resultado final de una larga evolución que dio comienzo con los ritos primitivos de bailar en torno a un árbol o piedra, a decir de Esquivel Navarro, en lo que él denomina Danza del cordón. No es una costumbre exclusiva de Canarias ya que bailes similares los encontramos en el folklore de otras regiones peninsu­lares, ya sean hispanas o portuguesas. El bailar en las procesiones es por tanto costumbre antigua, ­siendo algo mas peculiar entre nuestras fiestas realizar el baile delante del santo, ya que es tradición de las romerías canarias, en­cabe­zarlas el ganado y no la divinidad.

Estas danzas que preceden al santo se efectúan al son de tambor, flauta y castañue­las o chácaras, y fundamentalmente y casi en exclusividad, se practi­ca en ritmo de tajaraste. El baile se realiza alrededor de un palo del que cuelgan cintas de colores que los danzantes enrollan y desenrollan mientras ejecutan la danza a su alrededor. Podemos encontrar reminiscencias muy remotas en las danzas cívico-religiosas que nuestros aborígenes realizaban en ocasiones principales, sin olvidar por ejemplo las que se ejecutan en la fiesta de La Candelaria. Nos refiere Bethencourt Alfonso que en la danza de las cin­tas, ahora como en los tiempos aborígenes, formaban la cuadrilla 14 individuos: 12 danzantes y 1 tamborilero, el cual toca a la vez la flauta, además del conductor del palo. Al compás del tamboril se dividen los danzantes en dos tandas de a seis, llevando cada una guía delantera y otra postrera, y marchan bailando dando dos pasos atrás y dos delante, trazando círculos alrededor de la pértiga en sentido inverso cada tanda, una sobre la derecha y otra sobre la izquierda, pasando por dentro y fuera cada vez que se cruzan. Estriba el mérito en trenzar o vestir al palo y luego desves­tirlo sin trabar la danza.

Los danzantes visten con camisas blancas adornadas con dos cintas de colores cruzadas en el pecho, utilizando el color de la cinta que entreteje en el baile, y según viejas referencias, en algunos pueblos del sur de Tenerife, como Adeje, se usó la presencia de una niña que seguía cada bailador cogida de una banda, muy adornada y bailando. En lo que a la romería de San Benito se refiere desde muy temprano en su cronología aparece en la fiesta un grupo de baile de las cintas que llevaba el nombre de San Diego, que de nuevo vuelve a dar nombre a una manifestación folklórica de Hemos sabido por uno de sus actuales danzantes que ese baile data de muy viejo, ya que según el informante, lo bailaba su padre y su abuelo y sin duda fue la primera en salir en la festividad de San Benito. No conocemos el origen del baile pero parece ser una promesa a San Benito lo que motivó la constitución de un grupo de devotos de la zona de San Diego para organizar un baile de las cintas. Comenzaron a bailarla los hombres y siempre ha sido tradición que las mujeres no danzaran, aunque en alguna ocasión, y por ausencia masculina, han sido ellas las danzantes. Este grupo no lleva sino tamborilero y chácaras o castañue­las, no apareciendo la flauta, y ejecutan básicamente el ritmo de tajaraste que es el único que se toca en la procesión del santo­, aunque también tienen otros toques distintos como pasodoble y la isa, desde luego de procedencia mas moderna. Se compone el baile de unos 12 danzantes, aunque también pueden ser más, y la indumentaria consiste en pantalón azul con una cinta roja a los lados, camisa blanca y lonas, y el escudo de San Diego en el lado izquierdo de la camisa.

El baile de las cintas de San Diego solo sale la víspera de la festividad, acompañando a San Benito en la procesión que realiza en los alrededores de su ermita, no teniendo la costumbre de salir en la romería.

Termino expresando el interés que todos debemos mostrar por evitar que nuestras fiestas tradicionales desaparezcan. La revitalización y el robustecimiento de ellas es primor­dial sin querer aferrarnos al pasado e intentar copiar lo que se hacía en el pasado, lo que se hacía de viejo.  Sin olvidar nuestras raíces, nuestro entronque primitivo, conociendo de donde provienen nuestras fiestas populares, debe­mos apostar por nuevas aportaciones, introduciendo ideas novedosas y modernas, para que la fiesta evolucione  y no se pierda con el transcurso de los años venideros.

NOTA: Las imágenes fotográficas que ilustran este artículo son del fotógrafo lagunero Agustín Guerra y han sido cedidas para su publicación por su hijo Gerardo Guerra. El autor quiere agradecer la deferencia.

PRIMERA PARTE

miércoles, 9 de julio de 2014

La Romería de San Benito: manifestación popular del folclore canario. (I)

por Carlos García 


En el calendario popular, el de los pueblos, persisten tradicio­nes y costumbres que se repiten año tras año  que definen y diferencian las labores agrícolas en momen­tos distin­tos. En plena primavera, al comienzo del verano, tiempo de recogida de las cose­chas, las comunidades rurales acostumbran realizar fiestas que fundamentalmente mantienen un predominio lúdico, aunque sin olvidar el substrato religioso que gira en torno al agradeci­miento de algún santo o devoción, y sobre el que se basan una serie de ritos y manifestaciones folklóricas. El caso de la Romería de San Benito Abad, en la ciudad de La Laguna, es uno de los muchos y diversos que existen en nuestra pequeña, pero variopinta geografía insular, y que sirve como excusa para desarrollar un sin fin de elementos folklóricos. Admitamos que una manifestación festera que tiene más de 480 años tiene un arraigo popular fuertemente enrai­zado desde sus comienzos, cosa no muy habitual entre las pervivencias culturales de nuestro archipiélago.

Es cierto que la fiesta de San Benito, tal y como la conocemos hoy, tiene tan solo una existencia que deriva de 1947 en que da comienzo la romería moderna, y no como erróneamente siempre se ha venido diciendo en 1948 como informa, con datos irrefutables Julio Torres.  Pero también es cierto que la romería, ­que la fiesta con su comienzo religioso de agradecimiento al santo, tiene su primer origen en 1532 cuando se elige a San Benito Abad, fundador de la orden benedictina, como protector y abogado de los campos y cosechas laguneras por parte de los labradores de la primera ciudad de Tenerife. Históricamente no conocemos la razón por la que San Benito fue elegido patrón de los labradores de La Laguna. Sí sabemos que fue un golpe de suerte el que influyó para tal decisión, pero no el por qué de haber introducido su nombre entre los distintos santos para ser sorteado, existiendo santos como San Isidro que ya ejercían de patrones y benefactores del gremio campesino. Incluso fue tan extraña su elección que, según cuentan las cróni­cas, fue necesario extraer de la urna donde se encontraban las papeletas con los nombres de los santos en cuestión, en tres ocasio­nes diferentes el nombre del elegido, saliendo en las tres San Benito, siendo incuestionable desde ese momento su designación. 

San Benito de Nursia, fundador de la Orden monacal Benedicti­na, allá por el siglo VI, introdujo por vez primera su famoso lema de “ora et labora” en sus abadías y prioratos, dándole así un contexto diferente a la vida religiosa, imponiendo a sus monjes, junto con el rezo, la obligación de trabajar la tierra, de labrarla. Creo que éste es el nexo de unión que relaciona a la ciudad de La Laguna con su patrón San Benito. Ciudad eminentemente agrícola que debía protegerse bajo la intersección de un santo que supiera de labradores, de sequías y de cosechas. Pero sin olvidar nunca su condición de ciudad de conventos, de religiosidad histórica, de obispado y recoletas iglesias.  
   
Los orígenes de las romerías.- Antiguamente se denominaban romeros a los que iban a Roma, de donde deriva luego el término ir en romería .De igual modo, a los que acudían a Santiago de Compostela, se les denominaba peregrinos, e incluso a los que caminaban rumbo a la ciudad santa de Jerusalén se les llamaba palmeros. Por tanto el viaje que se hace a una ermita o santuario para agradecer favores a un santo o a una virgen, casi siempre patrones de la zona, se conoce como romería. Esta afluencia de personas de forma colectiva termina siempre de manera festiva y lúdica, con cantes y bailes donde lo religioso y lo festivo se confunde en un solo cuerpo.

El comienzo de la romería lagunera tiene su origen en la procesión que a San Benito se le hacía en su ermita, hecho recogido ya en el año antes mencionado y que luego las ordenanzas de 1540 obligan realizar. Estas primitivas procesiones que apenas se alejaban de los alrededores de la ermita, son los humildes comienzos que darán paso, con los años, a una manifestación de fiesta popular que los propios campesinos, los romeros, acudiendo desde los distintos pagos de la ciudad, e incluso de otros, a lomos de sus bestias de transportes, o sobre los medios de transportes de entonces, las carretas y carros, en compañía de sus ganados, tributa homenaje de agradecimiento al patrón implorando su bendición y favores. En éste contexto es de suponer que las expresiones de alegría y fiesta estén representadas por los bailes, las canciones, las comidas y viandas, que en definitiva conforman  los elementos que dan lugar a una participación popular, cada vez más grande, y que termina por consolidarse en las costumbres de los habitantes del lugar. 


Es por tanto nuestra romería una celebración festiva que tiene su origen en una sociedad rural, en una sociedad labradora, en este caso de La Laguna, que es la receptora y propagadora de una supervi­ven­cia, del mantenimiento de algunas tradiciones del pasado. Porque casi siempre el estrato popular de la población, mucho más que el aristo­crático o el acomodado, es el verdadero caldo de cultivo donde germina y crece, donde se conservan todas las  manifestaciones tradicionales y folklóricas de un sector. De aquí es de donde, probablemente, derive la estructura que hoy conocemos de la romería, constituyendo un cortejo popular, con las carretas, como viejos medios de transportes, con las parrandas, o grupos de romeros que caminan hacia la ermita cantando y divirtién­dose como corresponde a un día de fiesta, vestidos a la usanza tradicional, haciendo uso de la gastronomía local, y acompañándose de sus ganados en pos de obtener un beneficio sobrenatural del santo patrón o para pagar una promesa de algo recibido.

Las fiestas primitivas.- Mucho antes de comenzar las romerías organizadas, con la intervención de una comisión para tal efecto y como veremos más adelante, las fiestas de San Benito tuvieron un fuerte arraigo popular entre los vecinos y parroquianos del lugar. Fueron fiestas de barrio, modestas pero mantenidas por los lugareños con un orgullo que sirvió como base para su consolidación posterior, y se nombran como de las mas importantes que tiene La Laguna junto con las del Corpus y la del Santísimo Cristo en Septiembre. Así por ejemplo en la primera veintena de siglo, la fiesta de San Benito ofrecía en la noche de su víspera la aparición de un pequeño des­file que se realizaba desde la propia plaza de la ermita con la aparición de una pareja de gigantes hechos de cañas y papel, de los que sa­lían, como escupidos, cohetes y fuegos de artifi­cios de sus pechos o brazos, cohetes que confeccio­naba Cho Juan “el foguetero”­, aquel que tenía su taller artesanal en la calle del  Adelantado, en pleno barrio. Se hacían carreras de sortijas en bicicletas, con las que se obtenían las preciadas cintas de colores; se montaban en la pequeña plaza ventorrillos, puestos de turroneras, juegos de ruletas, etc., que eran la admiración de todos, chicos y grandes; y por supuesto se hacía lo más importante de la fiesta que era la procesión.

La procesión del santo se realizaba saliendo de la ermita y bajando en un trayecto de recorrido muy corto, por la antigua calle de la Empedrada, hoy calle Marqués de Celada, tras cruzar por el callejón de la Cordera, antes llamada de la Encantada, retornaba a su lugar subiendo por la del Adelantado, nombre que recuerda los prime­ros solares que Fernández de Lugo utilizó para su vivienda transi­toria a comienzos de la ciudad. Incluso este trayecto viario, la calle de la Empedrada y su comienzo del Adelantado, llegó a denomi­narse en algún momento como calle de San Benito, sin duda referen­ciando al trayecto  que lleva a la ermita.

En éste recuerdo hay que mencionar que la procesión, como acto más importante de las fiestas, se acompañaba por el párroco de la Concepción, tal y como ocurre en la primera romería de 1947 en la que asisten los vecinos con sus ganados, que acudían en busca de la bendición y protección del santo patrón. Las calles a su paso eran engalanadas de pétalos de flores, con alfombras de hojas verdes y girasoles, y los estallidos de los cohetes se confundían con el bullicio, gritos y ajijides de los habitantes del barrio y los de la villa de arriba que acudían. Documentos solicitando ayuda económica al Ayuntamiento, aportados por Julio Torres y localizados en los archivos municipales, avalan esta fecha de manera irrefutableY poco más daba de sí este acto festero, que se reducía a lo expuesto, pero que con el paso de los años iba a dar lugar al nacimiento de una fiesta mucho más importante.

Nacimiento de la primera comisión de fiesta.-   La romería de San Benito, tal y como hoy la conocemos,  se gestó por una serie de laguneros que con su empeño y trabajo hicieron posible,  la primera “romería moderna” de ésta fiesta lagunera tan entrañable. Ha venido manteniéndose  en el recuerdo popular, y así lo corrobora doña Dolores Padrón, que recuerda de sus años jóvenes, siendo aún novia de D. Antonio Hernández Arrón, su asistencia a las procesiones de San Benito tal y como antes he definido. El que fuera luego su marido fue uno de los verdaderos artífices y gestores de la revitalización y resurgimiento de lo que sería desde entonces, la romería de San Benito, aunque antes ya otros, como Virgilio Martín, a la sazón concejal de La Laguna, y primer presidente de la romería, motivaron el comienzo de la misma.

D. Antonio Hernández Arrón, hijo de un conocido lagunero, D. Cirilo Hernández, mayordomo de la ermita de San Benito, en compañía de un grupo importante de jóvenes de la Villa de Arriba, entusiastas en las tradiciones canarias, recordando entre ellos a Cipriano Hernández, Juan Ferrera, Juan y Luis Marrero ( hermanos),a Eliseo Izquierdo, Isidro Gutiérrez, Antonio del Rosario, Juan Ríos Tejera, ­Juan Ríos del Castillo, Manuel Gutiérrez, Juan Hernández, Antonio Padrón y algunos otros de feliz memoria, fueron los que dieron comienzo, los devotos vecinos que organizaron la  romería ya estructurada. A­demás la ayuda muy valiosa de Andrés Rosa, que también fue mayordomo de la ermita, y la de Virgilio Martín, sin obviar la presencia de Ángel Álvarez de Ar­mas, panadero, que fue un destacado partici­pante e impulsor en la organización primige­nia. No olvido tampoco el entusiasmo y colabora­ción de Doña Luisa Machado que formó parte de la organización, y que además colaboró personalmente participando en las obras de teatro tradicional que hacía junto a Ángel Álvarez, en sus memorables recreaciones de diálogos campesinos, en el papel de Seña Rita o Mariquilla. Todas estas personas, laguneros de bien, son los verdaderos protagonistas que organizan definitivamente y sacan a la calle la romería entendi­da como la actual en los años siguientes. Se reunían, a decir de Eliseo Izquierdo, en El Comercio, tiendas de ultramarinos, propiedad de Don Cirilo en la parte alta del barrio.

Aquella primera romería contó tan solo con seis carretas, con cuatro rondallas o parrandas, una del propio barrio, otra de la Punta y una de Taco, tres o cuatro grupos de danzas, la de San Diego y la de San Benito, mucho ganado e incluso con algunos camellos que, al pasar casualmente por el lugar cargados de cardos, fueron incorporados a la comitiva a petición de Manuel Hernández Gutiérrez, hecho que con el tiempo se transforma en costumbre y tradición pues, la presencia de éstos  fueron siempre emblemáticas en San Benito. También hubo balie organizado por un vecino de la zona conocido por Juan en unos salones de su propiedad. Para mayor lucimiento de la rome­ría, las carre­tas fueron llena­das con niños del barrio. Su trayecto no pasó de la iglesia de la Concepción retornando desde allí a la ermita.

Nos cuenta Eliseo Izquierdo que, en 1952, fue a quién se le ocurrió realizar la Fiesta de la Copla con el premio de la Espiga de Oro, encargando al orfebre Rafael Trujillo la elaboración de aquel símbolo. El primer ganador fue Sebastián Padrón Acosta  con una copla hoy popularmente conocida, logrando el galardón presidiendo el jurado Amaro Lefranc. Pero al no haber finalizado el artesano la misma, realizada en plata y bañada en oro, se le entregó en un estuche una espiga de trigo verdadera hasta que, posteriormente, se le entregó la verdadera que, a su vez, donó a las joyas de la Virgen de Candelaria donde hoy se encuentra. Sebastián Padrón, muy enfermo en la ocasión, no pudo recoger su premio que le fue llevado a su domicilio donde falleció pocos días después. Dice la copla: “Si subes a La Laguna, entra en el Cristo a rezar, para que Dios de perdone, lo que me has hecho penar”.

Esta revisión y actualización de las fiestas fue muy importan­te y trascendente para la continuación de las mismas, ya que por desgracia, la devoción y lucimiento de las antiguas fiestas habían decrecido a consecuencia de una serie de vicisitudes, como la de la utilización de la ermita como sede de enfermos de la epidemia de fiebre amarilla en 1862, o su posterior pertenencia a la jurisdic­ción militar que usó el recinto como cuadras de caballos hasta el año 1898 en que fue devuelta y reabierta al culto. Todas estas causas motivaron el que los vecinos y fieles de­bilitaran su devoción que estuvo a punto de desaparecer, y desde entonces las fiestas no tuvieron el lucimiento de antaño, debiendo transcurrir el tiempo para que las fiestas de San Benito fueran nuevamente de las principales de la ciudad, hasta la llegada de éstos promotores que la revitalizan extraordinariamente.

Tras el éxito de la primera romería que sirvió a modo de ensayo y como precedente el regocijo vivido por los habitantes de la Villa de Arriba, no fue posible dejar de organizarla en años venideros, hasta el punto de ir ganando cada año transcurrido en categoría e importancia, pasando de una fiesta de barrio a romería insular y más tarde a regional. En aras de enaltecer esta fiesta popular, fiesta de un barrio en las afueras del casco urbano, los promotores tuvieron la feliz idea de recabar ayuda a las familias nobles de La Laguna, incluyendo en los primeros momentos a hijas de aquellas para que formaran parte como Romeras Mayores, idea afortunada para el patrocinio económico que necesitaba el evento. Así, una de las primeras familias laguneras que acudieron en ayuda de los organizadores fue la se Monteverde-Ascanio, sumándo­se pronto otras de gran abolengo y solera. Lo mismo ocurrió con D.Manuel Cerviá Cabrera, Magistrado del Tribunal Supremo, hijo de Tenerife, que aportó ayudas inestimables a la romería lagunera, motivo por el que ostentó la Presidencia de Honor de la misma.

Como ejemplo del rápido e importante auge que obtuvo la fiesta, solo un año después, en 1949, el programa de festejos que se celebró en junio tenía un “Pregón anunciador” que dio paso años mas tarde al pregón radiofónico que se hacía en Radio Club, la “proce­sión de la víspera”,”diana floreada”,”misa y función religio­sa”, “b­endición del ganado”,”fiesta de exaltación regional” que se convertirá luego en la Fiesta de la Copla donde se falla el certa­men mas presti­gioso de coplas, la Espiga de Oro,”carreras ciclis­tas, fútbol y luchas cana­rias”,”concierto musical” y por supuesto “la romería” que ya hizo un trayecto por toda la ciudad, bajando por San Agustín y subiendo por La Carrera. Y todo ello en tan solo un año de organi­zación.

NOTA: Las imágenes fotográficas que ilustran este artículo son del fotógrafo lagunero Agustín Guerra y han sido cedidas para su publicación por su hijo Gerardo Guerra. El autor quiere agradecer la deferencia.

SEGUNDA PARTE

sábado, 14 de junio de 2014

La fiesta del Corpus Christi en La Laguna

por Carlos García

Este blog se honra al contar por primera vez con una colaboración de Carlos García. Doctor en Medicina y Cirugía, especialista en Traumatología y Ortopedia,  es miembro del Instituto de Estudios Canarios y de la Real Sociedad de Amigos del País de Tenerife. Por su labor como investigador de la Historia y el Patrimonio cultural canario, ha obtenido distintos premios como el de Periodismo de Investigación Histórica Antonio Rumeu de Armas, el de Periodismo Antonio Carballo Cotanda, Coplas Canarias Alhóndiga Tacoronte, Coplas Canarias Tejina, Coplas Canarias San Benito Abad la Laguna, Premio de Periodismo Mare Nostrum, Premio de Periodismo Leoncio Rodríguez. Es asimismo autor de distintas publicaciones sobre temas históricos, costumbristas y tradicionales de Canarias. Fue, por último, durante muchos años miembro de Los Sabandeños. 

El título I de las Ordenanzas de Tenerife realizadas por el Cabildo de Tenerife en época inmediata a la conquista, que fue recopilado por Núñez de la Peña en 1670, trata de las cosas del servicio de Dios y de sus santos y cuyo principio versa sobre la fiesta del Corpus Christi:

Primeramente que el día de Corpus Christi se haga la procesión muy suntuosa con los instrumentos, juegos, carretones y danzas que se acostumbran hazer, antes acresentando que disminuiendo y acompañen esta procesión la Justicia u Regimiento y toda la gente del pueblo, y para mejor regir la procesión, los regidores, jurados y escrivano del concejo, y personero, silo ubiere, lleven cada uno sus varas como de justicia, y los vecinos de calle, por do pase la procesión, tengan barridas y rregadas sus pertenencias, y entapizadas, y enramadas y con perfumes, y las partes do no ubiera vecino sean obligados los mas cercanos a lo menos a lo barrer, y regar, sopena de cada trescientos maravediz al que assi no lo hiciera; y todos los oficios saquen sus pendones y carretones so la dicha pena, y comtribuian según que hasta aquí lo han usado, y de los propios se gaste la cera y cosas, que fueran necesarias, y se acostumbren a gastar, y se paguen los alguaciles que de los oficiales cobrasen los repartimientos; y se encargue a todos que vaian a ésta procesión toda contricción y reverencia, y que se elijan dos diputados de la fiesta como es costumbre, que tengan cargo de lo hacer a cumplir así y que la procesión se haga en cada pueblo.”


Este tipo de tradiciones, que tan perfectamente se recogen en las Ordenanzas, fueron mantenidas desde el siglo XVI y durante los siglos XVII y XVIII, quedando reflejadas y reseñadas la fe religiosa de nuestros antiguos pobladores y vecinos en las diversas crónicas que nos relatan las grandes solemnidades que envolvían a la fiesta tanto en su vertiente devota como en su vertiente pagana y popular. Con motivo del nacimiento de Felipe II, Viera y Clavijo nos ofrece una reseña de las fiestas que se celebraron en la ciudad de La Laguna y que fueron ordenadas por el Cabildo se celebraran en el día del Corpus:

Pero las fiestas que se hicieron al nacimiento de Felipe II, en 1527, merecen relación mas circunstanciada. Diéronse las siguientes disposiciones: “Habrá un palenque en la Plaza de San Miguel de los Ángeles, donde se hará de sentar el Adelantado, el Regimiento y caballero. Correrá pareja la nobleza y para socorrer, se pondrán trece varas de raso o damasco repartidas por el orden siguiente: el primer caballero que llegara al pario, ganará seis varas,; el segundo ,cuatro; el tercero, tres; y todos habrán de correr en caballos y no en yeguas, empezando desde el camino de San Lázaro hasta dicha plaza. Se prepararán en ella una fuente de vino con botijas para que todos beban. Se jugarán cañas. Se correrá sortijas y habrá doce varas de damasco o raso para que caballero gane media, con tal que saque la sortija dentro de la lanza a vista de los diputados. Se habrá de correr doce toros. Habrá una lotería y cada suerte solo de reales. Serán convocados para estos regocijos todos los caballeros de la isla, quienes traerán buenos caballos enjaezados y bien atañadas sus personas. Habrá luchas, y al luchador que venciese a tres, dando a cada uno dos idas sin rectificar ninguna, ganará  dos varas de la misma seda. El día del Corpus se duplicaran los festejos, para lo que se echará un pregón.” 

Estas fiestas eran de las más lucidas que se hacían tanto en Santa Cruz cono en La Laguna, donde el gran esplendor estallaba en las calles, saliendo los figurones y figuras, gigantes y papahuevos, diabletes, bichas, haciéndose danzas con vihuelas y tambores. Pero también existían espectáculos de comedia y teatro, que al faltar recintos apropiados, se realizaban, en los recintos de las iglesias con las consiguientes prohibiciones antes reseñadas. Francisco Martínez Viera en su libro “Anales del Teatro en Tenerife” nos ofrece la información tomada de las “Constituciones y nuevas adiciones sinodales del Obispo de las Canarias, hecha por el Iltmo. Sr. D. Pedro Manuel Dávila y Cárdenas, a las que hizo en 1629 el Iltmo. Sr. D. Cristóbal de la Cámara y Murga” y que dice: 

De las Comedias y Representaciones en la fiesta del Corpus: Haviendo de hacer comedias en las fiestas del Corpus mandamos so pena de excomunión mayor, y de diez ducados, no se representen sin que sean vistas y examinadas por Nos o nuestro Provisor y Vicarios.

Y después de examinadas y aprobadas las dichas comedias, por ningún caso queremos que se representen fuera de las iglesias pero no por las mañanas, porque aquella es justo se ocupe toda y todos en solo la asistencia de la procesión.Pero bien permitimos que los Autos y las comedias se puedan hacer alrededor de las Iglesias, de manera que guardando la decencia a tan grata fiesta, puedan sin ofensa regocijarla.

Por tanto se suprime la representación de las comedias dentro de las ermitas o iglesias,” como antiguamente lo an fecho porque en las representaciones que se acostumbran hazer en las yglesias en los días del Corpus Christi y de Navidad y Pascua de Resurrección suelen aver cosas yndesentes y tales que no se sufren en sancto lugar”.


 Es por eso que pasan a celebrarse fuera de las iglesias, pero como el costo de los andamiajes era elevado y no existían fondos suficientes, se dejaron de representar. Mas adelante, en el siglo XVIII, los espectáculos comienzan a celebrarse fuera de los templos, bajo enramados y en unos tablados montados para tal fin o sobre carros o carretas. Esta costumbre se extendió durante dos siglos. Existen comedias teatrales que costeadas por el Cabildo fueron representadas en 1697 para la fiesta del Corpus. En orden a otro tipo de festejos populares tengo que referir las corridas de toros que normalmente figuraban en la fiesta del Corpus lagunero, siendo numerosas las citas que de lidias o corridas taurinas se dan en las crónicas, y era el Cabildo quien se encargaba de aderezar las barreras y corrales para correr los mismos. En 1599 se lidian tres toros en la fiesta del Corpus, tres el día de San Juan y tres el día de Santiago,”como es costumbre pero sin matar”, y se desarrolla en la Plaza de Arriba.

Peculiaridades del Corpus lagunero.- Podemos precisar algunas características peculiares de la fiesta celebrada en la Ciudad. En 1775, Lope Antonio de la Guerra nos cuenta:”En las vísperas del Corpus, 14 de Junio, salió vestida de nuevo una Danza que el Cabildo costea para dicha festividad, ya que hacía algunos años que no se hacía, porque las personas que se vestían eran gente indignas y ha costado trabajo hallar muchachos decentes para una Danza, y que se dedica a tan alto objeto como obsequio de S. M. Sacramentado.”

También referencia éste hecho el clérigo Pérez Sánchez y Norman: “1755 Junio. Hoy, 13 de dicho mes y año, al solemnizar las vísperas del Corpus Christi, estrenó el Cabildo de ésta Ciudad una danza de muchachos que se llaman Matachines, con ropaje de damasco azul y encarnado y aunque antes había danzas, eran diversas y para éstas, los vestidos indecentes, y los que se los ponían otros tales: variaron de sujetos y vestidos.”


Lógicamente, todo el dispositivo que acompañaba a la procesión, los gigantes, bichas, diabletes, etc., iban deteriorándose con el paso de los años, y a mediados del siglo XVIII, la bicha estaba tan quebrada que no pudo salir. Una Orden de 21 de Junio de 1781 declaró indecorosa la presencia de los figurones en las procesiones y eximió al Cabildo de la obligación de proceder a nuevos arreglos de aquellos trastos desvencijados. Rodríguez Moure vuelve a darnos aspectos específicos del Corpus de La Laguna de 1817 dentro de su novela El ovillo: ”La procesión del Corpus está constituida de la siguiente forma: van delante los gigantes, la tarasca, la vicha, los papahuevos con la danza de los matachines. Siguen luego los diversos gremios con sus santos patrones, alcaldes y gonfalones. El gremio de los laneros con su patrono San Severo. El gremio de los zapateros con San Crispín y San Crispiniano, ostentando en el estandarte los atributos del oficio: la pata de cabra, la cuchilla y el buscete. El de los pedreros con San Roque y el gonfalón en que aparecen la cuchara simbólica y el alegórico martillo de cabeza. El de los sastres con San Andrés. El de los carpinteros con San José y el gremio de los labradores con San Benito Abad. Tras los gremios vienen las cofradías y hermandades con sus distintivos y aparecen luego las andas de plata repujada con la custodia y el palio y los ministros celebrantes, yendo tras estos el clero secular y regular, el tribunal eclesiástico subalterno, el tribunal del Santo Oficio, el Cabildo con su corregidor y regidores y el batallón de milicias con sus jefes y oficiales, correados, de sombrero de tres picos y morrión.”


Aparece en el Archivo de La Laguna un dato curioso del siglo XVII y que nos relata Sebastián Padrón, y es la solicitud del pintor Gonzalo Hernández de Sosa para guardar, por todos los años de su vida, un águila imperial que había hecho por las fiestas del Príncipe, que se usaba en el día del Corpus, y que venía a representar al evangelista San Juan. Posiblemente sea esta fecha de 1685 la que señala la desaparición del Águila en las fiestas  canarias del Corpus pues desde ella no ha sido vista más en los libros de cuentas.

Estas figuras alegóricas y algo grotescas que aparecen en las procesiones son los restos que quedan de las antiguas representaciones y composiciones plásticas de origen eucarístico de los Autos Sacramentales que, separados del todo del que formaban parte, no tienen ya igual valor. Los gigantes son residuos de un antiguo entremés que representaba a David y Goliat, que al separarse del bíblico conjunto del Antiguo Testamento, ha perdido su profunda significación. La vicha que forma parte de la procesión del Corpus lagunero en el tercio del siglo XIX, es una especie de dragón equivalente a la “vibria” de la procesión barcelonista (la primigenia en 1319) y que iba en la alegoría de San Jorge. Los diabletes del siglo XVIII son restos de la representación del Infierno. Los papahuevos son personajes introducidos posteriormente. Al gigante fueron agregados los papahuevos que eran enanos de cabeza descomunal y que hoy son los actuales cabezudos. La tarasca es una serpiente monstruosa, resto de la plástica representación del Paraíso. Todas estas figuras grotescas han desaparecido de las procesiones canarias.

A través de Francisco González Díaz tenemos la siguiente descripción, muy interesante de tiempos pretéritos en la conformación de costumbres populares en torno a esta fiesta lagunera: “Cuando pasaba la procesión se abrían los balcones del palacio, tendidos de heráldicos reposteros y surgía trémula aquella sombra del pasado. Se asomaba al balcón, la Sra. Doña Antonia María de la Nava Grimón, Llarena del Castillo, Fernández de Córdoba y Pérez de Barradas. La Dama se postergaba un momento ante la Suma Omnipotencia”. Esto ocurría al paso de la procesión por el palacio de Nava y Grimón, al comienzo de la calle del Agua, y la dama era la Marquesa que salía totalmente enjoyada y luciendo su corona marquesal.

El año 1749 trajo un incidente entre el culto, el Obispo y el Cabildo. Se había traído aquel año, desde su santuario, a la Virgen de Candelaria para dedicarle un novenario a consecuencia de una pertinaz sequía, y como éste hecho coincidió con el Corpus, conociendo el Obispo D. Juan Francisco Guillén que si se sacaba la Virgen en procesión junto con el Cristo Sacramentado, la mayor parte de los homenajes se los llevaría la primera, prohibió que así se hiciera, hecho que alteró los ánimos de los fieles dada la devoción popular que se tenía por la Candelaria. Se reunió inmediatamente el Cabildo, presidido por el Corregidor Enríquez, acordando que una comisión fuera a hablar con el Obispo con el fin de que consintiese en que la Virgen saliera en la procesión. El Obispo, molesto con tal decisión, no recibió a la comisión del Cabildo, con lo que éste apeló al Vicario del Partido que tampoco aceptó la proposición. También el Padre Prior de Candelaria, Fray Pedro de Espinosa, consideró lastimado el culto a la Virgen y trató de regresar la imagen a su santuario, cosa que no le fue permitida por el Beneficiado de la parroquia de los Remedios donde se encontraba aquella. El Procurador Mayor denunció que mientras estuvo descubierto el Santísimo en la parroquia, la imagen de la Virgen se mantuvo tapada con escándalo y susurro de todo el concurso, apelando luego el municipio ante la Audiencia y ante el Consejo de Castilla de las determinaciones del Obispo.Al final intervino el Comandante General D. Juan de Urbina, dirigiendo una carta al Corregidor para que se le hiciera una fiesta a la Virgen en la parroquia de la Concepción antes de retornarla a su convento de Candelaria.

Las alfombras de flores.- En la ciudad de La Laguna se acostumbran realizar tapices o alfombras de flores por las que transita la procesión del Corpus y que los habitantes y vecinos confeccionan con gran mimo y rivalidad, y a pesar de que su origen no puede contar con la primicia de la idea, sí que es una de las que más ampliamente han pervivido junto con las de la Orotava. Esta grandiosidad de la que disfrutaba el Corpus, que hasta ahora he venido refiriendo, fue decayendo por distintos motivos a mediados del siglo XIX, y por un afán de darle mayor realce y dotarlas de novedades, una dama orotavense, Doña Leonor del Castillo Bethencourt, viuda de Monteverde, tuvo la feliz idea de confeccionar, en 1847, una “alfombra de flores” frente a su casa en la calle del Colegio de Jesuitas, pues a través de sus hermanos, se había enterado de que en una localidad napolitana, llamada Torre del Greco, se confeccionaban alfombras con flores por donde pasaba la procesión del Corpus, aunque existen otras versiones diferentes del origen de las alfombras del Corpus que ahora no hacen al caso.


La primera alfombra realizada corrió a cargo de su hija Mª Teresa Monteverde Bethencourt, que, con motivos vegetales barrocos trazó sobre el empedrado, decorados de pétalos de geranios y otras flores, ocupando en extensión, tres varas por dos y media de ancho. Daba comienzo así una de las manifestaciones que más fama ha alcanzado dentro y fuera de Canarias  y una tradición artística que se ha extendido por otras localidades, entre ellas La Laguna, con las “alfombras corridas”, cada vez de mayor belleza y complicación artesanal, y que ha culminado con la impresionante alfombra del Ayuntamiento de la Orotava que se confecciona con tierras obtenidas de las Cañadas del Teide.

Poco esplendor ofrece actualmente la fiesta del Corpus en La Laguna y son pocas las cosas que restan de la grandeza de antaño. Su decadencia es manifiesta y las generaciones actuales no conocen el tipismo que las mismas ofrecían tiempo atrás. Hay que intentar mantener la tradición que queda en la confección de alfombras, de arcos, de flores y en las últimas fechas, a pesar del cambio festivo del día específico en el calendario, parece existir una leve reactivación en ese sentido, especialmente por el alto interés mostrado en su recuperación por los colegios, escuelas e institutos docentes con participación activa de escolares y jóvenes estudiantes. Deseamos que así se mantenga por el bien de nuestro patrimonio cultural y folklórico.

NOTA: El autor quiere expresar su agradecimiento a Gerardo Guerra por la cesión de las fotos de su colección particular para ilustrar este artículo.